El test de placer
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Locutora / Chile

Mi nombre completo es Carlix Alfonzo Roa. Tengo 28 años y nací en Venezuela. Me fascina escribir y soy locutora. Me considero una contadora empedernida de historias.

¿Cuán dañinas son las expectativas?

¿Cuán dañinas son las expectativas?

¿Cuán dañinas son las expectativas?

Para mí, las expectativas son dañinas. Nos hacen ver cosas que no son o esperar cosas que posiblemente no sucederán.

Nos hacen ver perfectos a los demás y nos resta valor a nosotros mismos; nos generan frustración y desdicha, nos aíslan y nos hacen sentir solos; nos va matando. Porque esperamos demasiado y recibimos tan poco o algo tan diferente, que lo único que nos queda es la impotencia de “¿Esto era todo? ¿tanto esperar para… esto?”

A mí, tener demasiadas expectativas me ha hecho mucho daño. He tendido a idealizar a las personas que me rodean, creer que cualquier “estamos a la orden por acá” es cierto y a estar absolutamente segura de que el resto de la gente me tratará como yo los he tratado, a pesar de no estar en esa obligación.

Yo no sé si esto sonará dramático (toda la vida crecí creyendo que era dramática y tendía a exagerarlo todo), pero he idealizado a todas y cada una de las personas que he conocido a lo largo de mis 28 años. Mi mamá dice todo el tiempo que soy demasiado enamoradiza, y no me refiero al sentido meramente romántico de la palabra; me refiero a que crecí con tan poco amor propio (por diferentes razones), que incluso llegué a pensar que las personas que estaban cerca de mí eran perfectas y que yo debía agradecer que me acompañaran.

Nada mas lejos de la realidad.

Pero, volvamos a las expectativas. Uno siempre las tiene. Si estudias saldrás bien, si trabajas duro tendrás lo que quieres y si eres bueno nunca te pasará nada malo en la vida. Equivocado, equivocado y equivocado de nuevo.

He conocido personas que siempre tuvieron los promedios más altos en la escuela y la universidad, pero su poca capacidad de resolver problemas o de interactuar con los demás los ha llevado a deambular por años sin trabajos fijos. De la misma manera que hay personas que tienen los trabajos que “cualquiera envidiaría” y lloran todos los domingos en la tarde ante la inminente llegada del lunes.

Tener demasiadas expectativas, si me permiten decirlo, es como colocarse una soga en el cuello y apretarla todos los días un poquito esperando que no nos mate. Y no hablemos de sujetarse a las expectativas de otros, eso es como beber cianuro.

A riesgo de sonar inmadura, esperé demasiadas cosas de la gente. Esperé demasiado de mis amigos, de mi familia, de mis parejas e incluso de mis compañeros de trabajo y clases cuando las tenía. Y todo el que no las cumplía generaba un sentimiento de desilusión y frustración inmediato en mí. Alguien me dijo que las personas son solo eso, personas. Y que en momentos difíciles esas personas procuran su propia supervivencia y no podemos juzgarlas o culparlas por ello; solo están haciendo lo que el instinto primitivo les dice: “¡Vive!”

Hace 4 meses me mudé de Venezuela a Chile. Cuando llegué a Santiago creí que todos aquellos amigos que me dijeron que “estaban a la orden” cuando se fueron, saldrían inmediatamente a ayudarme. De nuevo me estrellé al darme cuenta que no, que por muy agradable que yo sea, nadie, absolutamente NADIE está en el deber de ayudarme. Pueden estar en la disposición, sí, pero eso está únicamente sujeto a las posibilidades de cada quien, a lo que cada quien está dispuesto a aportar. Que no esté sujeto a tus expectativas, pues… triste por ti, pero es lo que hay.

De la misma manera que tener demasiadas expectativas hace daño, ajustarse a lo que todos esperan de ti es inclusive más frustrante. Fíjense, yo me había propuesto vivir aquí y traerme a mi novio en menos de seis meses. Cuando la vida, Dios o como quieran llamarlo, me demostraron que no era lo más prudente o que simplemente no se podía, sentí que alguien escupió en mi cara. Sentí que había fracasado porque no solo era lo que él esperaba de mí, era lo que yo esperaba de mí misma.

Y no hay sensación más frustrante que la de sentir que uno se falló a sí mismo.

En los últimos días he analizado todas y cada una de las expectativas que tenía (o aun tengo) en torno a mi vida y me di cuenta de que son como una especie de enfermedad emocional recurrente. Expectativa- realidad- desilusión. Y así el ciclo se repite.

Creo que mientras menos expectativas se tengan, se aprende a sobrellevar mejor las situaciones, e inclusive uno se prepara mejor para la eventualidades o cambios repentinos de planes. Y se lleva menos chascos cuando las cosas o las personas no resultan como esperamos.

Tener expectativas es como vivir adelantado en el tiempo, se desperdicia el hoy anhelando que mañana sea mejor ¿Por qué no hacer mejor el hoy entonces? Nadie nos garantiza estar aquí mañana. Es como esperar que el jardín sea mas verde del otro lado sin haber hecho nada para cambiarlo,  o como la tonta creencia que, debido a cierto balance místico, las personas serán incondicionales con nosotros a pesar de sus propias necesidades.

En resumidas cuentas, viva sin expectativas. Haga lo que pueda con lo que tiene a su alcance y no se frustre por lo que no puede hacer, porque no podemos controlarlo todo. Si desde su corazón nace ayudar, hágalo, pero sin esperar que el universo se lo retribuya de la misma manera. No idealice a la gente, no la endiose o perfeccione, porque los humanos no somos perfectos, nos equivocamos (algunos mucho) y decimos cosas que no sentimos o peor aún, que nos tragamos por demasiado tiempo y estallan como una bomba nuclear en nuestra garganta causando estragos.

Photo by Abigail Keenan on Unsplash

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