Viviendo nuestra vida FELIZ como ELECCIÓN para superar el maltrato. Que no te dé vergüenza ACEPTAR que fuiste violentada, lo malo es quedarte ahí.

Inti fue mi sol y mi fortaleza

Inti fue mi sol y mi fortaleza

Inti fue mi sol y mi fortaleza

Tenía muy claro cómo es una relación sana y esa definitivamente estaba muy lejos de serlo. No sentía amor romántico, es más, no me entristecía pensar en dejarlo. Sabía que algo en él y en esa relación no estaba bien; pero un indescriptible no sé qué me hacía permanecer a su lado: estaba hipnotizada, paralizada, manipulada.

Sus desplantes, escenas en la calle, insultos y demás frases hirientes fueron las primeras señales de que estaba siendo maltratada por aquel soñador, detallista y encantador poeta, pero nada de eso me dio la determinación para dejarlo inmediatamente, tendríamos que llegar a la violencia física para que yo empezara a considerar que estaba loco.

En esta historia nada estaba a nuestro favor, pero ahí seguía yo, sin ver lo que cualquiera creería ser capaz de notar, nadando contra la corriente. La gente me comentaba sobre aspectos de su personalidad que yo me negaba a aceptar, en un tiempo récord gastamos todos mis ahorros con la convicción de que éramos un equipo y que cuando él se estabilizara en un buen trabajo las ganancias serían para el hogar (eso lo pensaba yo, nunca me lo dijo él). Lo seguí durante meses a cuanto rincón del país se le ocurrió que era un buen lugar para quedarse, pero apenas llegábamos ya se quería ir.

El tiempo siguió pasando y la relación, en vez de mejorar, empeoraba; teníamos discusiones, reconciliaciones, contradicciones. Quería que cambiara mi personalidad, me exigía docilidad, obediencia y sumisión, pero como nunca cedí al nivel que pretendía, las discusiones se transformaron en actos de violencia física precisamente cuando se anunció mi embarazo.

Fue con la primera cachetada con que empecé a temer, pero claro, permanecí a su lado: oficialmente estaba doblegada ante él. Se estaba saliendo con la suya, había logrado manipular mi mente de tal forma que yo, aunque lo sintiera e incluso lo planeara, no lograra irme de su lado. Ahora que lo veo en retrospectiva, fueron muchas las oportunidades que tuve de escapar, fueron muchas las personas que intentaron ayudarme, pero sólo cuando finalmente rompí el silencio y hablé por teléfono con mi mamá y mi hermana fue cuando la huida sucedió.

Como en repetidas ocasiones ya había sido retenida e insultada al intentar irme, tuve que esperar sigilosa un fin de semana entero a que llegara el lunes para que él se fuera a trabajar y así poder empacar tranquilamente, subirme al bus que me llevaría del pueblo alejado donde vivíamos hasta la capital en donde tomaría el vuelo que mi hermana había pagado para mí. Lloré las primeras 2 horas de viaje, era inevitable, pero sentía la tranquilidad y la aceptación de huir de una relación que me estaba llevando a la muerte en vida.

Lo malo es que la historia no terminó ahí, pues él me siguió, se empecinó en convencerme de perdonarlo y tras algo más de un mes de lavado de cerebro fui tan boba condescendiente que le creí todas sus promesas y volví a irme con él. Esta vez no sólo estaba poniendo mi vida en sus manos sino la vida de mi hijo y de mi familia entera que, aunque no podían entender mi decisión, la respetaron con el alma destrozada. Si en ese momento hubiera tenido el conocimiento que tengo ahora sobre violencia intrafamiliar otra hubiera sido la historia, pero ahí estaba yo, volviendo a confiar en alguien que ya me había dado suficientes motivos para desconfiar.

¿Qué iba a suceder en esta segunda parte de nuestra historia de amor violento? Lo más obvio: unas primeras 3 semanas de relativa calma con pequeñas pistas de que volveríamos a lo mismo y, cuando regresó su mano pesada sobre mi rostro, regresó también la mujer, que, aunque detectaba que eso no estaba bien, no hacía nada para alejarse.

Y así, durante tres meses, la desgastante y deprimente rutina del te odio / te quiero, lárguese / no se vaya, perdóneme / usted es la culpable… hasta que ocurrieron dos detonantes que finalmente nos darían a mi bebé y a mí la tan justa y necesaria tranquilidad: un día me prohibió que al nacer el bebé mis amigos me visitaran en la casa, discutimos porque siempre tuve claro que no tenía por qué negociar mi libertad, me gritó que me fuera de una vez por todas y, al intentar detenerme en la calle para evitar perdernos, mi panza de siete meses y yo terminamos siendo golpeados contra el piso y viviendo la noche más terrorífica que haya podido imaginar. Ahí supe que ese hombre literalmente era capaz de matarnos, que ese no era un papá ni un hogar sano para mi solecito y, aunque vergonzosamente me tardé como otras dos semanas en actuar, esta vez sí fue definitivo, no me estaba salvando yo, ahora se trataba de mi hijo.

Una tarde tuve que fingir dar una caminata para poder salir sin levantar sospechas, un par de horas después regresé con dos policías que me acompañarían a empacar en frente de él y me escoltarían hasta la avenida para tomar el bus que me llevaría al hogar donde recuperaríamos la paz que mi bebé por nacer y yo tanto necesitábamos.

Aunque aquel hombre siguió intimidándonos durante los primeros meses de vida de Inti, mi solecito acaba de cumplir un año y él se ha alejado dejándonos vivir mucho más tranquilos, felices y con la certeza de que todo pasa por algo y para algo.

Quiero compartir este video que hicimos mi hermano y yo y que resume muy bien y de forma bonita por lo que pasamos…

A raíz de todo lo que viví con el papá de mi hijo, creé una página con su respectivo blog y cuenta en Instagram, se llama LA LUZ DE INTI.

Foto: Lina Lopera.

 

 

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