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Mi propia historia

Zhandra Andrade / Colaboradora/ Estados Unidos

Mamá de dos hermosos seres humanos. Venezolana.

Mi niño es transgénero y nadie te entrena para esto…

Mi niño es transgénero y nadie te entrena para esto…

Mi niño es transgénero y nadie te entrena para esto…

Me llamo Zhandra, nací en Venezuela. Siempre viví allá hasta que me casé con un militar de Estados Unidos y me mudé con él a su país. Aquí nacieron nuestras dos hijas, Kazandra en Miami y Zamantha en Seattle.

La mayor siempre fue una beba que no lloraba mucho, jugaba igual con niños que con niñas. Siempre le veía y le ve lo bueno a todo lo malo, era una niña muy dócil y con un corazón que no le cabe en su cuerpo.

Cuando cumplió 10 años se desarrolló, yo no estaba con ella. Me llamó y me dijo: “mami, me vino”. Yo iba saliendo para la casa y le dije que ya iba para allá; me respondió que no me preocupara, que ella sabía que hacer.

Desde pequeñas siempre les he explicado todo: para qué son las toallas sanitarias y me ven cómo se ponen. Eso de la privacidad no se da mucho en mi casa.

Seis meses después de su desarrollo, Kazandra se la pasaba llorando sin parar. Es una artista y sus dibujos son increíbles; pero eran tristes, de niños llorando, con sangre en los ojos o rotos en pedazos. Yo le preguntaba por qué lloraba tanto, si le había hecho o le había pasado algo, pero ella no me decía nada. Pensé que era parte de su pre- adolescencia y le di su espacio.

En ese momento yo estaba terminando mi maestría, fueron dos años en los que estudiaba y trabajaba a tiempo completo, entonces pensé que era mi culpa, que no le atendí, que la descuidé.

La última clase de mi maestría se llamaba Conciencia Critica de Universidades (o algo así es la traducción). Esta era una clase que me enseñó a ver las cosas y la gente desde otro punto de vista.

Como parte de esa clase, tomé unos talleres LBGTQ (por sus siglas en inglés). El último día de clases se me complicó la cosa, y tuve que llevarme a las niñas a la universidad. Una compañera estaba exponiendo algo sobre la diferencia de géneros en comiquitas.

Mi profesora, quien es muy observadora (yo no lo noté, pero mi profe sí), le preguntó a Kaz directamente: ¿Qué estás pensando, lo quieres compartir? Entonces Kaz habló delante de 15 estudiantes de maestría y doctorado y dijo, entre otras cosas: “No entiendo porqué la gente no puede aceptar a los demás como son, es algo muy errado y no lo entiendo”. Siguió compartiendo su opinión y cada vez que recuerdo ese momento lloro, TODO el salón lloraba después de escucharle hablar, todos estábamos llorando.

Yo ya sabía que era una niña muy especial, pero ese día lo noté mucho más. Después de eso, habló de aquella clase en el carro durante el camino a casa y varios días después, me decía: “Mami, nunca me había sentido tan libre de hablar en frente de un grupo”.

Un compañero de mi clase le obsequio los libros “Tomboy” y “Parrotfish”. Los leímos las dos y nos ayudaron a seguir buscando ese no se qué.

Mi compañero estaba viendo más allá de mi ojos…

Unos meses después empezó el “middle school”. Entonces, ella se acercó y me dijo: “Mami, no me quiero llamar Kazandra, es un nombre muy lindo, pero no me identifico con él. Me quiero llamar “Andri”.

Por supuesto me dolió en el corazón, porque ese nombre lo soñé desde que yo era niña, pero también en esos días leí algo muy lindo que me hizo reflexionar: “Los nombres son regalos de los padres, a veces recibimos regalos que no nos gustan o no nos quedan, lo apreciamos, pero no lo podemos usar”.

Con el tiempo fui notando más cambios: “Mami, no quiero el cabello largo”, “Mami, no me gusta esta ropa”, “Mami, no me compres vestidos que los odio”. Y más comentarios como: “No le importo a nadie, no valgo nada, mi vida no importa”. Todo esto en inglés, porque no hablo con mis hijos en español, estoy segura de que la conexión que tengo con ellos no sería la misma en español (esa es otra historia).

Finalmente, cerca de sus 11 años, me dijo: “Mami, necesito hablar contigo en privado y no sé qué pasará después de esto. Tal vez no me quieras más, tal vez me rechaces, pero ya no puedo más”.

Por mi mente pasaron miles de cosas y le hice mil preguntas: ¿Alguien te hace dañó?, ¿Alguien te tocó?, ¿Alguien te está haciendo bullying? A todo esto, me decía no, no, no… “Mami déjame hablar, déjame contarte”.

Callé, y así empezó:

Mami, no quiero ser más una niña, no me siento como todas las niñas, no me gusta todo lo que hacen las niñas.

¡Uf! Ok, esto no está tan mal- le dije.

Y me respondió- ¿Qué, mami? ¿No estás brava?

Y le dije- Mi vida, tú y Zami son lo más importante para mí, nada en este mundo me importa más que ustedes. Y si quieres cambiar tu apariencia, tu ropa, tu nombre, yo estoy aquí para apoyarte.

Y me dijo- “Mami, yo sé que vas a perder muchos amigos, inclusive familiares; yo he leído (hace sus propias investigaciones y nunca viene a hablarte sin un argumento válido, y si no sabe algo, lo investiga), y sé que la gente no lo acepta.

Y le respondí- ¿Sabes qué? ¡No me importa! si pierdo amigos por esto significa que realmente no eran mis amigos, si la familia no lo acepta, pues tampoco vivimos con ellos.

Y luego me dice- ¿Y papi? Papi es militar…

Yo me encargo de papi- le respondí.

Enseguida yo misma le corté su hermosa cabellera, buscamos ropa de varón, cambiamos los pronombres (lo mas difícil han sido los pronombres). Pedí una reunión con el director de la escuela y sus maestros, quienes le han apoyado mucho. La profesora de teatro hizo una diferencia enorme en la vida de Andri. Hablar con las personas más cercanas a él fue un paso muy importante para su identidad.

La primera que aceptó todo fue su hermanita Zami, quien tenía 6 cuando Andri le explicó. Ella entendió mas rápido que nosotros, y luego inmediatamente nos corregía y decía: Mami, quiere ser “él” no “ella”.

Mi esposo también aceptó todo. Confieso que dudé un poco de cómo seria su actitud al respecto, pero enseguida lo apoyó y me dijo: “Yo defenderé a mis hijos de quien sea, inclusive de la propia familia”. Le salió chévere, porque le dio un poco de ropa que no le quedaba y ahora están “bonding” un poco más.

En cuanto a la familia, mi suegra no lo aceptó, y la verdad no me di a la tarea de explicarle a todo el mundo, porque al fin y al cabo somos nosotros quienes estamos con él todo el tiempo. Lo puse en Facebook, y el que entendió, entendió.

Mientras yo esté viva, siempre estaré ahí para apoyarle. Ahora sonríe, hablamos mucho más, reímos y lloramos juntos. Experimenta con maquillaje, con su pelo, con su vida, porque al fin al cabo, ¿Cómo aprendemos, sino es experimentando?.

Prefiere un nombre mas masculino. “Andrew” ya tiene 12 años, usa “binders” para ocultar sus pechos, usa ropa holgada y de varón. Todos sus amigos de la escuela lo aceptaron sin problemas, es más ¡lo adoran! Hace teatro, toca el trombón para la banda de honor de la escuela y aprendió a tocar el ukelele con videos de Youtube.

La última clase de la maestría y los talleres LBGTQ, me ayudaron muchísimo a entender esto; pero no he recibido ninguna ayuda psicológica ni para mí ni para él… Eso no lo cubre el seguro y si lo cubre, pues hay q pagar 30 dólares por cada consulta y se hace muy costoso. Él mismo ha averiguado por tratamientos hormonales, pero no podemos económicamente. También quiere cambiar su nombre de forma definitiva. Le dije que esperara un poco hasta los 18 años, y si ya lo quiere, entonces que lo haga.

Reconozco que internamente siento mucho miedo. No tanto por su transición, sino por la sociedad y nuestra familia; sin embargo, tuve muchísimo apoyo de amigos de la comunidad  LGBTQ, amigos del trabajo y amigos más cercanos que se han convertido en familia. Lloraba cada vez que se lo contaba a alguien, sentía y siento miedo al rechazo; nadie quiere que un hijo sufra, no quiero por supuesto que nadie le haga daño, aunque estoy consciente de que en muchos casos no lo podré evitar.

A los papás y familiares de niñxs transgénero: Escuchen sin interrumpir, denle la oportunidad de expresar sus ideas, ayúdenles a descubrir si eso es realmente lo que quieren, NUNCA les digan “es una etapa” “tú qué vas a saber”, Ayúdenle a sentirse segurxs en espacios desconocidos. El no sentirse identificado con su género les crea una inseguridad terrible. 

En nuestro distrito es la PRIMERA vez que un padre o un niño se declara abiertamente transgénero, y eso me dio más seguridad para decirle: ¡Vamos, eres pionero y con esto ayudas a otros niños que tienen miedo”. Van a crear un club en la escuela para niños LGBTQ, otros niños le contactaron y le dijeron que no tenían la misma suerte con los papás, que ni locos les contarían, más bien, los matarían o echarían de la casa; eso me parte el corazón. Evito discusiones sobre género con gente que no está educada en estos temas. He aprendido a luchar ciertas batallas.

A mis 41 años nunca entenderé a esos padres que echan de la casa a sus propios hijos por ser gay o trans, y me duele mucho escuchar los casos de suicidios de niños pequeños por esta causa ¡Es terrible!.

No es fácil ser padres de un niño transgénero, pero no por el niño, sino por la sociedad.

Amor, comunicación y más amor… Es todo lo que necesitan ellos, igual que cualquier otro niño.

 

 

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