Mandy Peña / Abogada / México

Abogada, mamá. Rehaciendo mi vida.

Me pegaba en la cabeza porque sabía que esos golpes no dejaban marcas

Me pegaba en la cabeza porque sabía que esos golpes no dejaban marcas

Me pegaba en la cabeza porque sabía que esos golpes no dejaban marcas

Siempre había sido una mujer independiente y trabajadora. Al salir de la universidad empecé a trabajar en una sucursal bancaria, y fue ahí donde lo conocí, él era uno de nuestros clientes. De pronto empezó a visitarme cada vez más seguido, a veces sin ninguna excusa, hasta que un día me invitó a comer y yo acepté.

Al mes exacto de aquella comida ya éramos novios, teníamos una relación muy bonita, porque nos habíamos hecho muy buenos amigos. Él, abogado como yo, era un hombre bueno, inteligente y amable, por eso no dudé en aceptar su propuesta de matrimonio, cuando teníamos 4 meses de relación.

¡Todo parecía un sueño!

Me case y todo era miel y felicidad. Rentamos una casa preciosa, que yo atendía todo el día, porque él me había pedido que dejara de trabajar y yo había aceptado. En ese entonces yo no tenía carro, él siempre pagaba todo; así que no tenía manera de visitar a mis padres, o tomarme un café con mis amigas. Viví casi 3 años de mi vida sin salir a ninguna parte, atendiendo sólo las labores del hogar.

Lo peor es que yo creía que vivía feliz.

 

Llegaron los golpes

 

Cuando cumplimos dos años de “feliz matrimonio”, empezaron las discusiones, los insultos y, por supuesto, los primeros golpes. Todo empezó porque le dije que me sentía algo fastidiada de la rutina, y que quería ir con él al cine.

En ese momento entró en cólera como nunca antes y me dijo: “¿Cómo se te ocurre decirme eso a mí, puta? Si estás fastidiada lárgate de aquí.” Y, acto seguido, me dio no 1, sino 6 bofetadas que me dejaron casi inconsciente.

Al verme llorando en el piso, me pidió perdón y me dijo que yo era la culpable, porque lo había hecho enojar. Yo le di la razón, porque realmente creía que la tenía. Yo tenía que ser la culpable.

Después de eso todo fue a peor, pasaron los meses y las ofensas, gritos y reclamos se fueron incrementando cada vez más. Él, como abogado penalista, sabía que los golpes en la cabeza no dejan marcas, así que durante muchos años recibí jalones de pelo, bofetadas y golpes con la mano cerrada, siempre en la cabeza. Todo el tiempo me decía que no servía para nada, me corría de su casa, que era la mía, cada vez que se enojaba por lo más mínimo, me echaba.

 

Nuestro hijo

 

Un buen día me dijo que me iba a regalar un carro, al principio me puse muy feliz, pero después llegaron las condiciones: me daría el carro si yo le daba un hijo. Yo me quedé muda, pero accedí. Para ese momento, yo no manejaba dinero, nunca tenía efectivo, todas mis salidas eran con mis padres, con sus padres o con él. A veces íbamos juntos al supermercado, pero siempre pagaba él.

Cuando me compró el carro, me empezó a dar 200 pesos semanales ($10) para mis gastos. Me dijo que tenía que empezar a acostumbrarme a llevar dinero por si se le ofrecía algo a nuestro hijo. Conforme pasó el tiempo, llegó a darme hasta 100 dólares para comprar comida, pero siempre tenía que justificarlo con las facturas de las tiendas.

Cuando lo conocí, ya él tenía unos años de haberse divorciado de la mamá de sus 3 hijos mayores. Desde que nos casamos y durante los casi 11 años que duró nuestra relación, yo crié a esos niños, los cuidé y los ayudé en todo lo que yo podía, para que fuesen personas de bien; ellos y yo llegamos a tener una muy buena relación, pero cuando me embaracé, todo eso cambió, y como si fuera poco, también empezaron los problemas con los niños, supongo que por celos.

Finalmente nació nuestro hijo, pero nada cambió, al contrario. Una vez me golpeó frente a los niños, incluyendo al mío, todos empezaron a llorar y a gritar. Finalmente, como siempre hacía, me corrió de la casa, esta vez diciéndome que me llevara al “hijo bastardo” que tenía, pero lo volví a perdonar.

Yo quería  una familia, mis papas tienen 40 años de casados, mi hermanos están todos casados, yo no quería divorciarme y quedarme sola, mucho menos ahora que tenía un hijo, me daba muchísimo miedo. Además, siempre estaba rondando el fantasma del “qué dirán”, prefería aguantarlo todo antes de que hablaran de mí y mi familia.

Los años siguieron pasando, así como los golpes, las bofetadas, los jalones de cabello y los insultos. Todo el tiempo me gritaba frente a mi hijo, me corregía y si yo regañaba al niño, él lo consentía y me desautorizaba. Esta era nuestra dinámica.

 

El principio del final

 

Un lunes por la mañana le pedí dinero para echar gasolina y para comprarme toallas sanitarias, porque hasta eso tenía que pedírselo. Como siempre, me dijo que me llevara el celular para que le sacara una foto al monto que había gastado en la estación de servicio. Ese día, por mala – o buena- suerte, se me quedó el celular en la casa, así que no pude sacar la foto. Me gasté todo lo que me había dado en la gasolina, así que no pude comprar las toallas.

Cuando llegué a casa, le conté lo que había pasado y le pedí el dinero que necesitaba, pero al no tener fotos, volvió a ponerse muy agresivo, me insultó mucho, yo le pedí que no me hablara de esa manera, que dejara de insultarme, pero fue peor, se molestó más y llegaron las bofetadas.

No sé de dónde me salieron las fuerzas pero, por primera vez, le devolví uno de los golpes. Esto hizo que se descontrolara más y me dio una de las peores golpizas desde que estábamos juntos.

Ese fue el primer día que le dije que me quería divorciar. Una vez más me echó de la casa, me dio una hora para sacar todas mis cosas, la gran diferencia con las oportunidades anteriores es que esta vez sí le hice caso. Llamé a mi mamá para que viniera por mí, cogí todo lo que pude, la ropa del niño y algo de la mía, no me llevé nada más, ni siquiera mis zapatos.

Ese mismo día interpuse una demanda penal en su contra, después una orden de restricción y, se inició un procedimiento de divorcio por violencia familiar.

 

Chantajes y amenazas

 

A las semanas él me llama aparentemente arrepentido y me pidió que negociáramos las cosas por el bien del niño. Pero luego empezó a amenazarme, diciéndome que si no quitaba las demandas que había interpuesto en su contra, me iba a ir peor. Él es muy amigo del procurador de Nuevo León (México), conoce a mucha gente de la política, y yo no tenía nada de dinero, así que creí que lo más sano y conveniente para mí fue retirar la demanda penal y la orden de restricción, aunque la de divorcio sí siguió adelante.

Como ya lo esperaba, también me amenazó con eso, me dijo que si me divorciaba de él no me daría nada, no me pasaría dinero para el niño. Pero ya yo no tenía miedo, así que le dije que no me importaba nada y seguí adelante.

Efectivamente me quedé sin nada, no me pagó nada, ni no nos dio casa, que es lo que corresponde. Actualmente le paga el colegio al niño, le paga un seguro médico y a veces le da una mesada ínfima que no nos alanza para nada. Mi papá es quien se ha encargado de todos mis gastos.

Ahora mismo no tengo ningún tipo de relación con él, hace unas semanas me llamó para amenazarme nuevamente, me dijo que me iba a desaparecer. Constantemente me dice que me va a quitar a mi hijo, o que me va a meter en la cárcel. Pero yo honestamente ya no le tengo miedo, antes sí estaba muy deprimida, pero ahora no.

 

Mi nueva vida

 

Ya ha pasado el tiempo y me siento libre, feliz y tranquila. La tranquilidad no tiene precio. Durante este tiempo he estudiado mucho, y voy a empezar a trabajar en una empresa del Gobierno Federal, como abogada. No puedo estar más contenta.

Todo este proceso ha sido muy duro, muy doloroso. Yo me aferraba a tener una familia y no quería fracasar, pero ya no puede más.

Me quedo tranquila porque di lo mejor de mí como mujer y esposa, lo perdoné mil veces y lo intentamos otras mil. Cuando me quedé vacía y con miedo a morir, fue que me salí de ahí.

Mi hijo está bien, está sanito, él sí lo ha resentido mucho, porque quería tener a sus papás juntos; pero yo sé que hice lo mejor para él.

Si tuviera que darle un consejo a todas las mujeres que leen esta revista, es que siempre trabajen, que no dependan de nadie. Que nunca se dejen insultar, porque valen mucho, y que tengan fe, porque los tiempos de Dios son perfectos.

 

 

 

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