María Fernanda García Suescún

¡Mamá de 2! ❤️
Economista. Sobreviviente a la violencia de género. Compartiendo mi historia para invitar a romper el silencio.

Esto fue lo que me sucedió después de darle el SÍ

Esto fue lo que me sucedió después de darle el SÍ

Esto fue lo que me sucedió después de darle el SÍ

Antes de decirle sí, ya había bastantes señales que me negaba a reconocer.

Llevaba alrededor de ocho años escuchándolo, y había una cantidad de historias suyas que comencé a borrar para poder sumergirme por completo en la historia de amor que me prometía toda la felicidad del mundo.

Yo estaba muy confundida y quería alejarme de él. Como yo vivía en otra ciudad, decidí visitar a mi hija de tres años, fruto de una relación anterior, quien se encontraba en mi ciudad natal junto a su papá por un par de meses, mientras yo organizaba todo para que volviera junto a mí.

Había comenzado a notar en él conductas extrañas e incómodas: me celaba constantemente con cualquier amigo o desconocido que fuera amable conmigo, me hacía fuertes críticas sobre mi aspecto físico luego de tener relaciones sexuales, me sugería hacer ejercicio para tonificar mis músculos y así evitar la celulitis que no le agradaba, me llamaba por otros nombres, algunas veces el de su exnovia y otras el de su mamá, me ignoraba cuando yo lo abordaba para hablar de esos comportamientos sin sentido y comenzaba a subir el tono de su voz cuando discutíamos los temas relacionados con mi hija, pues yo no estaba dispuesta a estar lejos de ella por mucho tiempo.

Antes de darle el sí, nunca me había golpeado, solo recuerdo que alguna vez quise alejarme de su lado y me tomó fuertemente por el brazo. ¡Claro que había señales! Pero yo alucinaba con la posibilidad de construir una familia con el hombre que, durante años, me había acompañado en tantas historias y tenía una capacidad de escucharme como nadie.

Comencé a llamarlo “hombre de mis sueños y mis realidades”, sentía que las diferencias que teníamos eran cosas que yo debía cambiar. Él es Psicólogo y Magíster en Investigación Psicoanalítica, me conocía mejor que nadie y me hablaba mucho de que las personas “hacemos figuras” en los otros.

Desde el comienzo me hizo sentir que yo tenía mucho por aprender, pues era yo quien había crecido en una familia disfuncional, muy alejada de lo que él tenía: “una familia perfecta”. Mi padre ha abusado del alcohol la mayor parte de su vida y él me decía que por eso, yo tenía una imagen distorsionada de los hombres, que era hora de pasar la página y de comenzar a escribir la más linda historia de amor.

Él era mi amigo, mi hermano, mi cómplice y yo sentía que si alguien podía cuidar de mí, era él. Si había una persona en el mundo que no podía dañarme, era él…

En el mismo lugar que por tantos años frecuentamos juntos, me citó. Fue la única vez que me preguntó qué estaba haciendo mal o qué cosas podía cambiar para hacerme feliz. Yo le respondí con honestidad sobre sus comportamientos agresivos e irrespetuosos y él ¡prometió cambiar!

Yo le creí… Y en medio de la lluvia, muy emocionada, le dije sí.

Un par de meses antes de apostarle a una vida juntos, mi mundo se transformó. Él me persuadió para que dejara mi ciudad natal y renunciara al empleo estable que tenía en aquel momento, para comenzar a trabajar con su hermano en una prestigiosa universidad del país y dejara a mi hija un par de meses a cargo de su papá mientras nos estabilizábamos en la capital.

Siempre sentí que algo no marchaba bien, pero no pude darle ninguna claridad a esa sensación y a ratos me sentía muy abrumada con algunas de sus actitudes y reacciones.

Poco tiempo después, nos enteramos de que estábamos embarazados y recibimos la noticia con toda la felicidad e ilusión del mundo, pues habíamos buscado y anhelado tener un bebé juntos.

Él compró un apartamento, todo parecía perfecto, pero una noche en medio de una discusión, cuando sólo tenía un mes de gestación, intentó ahorcarme y desde ahí comencé a sumergirme en un mar de sentimientos y confusiones.

Muchos meses sentí vergüenza, no quería contarle al mundo que estaba esperando mi segundo hijo y que paralelo a eso, estaba siendo maltratada por el padre de mi bebé.

Me escondí para que mis contusiones y morados desaparecieran y solo un par de amigas cercanas se enteraron, pero les hice prometer que jamás le contarían a alguien. También les conté a los padres de mi agresor, quienes en principio se solidarizaron conmigo, pero de un momento a otro, perdí comunicación con ellos y nunca supe qué versión les dio mi ex-pareja.

Es muy lógico que ellos decidieran apoyar a su hijo.

Había días lindos, ¡por supuesto! Él debía regalarme momentos cálidos y así yo permanecería confundida todo el tiempo.

Nunca me pidió perdón, nunca aceptó que me hacía daño, nunca permitió que habláramos sobre la violencia que ejercía sobre mí, tan sólo me decía que luego buscaríamos un tercero que me hiciera ver que todo lo que sucedía era mi culpa, que yo no estaba bien de la cabeza y que seguro era el embarazo que me tenía así.

Yo literalmente comencé a sentir que estaba enloqueciendo, pues no entendía como él pasaba de golpearme, morderme e insultarme, a dedicarme canciones, regalarme flores y prometerme que todo iba a estar bien. Perdí el sentido de la realidad y comencé a perderme hasta a mí misma.

Yo no lograba comprender de qué manera el hombre que delante de terceros era amoroso, detallista, sensible y ejemplar, en casa era distante, evasivo, silencioso y en determinados momentos, cuando había que tomar una decisión importante o solucionar algo, estallaba en impotencia y agresividad, utilizando las palabras más crueles, lesionando mi identidad y conduciendo cada desencuentro a una escena violenta.

Durante toda mi gestación me maltrató física y psicológicamente, pero de manera premeditada, buscando que yo dudara hasta de mi propia cordura. Pero también unía letricas de la sopa que con tanto esmero aprendí a cocinar para él y me escribía frases bonitas una y otra vez, mientras yo me desvanecía entre tanta confusión.

Todo el tiempo sentí la necesidad de salir corriendo, de huir, de alejarme de su lado. Pero no contaba con una red de apoyo familiar, seguía callando lo que me sucedía, pues ni yo misma podía entender lo que estaba viviendo, no tenía tampoco algún ingreso económico, pues había renunciado a mi empleo al sentirme presionada por mi jefe, luego de quedar en embarazo y estar incapacitada constantemente por tener un embarazo de riesgo inminente. Mi jefe de aquella época era el hermano de mi agresor y yo quería evitar cualquier inconveniente con la familia de mi futuro hijo.

Así fue como terminé en la finca de su familia, sin conocer a nadie en la zona, sintiendo que enloquecía en medio de tanta soledad y aislamiento. Mi expareja también se instaló allí, luego de renunciar a su empleo, argumentando que temía que yo lo denunciara y lo hiciera quedar mal ante todo el mundo.

Cada episodio de violencia fue incrementado las formas de maltrato. Mi agresor buscaba a toda costa desestabilizarme, con el fin de sacarme de mis casillas y poder así acusarme de ser una mujer loca o inestable. Me manipulaba desde la culpabilidad, destruyendo así, la capacidad que tenía de confiar en mí misma.

Cambiaba la fecha de las cosas que habíamos vivido, me decía que yo estaba trastornada e inestable emocionalmente y que por eso no podía entender nada de lo que ocurría, que nadie me creería si intentaba transmitir lo que yo sentía, que solo lo tenía a él para ayudarme y escucharme, que no involucrara a su familia, pues perderíamos el apoyo económico que recibíamos, ya que ambos no contábamos con ningún ingreso en el momento y yo debía poner de mi parte para que a nuestro bebé no le faltara nada.

Pasé los nueve meses de mi embarazo callando. A ratos sentía un deseo enorme de contarles a los médicos que me atendían durante la gestación de mi bebé lo que me estaba sucediendo o conversar con su familia; pero siempre sentía vergüenza, temor y mi agresor me hacía sentir culpable de toda la situación, además, me decía todo el tiempo que no podía contarle a su familia, pues su padre, un hombre de edad avanzada, no podría soportar recibir esas noticias.

Así que guardé silencio por respeto a ellos, esperando que algún día pudieran darse cuenta de lo que pasaba. Eso nunca sucedió…

Poco a poco fui perdiendo mi identidad y hasta mi cordura.

Un grupo de amigas comenzaron a detectar lo que estaba viviendo y por más que ellas intentaban hacerme caer en cuenta del maltrato al que estaba siendo sometida, yo me negaba a aceptar y mi agresor cada vez más, me alejaba de las personas que podían ayudarme.

La violencia física se incrementó, y después de dar a luz a mi bebé, cuando terminé mi dieta, un par de días después decidí denunciarlo. Lo hice en la estación de policía del Municipio donde me encontraba y el comandante encargado inmediatamente me vio y me envió al hospital para que un médico valorara mis heridas. Nunca supe nada de mi agresor, él siempre se refugiaba en la casa de sus padres y nunca he tenido conocimiento de qué información les daba a ellos y qué les decía sobre los hechos o sobre mí.

Llegué a mi ciudad natal con mi hija de cuatro años y mi bebé de menos de mes y medio de nacido. Sin un lugar donde vivir y sin un empleo que me permitiera tener un ingreso para poder salir de aquella situación.

Nada me detuvo, busqué ayuda con algunos amigos cercanos, aunque aún no me atrevía a contarles a muchas personas y pedía discreción y total reserva a quienes me acompañaban.

Buscaba empleo y por más que enviaba hojas de vida no encontraba ninguno.

Comencé a vender lasañas y con ello lograba pagar un arriendo con muchas dificultades.

Mi expareja no me apoyaba económicamente con las necesidades del bebé, contacté a su familia, pero ellos querían mantenerse al margen de la situación.

Así que… Tuve que devolverme para la finca, pues sin un empleo, no lograba sostenerme con mis dos hijos, estaba muy sola, mi familia se ha involucrado poco en mi vida desde que mi mamá murió hace una década, incluso una tía dudaba de mi situación, algunos me ayudaban como podían, pero siento que nunca dimensionaron por lo que yo estaba atravesando, porque es una familia, que por su historia, ha naturalizado muchas formas de violencia.

Me sentía impotente, no quería que a mi hijos les faltara nada, tenía miedo y sentía que por más que intentaba alejarme, necesitaba a mi agresor para poder salir adelante, los hijos y la dependencia económica son dos razones de peso cuando uno, por más que lo intenta, se ve una y otra vez padeciendo cualquier tipo de maltrato por parte de su pareja. Mi agresor estuvo de acuerdo con que regresara a la finca, pero se limitaba a culparme de todo, a decirme que me amaba a pesar de mis errores y me manipulaba tanto, que era yo quien terminaba pidiéndole perdón por alejarme.

Buscaba razones para creer que algo milagroso podía suceder y las cosas podían cambiar, buscaba la manera de seguir sonriendo y simulaba frente a los abuelos de mi hijo, que todo iba bien, muy bien. Pero la realidad siempre era otra y cada vez que no estábamos en compañía de terceros, yo me frustraba porque no podía comprender quién era el hombre que tenía al lado.

En la última agresión, sentí que podía perder la vida.

Había llamado a la Estación de Policía del municipio donde me encontraba durante toda la madrugada pidiendo ayuda, y jamás llegaron a auxiliarme. Casi siete horas después llegaron al lugar el comandante de policía, un patrullero, una asistente y una psicóloga de la comisaría para quitarme a mis hijos y entregárselos a la mamá de mi agresor, sin una orden de un juez, sin un proceso previo de investigación, sin escucharme y sin tener en cuenta que ya tenía una denuncia previa contra él.

¿Por qué? Sólo porque mi expareja era para entonces funcionario público de dicho municipio, desarrollaba políticas de salud mental y yo simplemente era una loca (como lo decía y lo sigue asegurando él) y ¡nadie podía creerme!

Pero no lo permití.

Llamé a la psicóloga que me había acompañado desde mi primer intento de alejarme de mi agresor y le pedí que me ayudara a salir de esa situación, ella me contactó con un abogado, y así yo pude, frente a los funcionarios públicos que de manera arbitraria querían quitarme a mis hijos, argumentar que lo que estaban intentado hacer era un delito. Muchas mujeres somos tildadas de locas por nuestros agresores. Así es como muchas veces las personas violentas ¡justifican sus actos!

Ese mismo día en la tarde, llegaron a la finca a sacarme de allí las personas que podían identificar qué era lo que yo realmente estaba viviendo, cuando ni yo misma podía creer en mí. Unas amigas y mi terapeuta me ayudaron nuevamente a regresar a mi ciudad natal y buscaron un hogar temporal para acogerme con mis hijos mientras me recuperaba emocional y psicológicamente.

Cuando alguien nos daña, de la manera que sea, es muy probable que lo vuelva a hacer.

Uno quiere creer que el caso de uno puede ser la excepción, ¡pero la verdad es que no! La violencia es un círculo vicioso, en donde la frecuencia de repetición se acorta y los abusos cada vez toman más fuerza. Poner límites cuando nos sentimos solas, hay hijos de por medio, dependemos emocional o económicamente de nuestra pareja, se torna difícil, pero es absolutamente necesario.

Yo no lo hice desde un comienzo, prefería no pensar en eso, para no sentirme mal mientras la realidad me hablaba.

Todo comienza sutilmente, hasta que un día fue un grito, otro día un golpe, otro día silencio y otro día aislamiento, mientras conseguía convencer a su mundo de una versión que no era cierta.

Otro día culpa y más culpa.

Yo tuve que estar a punto de perder la vida para dejar de creer en Él, tuve que comprender luego de muchos golpes, humillaciones e indiferencia de muchas personas, que el hombre con el que compartí durante ocho años mi historia, mis alegrías y mis tristezas, mis sueños más grandes y mis anhelos de construir una familia, tenía muchas máscaras y versiones.

Por eso hace poco decidí no cargar más con la mirada de la gente ni con los juicios que hacen sobre mí. Ahora lo entiendo, yo también hice parte de esas personas que se negaban a aceptar tanta oscuridad en un ser amado.

Muchas personas piensan que denunciar a un agresor es lo más difícil que vive una víctima, desde mi experiencia puedo decirles que lo más difícil ha sido luchar con el juicio de una sociedad patriarcal en donde muchas veces la única víctima real es la que no sobrevive ni física ni psicológicamente para contarlo.

Temo salir a la calle, temo llevar a mi hija al jardín, temo salir con mis hijos al parque, temo ir a mercar, temo cruzarme con personas que sin conocer la realidad me juzgan, me tildan de loca o se ríen de mí, temo contestar mi celular y temo revisar mi correo.

El precio que he pagado por no callar es muy alto, ¡pero lo pagaría las veces que fuera necesario!

Un año después, a mi agresor le imputaron cargos por el delito de maltrato intrafamiliar agravado en concurso sucesivo y homogéneo, dada mi condición de mujer y que fui maltratada reiterativamente, hace poco se llevó a cabo la audiencia de acusación y estoy esperando a que se me notifique por parte del juzgado la fecha para la audiencia preparatoria.

Yo también he sido denunciada por mi expareja. Muchos hombres violentos lo hacen y pienso en cuántas mujeres podrán estar pasando por esto en el mundo, luchando, no solo contra su agresor. sino contra sus propios miedos y sombras.

Cuando los funcionarios me ven, los noto sorprendidos. Seguro se preguntan si realmente soy todo eso que mi agresor les dice que soy. Yo me consuelo pensando en todas las mujeres que también tienen que defenderse con todas sus fuerzas por el esclarecimiento de la verdad.

¿Defenderse está mal? No. Volvería a hacerlo. ¡No me quiero nunca más ni sumisa ni callada!

Haber logrado llegar hasta aquí sólo ha sido posible luchando arduamente por el esclarecimiento de la verdad. Muchos días, horas y meses en Personería, Defensoría del Pueblo, Fiscalía y Comisarías.

Romper el silencio es la única manera de visibilizar lo que nos está ocurriendo a muchas mujeres en el mundo ¡Todos los esfuerzos por alzar la voz valen la pena!

Mucha ayuda terapéutica y mucho dolor en el proceso de compresión, me llevaron a sentir que esta lucha es muy solitaria y que el día que me sintiera mejor y capaz, quería hacer visible por lo que pasamos muchas mujeres.

Abrí cuentas en Instagram y Facebook, y con el nombre Mamá Sobrevivió, me propuse mostrar lo que por mucho tiempo como sociedad hemos naturalizado: la violencia contra las mujeres.

Hoy desde mi experiencia puedo decir que hay tres cosas indispensables para que una mujer logre salir de un círculo de violencia.

1.Red de apoyo

2.Ayuda terapéutica

3.Cero contacto con el agresor

Sumado a eso, en mi caso, son mis dos hijitos los que me han dado toda la fuerza del mundo, me han iluminado los pasos, han secado mis lágrimas, me han cubierto con un amor real e infinito, me han hecho cuestionarme como mujer y como persona, han sacado lo mejor de mí, me han invitado a romper el silencio, me han dado todo el combustible para luchar y no desistir. No ha sido sencillo, cada día es todo un reto, pero lo hemos logrado juntos.

Hoy los miro y les digo gracias infinitas, ¡Ustedes me han dado más vida a mí, que la que yo pude darle a ustedes!

Sigue a María Fernanda en @mamasobrevivio y apoya a mujeres que, como ella, están luchando para acabar con la violencia machista.

Fotos: María Fernanda García.

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