El test de placer
Entrevistas
Historias

Maricarmen Cervelli N. / Directora de Asuntos de Mujeres / Colombia

Periodista venezolana, mamá, esposa, hija, hermana, soñadora, idealista... Entrevistando, investigando, leyendo, escribiendo, editando, organizando, descubriendo, recibiendo y dando, para lograr un mundo mejor para las mujeres.

Luisa Khalil aprendió a amar sus cicatrices

Luisa Khalil aprendió a amar sus cicatrices

Luisa Khalil aprendió a amar sus cicatrices

Conocí a la mexicana Luisa Khalil a finales de 2017, en un taller online sobre “Cerrar ciclos”. Había unas cuantas cosas que necesitaba entender de mi vida, para descubrir qué debía irse y qué debía quedarse en ella.

Más allá de ese taller, descubrí a una mujer con una historia de vida impresionante. Yo sabía que tenía quemado 90% de su cuerpo, pero no entendía bien lo que esto significaba para su vida y para la vida de los que habíamos decidido aprender algo de ella. Verla en cada video, fue motivo de reflexión para mí.

Y por eso, a través de esta entrevista, quiero contar su historia.

Cuando Luisa tenía ocho años, se produjo una fuga de gas en su casa. Su papá salió a trabajar normal por la mañana, y ella y su hermana no asistieron ese día a la escuela. Las dos niñas se levantaron temprano, desayunaron y empezaron a hacer ruido, y ese ruido despertó a su mamá.

Dice la mamá de Luisa que, desde el momento en que se despertó, sabía que algo andaba mal. Era como un presentimiento, algo que le generaba angustia; así que al bajar las escaleras, se dio cuenta de que toda la casa olía a gas e inmediatamente supo que ésta iba a explotar en cualquier momento.

Sin entender lo que pasaba, Luisa y su hermana, salieron junto a su mamá por la parte de atrás de la casa y se quedaron en la puerta, mientras la mamá buscaba ayuda. Un vecino que estaba saliendo a trabajar fue a ayudarlas, y al abrir la puerta, la casa explotó por el oxígeno que entró y el gas acumulado.

El fuego los alcanzó a todos, al vecino que las estaba ayudando, a la hermana, a la mamá, a la persona que las ayudaba en casa y a Luisa.

Ese día, 15 de agosto de 2000, los bomberos apagaron el fuego de los cuerpos de aquellas cinco personas. En el hospital de Chihuahua, México, después de la primera operación, los médicos aconsejaron que la familia debía salir de aquel hospital y buscar uno donde trataran este tipo de accidentes. Solo uno de los doctores vaciló en esta recomendación y le dijo al papá de Luisa: “¿Para qué te las llevas? ellas no van a sobrevivir”.

El papá, que no sabía nada de quemaduras, no se rindió y comenzó a investigar sobre el mejor hospital para tratar quemaduras, y en esa búsqueda encontraron uno en Dallas, Estados Unidos, donde estuvieron unos tres meses. “Yo solo recuerdo el accidente, mis horas en México y tener muy claro que me iba a morir. Se lo pregunté a mi mamá: “Mamá, ¿Yo me voy a morir? Plantearte la muerte a los 8 años de edad es saber que esto ya se acabó. Y mi mamá, muy segura, me respondía que no. Que no me iba a morir”, cuenta Luisa.

Hoy, Luisa tiene 26 años, está casada y es mamá de dos niños, Patricio de dos años y Amelia de 5 meses. Se dedica a trabajar con adolescentes y mujeres de todas las edades, para que empiecen a conocerse y reconocerse, a vivir y a aceptarse desde su luz y la oscuridad, y desde las cosas buenas y no tan buenas que les suceden.

Es conferencista, life-coach y desde que se quemó, inició un proceso de sanación, en el que ella es la representación de la resiliencia, aceptación y de lo que ella llama la “alquimia pura”.

“Es importante saber y entender qué nos ha pasado. Quien no comprende ni hace contacto con lo bueno y lo malo que ha vivido, difícilmente podrá generar herramientas para vivir bien el día de hoy”, asegura la mexicana. Y agrega: “Para mí ese accidente fue eso: la vida empujándome a enfrentar una situación que se salía de mis manos, muy niña y con muy poco conocimiento de la vida”.

 

¿Cómo fue tu niñez y adolescencia después de tu accidente?

 

La niñez muy bien. Empezamos a adaptarnos a esta vida, en la que en vez de salir de vacaciones, íbamos dos o tres veces al año a operarnos y a hacernos tratamientos. Dentro de esos viajes, mis papás siempre planeaban algo especial, no sé, un parque de diversiones o algún concierto especial para nosotras.

Tener también a mi hermana, me ayudó mucho a vivir esta etapa. Nunca nos preguntamos, ni cuestionamos, sino que nos fuimos adaptando a la vida; regresamos al año del accidente a bailar y a hacer una vida normal; eso sí fue algo muy claro que determinó nuestra forma de enmendar la vida. Mi mamá siempre decía: esto es solo para adelante.

 

¿Tus papás fueron claves en la forma en que ustedes asumieron la vida y se recuperaron?

 

¡Claves! Mira, una semana antes del accidente, nosotros nos fuimos a un parque de diversiones. Un año después, mis papás, para celebrar la vida, nos llevaron de nuevo a aquel parque de diversiones. Obviamente ese viaje fue distinto. Íbamos con traje, sin poder movernos, no podíamos subir a todos los juegos, andábamos en sillas de ruedas; pero el significado que ellos le dieron a ese viaje y entender que la vida continuaba y que debía celebrase a pesar de todo, fue algo que nos sacó adelante.

 

O sea, que pudiste seguir adelante sin problema con todo lo que pasó….

Bueno, en la adolescencia se nos cayó la risa fuerte. A los 12 años, -y quiero recalcar que no pasó nada importante, ni nunca me hicieron bullying-, le dije a mi mamá: “No quiero que nadie se entere de que estoy quemada”, y yo vivo en un desierto y el clima es extremo. Entonces, en ese momento le dije: “Quiero el uniforme de la escuela manga larga, quiero chaquetas y no quiero que nadie se entere de que estoy quemada”.

 

¿Por qué, Luisa?

 

Porque obviamente a partir de los 12 años, comenzamos a tener consciencia del mundo y de la belleza. Nos empiezan a vender todas estas historias, y empezamos a entender cuál es el estándar de belleza. Así que comenzamos a guardar la idea de que estar bonitas es igual a tener pareja y a ser felices. Cuando yo reflexionaba en mi interior sobre esto, pensaba: ¡Ni siquiera tengo piel!

 

¿Y tú mamá qué te respondió? ¿Te compró la camiseta manga larga o te ayudó a enfrentar esta etapa?

 

Por supuesto que no me compró la camiseta manga larga. Pero uno adolescente, busca las maneras. Entonces yo decía: “Perfecto, no me la compres; pero yo voy a usar sweater”. Y durante seis años de mi vida, me tapé completamente.

No sabes cómo sufría con ese calor, porque sudaba mucho y la gente se volteaba a verme tres veces más. No por ser la niña que se había quemado, sino por ser la loca que traía siempre un sweater con 36 grados de calor.

Mi mamá trató de hablar conmigo 100 veces… Pero nada.

 

¿Y entonces qué tuvo que pasar para que dijeras: “Me voy a quitar este sweater y me voy a mostrar así como soy”?

 

Mis papás buscaron todas las maneras posibles para hacerme entrar en razón. Y además, me daban la libertad de elegir.

Mi mamá jamás se tapó, mi hermana jamás se tapó ¡Yo fui la única que lo hizo! Creo que por el grado de quemaduras que yo tenía. Y para mí era muy doloroso saber que estar quemada me iba a quitar la posibilidad de tener una pareja, una familia, de poder ser feliz.

Creemos en ciertas mentiras que nos hacen mucho daño en el alma. Entonces yo seguía tapándome, mis papás seguían negociando conmigo y con el pasar del tiempo, me di cuenta de que la realidad no cambiaba. Por más que yo me pusiera el sweater, las quemaduras seguirían ahí; por más que yo escondiera los dedos que no tengo, mi mano seguiría igual. Y poco a poco, fui entrando en consciencia de esta realidad que yo vivía.

Y a partir de los 16, comencé con una consciencia distinta de preguntarme: ¿De verdad voy a estar toda mi vida así?

Nunca tuve ayuda terapéutica. Eso tiene sus pro y sus contra en mi propia historia. En mi casa se creía que eso no funcionaba, que habíamos pasado por muchas cosas y que habíamos salido adelante sin esa ayuda, entonces lo que hice fue buscar herramientas para generar un cambio en mí.

 

¿Entonces, qué hiciste?

 

A los 16 años, comencé a ayudar a otros. Contacté a todas las organizaciones civiles posibles y me iba con los viejitos, luego a los orfanatos y a la Cruz Roja. Simplemente, comencé a ayudar. Y eso a uno siempre le llena el alma.

Me di cuenta de que mi problema no era tan grave. Que había gente con problemas peores y que tenían menos posibilidades que yo.

Entendí que tenía que aprender a aceptar mis quemaduras y comencé a destaparme lentamente. Eso es súper importante, porque muchos creen que los procesos se dan de cero a 100. Y ni, los procesos naturales no se dan así. Entonces comencé a destaparme solamente cuando iba a estos sitios a ayudar.

Yo iba a la escuela y me volvía a poner el sweater. Luego, me destapaba cuando iba a ayudar y cuando iba a hacer deporte; pero en la escuela siempre el sweater. Hasta que un día estuve lista y preparada para, poco a poco, comenzar a mostrar quién era. La gente ya sabía, pero poder enseñar mi cuerpo y amarlo tal como es, fue un progreso mío.

Desde el día uno que tuvimos ese accidente, hasta el día en que yo me muera, a mí siempre me van a mirar, me voltean a ver en mercado, en el cine…

 

Y eso no se puede cambiar…

 

No. Pero esto es algo maravilloso, porque cada vez que me peleo con una realidad que no va a cambiar, voy a sufrir. Entendí que si yo sufría porque la gente se me quedaba mirando, iba a sufrir para siempre, porque ningún tratamiento, ninguna cirugía, absolutamente nada, me iba a quitar mis cicatrices.

 

Tu primera conferencia la dictaste cuando tenías 17 años ¿De qué fue esa primera conferencia?

 

Por azares de la vida, la vida nos va mostrando muy claramente hacia dónde tenemos que ir. Yo estaba metida en la preparatoria y muy metida en el plan de ayudar a los demás.

Se presentó una oportunidad de hablarles a unas personas, y lo que tenía muy claro era que no iba a hablar de mi historia. Les dije: “Si quieres voy y les hablo de la parte social”. Y me respondieron que eso estaba bien.

Llegué, comencé a dar la plática y de verdad, ha sido una de las cosas más impresionantes que me han pasado, sentí una energía muy extraña en el cuerpo, muy hermosa y dije: a esto me voy a dedicar toda la vida ¡Y a eso me dedico!

 

Tú te preguntabas o pensabas, cuando estabas más chiquita, que quién te podía querer así, toda quemada; que quién se iba a enamorar así de ti. Y te casaste muy joven, sí conociste a alguien que se fijó en ti, ¿Cómo fue eso?

 

Ese proceso fue muy complejo para mí.

Una de las cosas que hice fue pensar: “Bueno, sí tengo menos oportunidades que todas las demás, pero tampoco me puedo seguir tapando”.

Cuando llegué a la universidad, conocí al que es hoy mi esposo, salimos, y la primera vez que lo hicimos, yo solo pensaba que él quería contarme algo de su vida –porque la gente solía acercarse mucho a mí para compartir algún problema que tenía o a invitarme a algún grupo de jóvenes-.

Cuando vi que no se trataba de eso y que él realmente quería algo conmigo, me entró un conflicto interno. Y entonces yo, de haberme destapado hace cuatro años, lo único que pensaba era que quería una túnica completa y no quería que él se diera cuenta de que yo estaba quemada.

¡Es que yo no podía ni permitir que él me agarrara la mano!

Y a esa edad, como a los 21 años, ya estaba fuera de mi casa. Me di cuenta de que necesitaba ayuda, -porque esto sobrepasaba las herramientas que tenía a la mano-, que necesitaba a alguien más que me pudiera mostrar qué podía hacer. Y fue ahí cuando comenzó mi trabajo terapéutico.

 

¿Cómo empezaste a dejar que te agarraran la mano, a dejarte cortejar y a permitirte sentirte merecedora de amor por alguien?

 

Comencé un trabajo propio, no solamente con el otro, con dejar que me tocaran, sino con poder mirarme a mí misma y sentirme mujer, aunque tuviera quemaduras en todo el cuerpo. Yo tengo cicatrices de tercer grado en todo el cuerpo, y aprender a aceptar ese cuerpo y verlo desde un lugar bonito, hizo que al día de hoy me gusten mucho mis quemaduras.

Cuando estaba embarazada, me encantaba mi panza llena de cicatrices. Al día de hoy me siento una mujer muy bella y el trabajo que yo comencé a hacer en terapia fue enamorarme de mí y amar mis cicatrices físicas, porque detrás hay un montón de aprendizajes.

Que si a mí alguien me pregunta: ¿Volverías a pasar lo mismo? Yo les diría que sí, porque eso es lo que me ha permitido disfrutar la vida desde otro lugar.

 

Ese tema de “enamorarse de uno mismo” nos resulta un poco complicado algunas veces. No sé si es que uno se mira al espejo y dice: hoy, me voy a enamorar de mí de la boca para afuera, pero internamente no lo sentimos así. Es algo como forzado. Entonces ¿Por dónde empezamos?

 

Lo primero es que esto es algo que nunca se acaba. No es que ya me enamoré de mí y nunca más tengo que seguir trabajando en mí.

Vamos cambiando y vamos encontrando cosas de nosotras que a veces nos hacen pensar: ¿Qué es esto tan espantoso que tengo? No solo físicamente, sino esta envidia que siento, esta falta de compromiso, esta impuntualidad… De repente, van saliendo cosas que no nos gustan y para mí lo más importante es saber que es un proceso que no se acaba. Esto nos hace entrar en la realidad.

Lo segundo es aceptar las cosas que no nos gustan de nosotras mismas. Eso requiere muchísima honestidad, tiempo y espacio. No solo lo físico, sino eso que no te gusta de tu personalidad. Ejemplo: “Yo soy una persona que disfruta de la vida, que lucha, que está aprendiendo”. Ahí me siento muy cómoda, contando esta parte de mi historia; pero también tengo que contar la parte que no me gusta tanto, como: “sí, me cuesta mucho cerrar ciclos, a veces pienso que no soy capaz, a veces evado la realidad” ¡Esto también soy!

Poder integrar esas dos partes es fundamental, y para eso necesito pasar tiempo conmigo.

 

¿Y cómo pasa tiempo con ella misma, una mamá de dos hijos chiquitos?

 

¡Es una locura! No tengo idea, pero hay que buscar el tiempo. Obviamente, tienes que saberte organizar; pero hay días en los que le digo a mi marido, por ejemplo los domingos, que yo necesito mínimo dos horas para mí, siempre. Así que le dejo a mis hijos y lo único que hago es caminar.

Estoy tan cansada de la maternidad, que solo camino, ahora vivo en la playa, entonces veo el mar, hay días en los que me voy a tomar un café (yo los disfruto mucho) y a contemplar mi vida, lo que siento, escribir, leer, pasar tiempo conmigo. Yo disfruto mucho mi soledad.

Y ese ratito contigo, ayuda a cuestionarte acerca de lo que eres y de tu vida.

Así que siempre que estés nerviosa o que tengas una decisión qué tomar, no hay nadie que pueda saber que hacer más que tú; pero a veces hay tanto ruido, que no nos escuchamos.

 

¿Cómo hacemos con los bajones y los ataques de inseguridad?

 

Uno tiene que conocerse y saber qué le fortalece y qué le debilita. Cuando yo estoy más sensible, hay cosas que no me ayudan. Por ejemplo, ver una serie de cosas conflictivas o leer una historia que me quita energía; entonces eso no lo hago. Pero sí tengo muy identificado qué me ayuda.

A mí me llena ver videos o escuchar podcast de gente inspiradora que sigo, ellos me regresan a mi equilibrio.

Hay personas claves, que al llamarlas te llenan de energía. Y hay ciertas cosas que me gustan mucho: leer, ver a mis hijos, pasar tiempo conmigo, recordar lo que soy; eso me beneficia y me ayuda mucho.

Todas las mujeres tenemos que hacer nuestro propio plan de rescate.

 

Pero hay que ser muy disciplinada ¿no? Es como hacer dieta… ¿Cómo hacemos para no salirnos del carril una vez que hemos comenzado este camino?

 

Es algo que no se acaba. Si quieres bajar 12 kilos, haces la dieta, los bajas; pero si vuelves a comer igual que antes, vuelves a engordar. También hay que modificar ciertos patrones que tenemos en nuestra vida y ciertas cosas que no nos ayudan en nuestro día a día. Si te ves en el espejo y te estás criticando la ojera y la ceja, pues, no te estás ayudando. Y si además, entre nosotras nos criticamos, nos sentimos culpables y nos comparamos, peor aún.

Tener consciencia sobre ti y tu bienestar es algo que no se acaba.

A veces es agotador, a veces te gana el bajón y a veces ganas tú. A veces pasas una tarde mal, y eso está bien.

¿Está bien entonces sentirnos mal?

 

¡Claro! Es que también tendemos a idealizar la vida, los vínculos y todo. Cuando comenzamos con este trabajo interior, piensas que todo debe ser luz y eso no es así. Aprender a saber que tenemos estos bajones y que también sirven, porque en la tristeza aprendemos a ir hacia adentro; el miedo te pone alerta. Todas las emociones te sirven.

Cuando sentimos emociones que no nos gustan tanto, tenemos que aprender que algo se saca de ahí y entender que la vida es así. Que debemos dejar el Disney que tenemos en la cabeza todo el tiempo.

 

¿Eso no significa conformarse con lo que hay?

 

Yo creo que el alma nos va avisando. Físicamente tú lo vas sintiendo. No es lo mismo sentirte mal en tu matrimonio y decir: “Ya no aguanto a este hombre” (una vez al mes, que 30 días al mes).

Si los bajones son recurrentes, si te asfixias, si comienzas a sentir ansiedad ¡Hay que moverse de ahí!

 

Pero hay personas que se encuentran incapacitadas mental y emocionalmente para moverse de ahí ¿Qué aconsejas?

 

Importante. Nos han vendido la idea de que podemos salir solos de estas situaciones, con nuestras propias herramientas. ¡No! Hay todo un camino detrás, hay caídas, hay días de llanto, hay terapia, cursos, libros, trabajo personal, (bueno y malo), de reconocer y hay que saber ese camino previo. Cuando queramos emprender un cambio, cuando nos sentimos incapacitadas, tenemos que saber que esto va a ser un proceso que llevará tiempo.

Si quiero bajar 12 kilos hoy, por más que yo rece, visualice y medite, mañana me levantaré pesando lo mismo y el cuerpo en su proceso natural no va a bajar los 12 kilos en una semana. Y así también funciona el alma.

Porque queremos procesos rápidos en el alma y eso no funciona así.

 

¿En dónde te conseguimos?

 

En todas mis redes sociales estoy como @luisakhalil

Siempre trabajo con mujeres, doy acompañamientos de un mes, siempre con un objetivo concreto por mejorar: autoestima, pareja, relaciones, trabajo, relación contigo misma, etc.

Dicto también “Mamá espiritual”, que es un taller que dura dos meses, y es para mamás valientes, para hablar de lo incomodo, de lo que no funciona y de lo que no nos gusta.

 

¿Y a las mamás qué les dices?

 

Yo les diría que dejemos de idealizar la maternidad, queremos una maternidad conectada, queremos un montón de cosas y se nos ocurren un chorro de ideas, y cada vez que no se cumple esa expectativa o idea, nos venimos para abajo.

Debes atreverte a hablar de lo incómodo. Aprender a aceptar que no tienes tiempo, que estás cansada, que algo no te gusta. Hablar de eso te ayuda a ti y a tu comunidad de mamás, porque dejamos de compararnos con ese ideal perfecto que hemos construido entre todas.

 

¿Qué mensaje les dejas a todos los que nos leen?

 

Que toda la sabiduría que adquirimos en nuestras vidas, casi siempre se da a partir de una situación compleja. Las historias que nos hacen, vienen del dolor. Y aprender de este gran maestro, el dolor, preguntarle qué tiene que mostrarte, es quitarte un peso de encima, porque aceptar el dolor, es entender que siempre viene detrás una gran lección. Lo sé por propia experiencia.

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