El test de placer
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Daniela Truzman / Periodista / Panamá

Periodista de oficio, escritora de vocación. Millennial y fanática de la cultura pop

A punto de llegar a los 30… ¿Crisis, yo?

A punto de llegar a los 30… ¿Crisis, yo?

A punto de llegar a los 30… ¿Crisis, yo?

Comencemos con un par de aclaratorias importantes: primero: las siguientes líneas NO tienen la intención de convertirse en un diario fitness no soy nutricionista, y hacer ejercicio no es lo que más me gusta en la vida. Segundo, no estoy segura de tener la crisis de los 30. Hay días en los que creo que sí, pero la mayor parte del tiempo pienso que no.

Mi idea es ir contándoles, entrega tras entrega, mis intentos por alcanzar una mejor versión de mí y llegar al tercer piso en mis propios términos. Ni más, ni menos.

Les decía que no creo tener la fulana crisis, porque considero que mi balanza mental (donde peso las metas cumplidas y por cumplir), se inclina positivamente: tengo una buena relación con mis padres, un novio que adoro y un currículum profesional bastante prometedor para mi edad. No tengo apuro por casarme y la maternidad todavía se ve lejana. Pero después de que cumplí 29 años… algo cambió.

El día de mi cumpleaños fue una sola fiesta. Desayuné con mis compañeros de trabajo, almorcé con mi familia y celebré en la noche con mis amigos. Al día siguiente, mientras revisaba las fotos para subir un par a Instagram no me reconocí en ninguna foto.

¿En qué momento me había descuidado tanto? -me pregunté. 

A ver, ya sabía que estaba “pasadita de peso”. Lo intuí cuando, agotada de pegar brincos y de acostarme en la cama para intentar subirme los pantalones, me rendí y guardé en el fondo del closet mis pantalones favoritos; también, sabía que estaba comiendo mal, que pedir comida para llevar casi todas las noches y comerme 4 galletas de chocolate cada vez que me sentía estresada en el trabajo, no me estaban llevando por buen camino, pero no había internalizado las consecuencias hasta ahora.

 

Sí, tengo espejos en mi casa, pero haciendo memoria, creo que desarrollé una técnica en la que me miraba rápido y sin mucho detalle, digamos que me daba un vistazo de negación.

Al final no subí ninguna foto, y soy de la generación de “si no está en redes no pasó”, así que entenderán el tamaño de la “tragedia”.

Esta es la foto que no me atreví a publicar en mis redes sociales.

Pero, no todo es malo

A pesar de todo esto, sentí una determinación que no había tenido antes. Sí, estaba pasada de peso, pero no era un mal de morirse. Como si estuviera en un trance, me senté frente a la computadora y busqué todos los planes alimenticios que me han dado los miles de nutricionistas a los que he ido (tengo resistencia a la insulina, así que no puedo ponerme a inventar, y de paso, quería hacerlo bien, no seguir “la dieta de la piña”, perder 5 kilos en 14 días y ganar 7 la semana siguiente).

Hice un “mercado light”, qué por cierto, de ligero tuvo solo las calorías porque descubrí que la comida “de dieta” es carísima; y también me compré un peso. Esa noche coqueteé con la idea de utilizarlo, pero en alguna de estas cuentas fit que solía ver mientras cenaba pizza, leí que era mejor hacerlo en ayunas, luego de ir al baño. Eso hice.

La estúpida pesa marcó 80 kilos, 400 gramos. Me quité el pijama (si hubiera tenido una tijera cerca, me habría cortado hasta el pelo) y me pesé de nuevo: 80 kilos. Increíble. Ahí estaba, como Dios me trajo al mundo, bajándome del peso y tratando de asumir con dignidad que tenía 17 kilos de más.

El camino es largo y lo estás empezando un viernes

Entonces, decidí comenzar un fin de semana. Sí, fue el fin de semana cuando tomé la decisión de cambiar mi alimentación, ¿qué más da? Era mediados de octubre e igual vendrían una serie de feriados (vivo en Panamá, y noviembre en este país está repleto de días libres). Luego, llegaría diciembre con sus reuniones navideñas y sus “pásate por la casa y nos comemos alguito”, así que este inicio poco convencional me serviría de preparación para manejar la presión social y no ceder en el futuro.

El ser humano funciona de una manera muy curiosa. Tomar la decisión de mejorar mi alimentación para perder peso, me hizo revaluar otros aspectos de mi vida:

  • Comencé a preguntarme si estaba verdaderamente feliz haciendo lo que hacía (sobre todo en mi trabajo)
  • Si me estaba dedicando el tiempo suficiente a mí misma (para nada, por supuesto).
  • Me preguntaba qué era ese calorcito que sentía en el pecho cada vez que me acercaba a un niño (instinto materno, ¿eres tú?)
  • Y ¿por qué si tenía un año pagando el gimnasio, no lo había pisado ni una sola vez?

Fue como si una voz que se había estado formando dentro de mí durante años, finalmente estuviera empezando a hablarme. Una voz que, por cierto, ya maduró, habla clarito y a la que le parece una pérdida de tiempo aguantarle tonterías a la gente (es definitivamente, la voz de los 30 años ¿La reconocen?).

Hasta ahora he perdido 7 kilos, y la verdad me siento como una pluma, porque sin proponérmelo he ido cambiando de afuera hacia adentro. Por eso decidí contarles mi viaje hacia los 30 años, y cómo me preparo para que me encuentren plena, sana, feliz y lista para asumir la que, he escuchado, es de las mejores décadas en la vida de una mujer

 

¿Qué dicen? ¿Me acompañan?

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Fotos: Pixabay y Daniela Truzman 

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