El test de placer
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Briamel González Zambrano / Periodista / España

Bri por Brígido (mi padre), A por Ada (mi madre) y Mel por Melvin y Melba (mis hermanos). Soy de Puerto Ordaz, Venezuela, así que no me resisto a bailar un calipso en donde me lo pongan. Por crecer junto al Caroní y el Orinoco es que me gustan los ríos y la fuerza del agua. Deliro por el chocolate. Estudié y ejercí el periodismo en Caracas, en toda su extensión. Desde Petare hasta La Pastora.
Vivo en Madrid desde 2009. En 2013 empecé el blog "La Rorra en el teclado", donde hablo de la migración venezolana en España. Nunca me gustaron las manualidades y no sé hacer casi ninguna tarea del hogar. Mis manos son para escribir y para dar cariño.

Cuanto tu mamá te dice: “Es que tú no lo cuidas”

Cuanto tu mamá te dice: “Es que tú no lo cuidas”

Cuanto tu mamá te dice: “Es que tú no lo cuidas”

Los cambios generacionales con las madres los notamos a diario en sus impericias al usar el móvil, al verlas cómo envían cadenas, fotos y rumores absurdos. Lo notamos también en la vida cotidiana. Se sorprenden al ver que un robot cocina las patatas y otro robot barre y friega tu casa.

Pero hay algo adicional, algo que constituye un salto abismal y abrumador: El trato con tu pareja.

Mis amigas del colegio y yo nos reímos a carcajadas, porque nuestras madres no pueden creer que nuestras parejas son nuestros aliados y trabajan por igual -y en algunos casos mucho más que nosotras-, en las tareas del hogar: cocinan, lavan, planchan, friegan, ayudan con los niños, hacen la compra, doblan la ropa, ordenan los cajones y limpian hasta el horno.

Para ellas, madres que ahora tienen entre 60 y 75 años, es un escenario desconocido, ajeno y extraño. Nosotras repasamos vía Whatsapp, algunas de las frases que nos sueltan ellas cuando nos visitan y ven nuestra cotidianidad:

“Ese muchacho llega de trabajar y se pone a hacer la cena para los dos, chica. ¿Te parece bonito?”, dijo una punzando ironía.

“El otro día lo vi doblando tu ropa interior, la suya y las toallas. ¿No te da vergüenza? ¿Tú crees que hay derecho que un tipo que es doctor, que viene cansado de trabajar, se tenga que poner en esas cosas?”

“Un hombre pasando la escoba. Tu padre ni sabía dónde estaban los artículos de limpieza en nuestra casa. Qué suerte tienen algunas”, dijo envidiosa otra.

“El hombre ha dejado los baños como si fuera un hotel y plancha las camisas como de tintorería. Nunca vi una cosa igual. Y tú, hijita, que no sabes ni hacer café…¡Qué preocupante”, se lamentó otra.

Por su puesto todas nuestras respuestas a las madres fueron: “Yo trabajo igual que él. Quien llega primero monta la cena”, “Él sabe planchar, yo sé barrer. Así nos repartimos los temas”, “Él pone el lavavajillas. Yo pongo la lavadora. La casa es de los dos y aquí vamos a partes iguales”.

A ellas nuestras respuestas le suenan a retrechería, a grosería y a falta de respeto. Ellas que (algunas, no todas) salían corriendo cuando llegaba el marido para quitarle el maletín, la corbata y que se sentara a gusto a ver la televisión mientras le servían la comida o la cena.

Increíble fue que todas coincidimos en que nuestras madres nos han dicho de una y otra manera esta frase: “Es que tú no lo consientes. No lo cuidas. Digan lo que digan, a los maridos hay que hacerlos sentir cómodos, porque su casa es su espacio de tranquilidad, no de más tareas”.

Nos horrorizamos con estas frases, pero rápidamente contextualizamos. Nos damos cuenta de que ellas pertenecen a otro tiempo. Tenemos claro que ellas son de otra época en la que buena parte de las mujeres no trabajaba y que fueron educadas para “consentir” a su pareja y nada más.

Yo por mi parte, me siento afortunada de tener a mi lado a alguien que me asume como su igual en los asuntos del hogar, en las cuentas, en las decisiones, en los viajes, en las compras y en muchas cosas más. Nos consentimos, sí, pero mutuamente. No en una sola dirección. Nos cuidamos bien porque somos binomio, un tándem, un equipo que funciona porque pedaleamos los dos.

Creo que en el caso de madres e hijas, no tenemos que reeducarnos, la clave está en respetarnos y aprender a vivir con las dos dimensiones.

A nuestras madres las queremos, las respetamos y entendemos que su momento fue otro. Eso sí, nos ha tocado una época distinta en la que es conveniente educar a los más pequeños ([email protected]s, [email protected], [email protected]), en términos de igualdad para balancear las cargas en modelos familiares cada vez más flexibles y diversos ¿Qué opinas?

Te invitamos a leer también: Mis canciones prohibidas

No dejes de leer el blog de Briamel: “La Rorra en el teclado”

Fotos: Unsplash.

 

 

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