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Mi propia historia

Maricarmen Cervelli N. / Directora de Asuntos de Mujeres / Colombia

Soy periodista, esposa y mamá. Decidí transformar mi oficio de investigar, editar, hacer programas de radio y perseguir noticias, para contar mis propias historias y apoyar a otras mamás con angustias y depresión postparto. Defiendo el derecho de las mujeres a decidir el rumbo de sus vidas, y aunque me gustan algunos cuentos de hadas, prefiero las historias reales.

Voy a criar a mi hija para que sepa vivir sin mí

Voy a criar a mi hija para que sepa vivir sin mí

Voy a criar a mi hija para que sepa vivir sin mí

Mi mamá me enseñó que todos somos iguales, que hay que tratar a todas las personas igual, que hay que saludar siempre y que hay que ser buena persona…

No leía un libro de crianza para enseñarme eso y no usaba redes sociales ni Internet; así que lo que me inculcaba salía de sus creencias, de sus convicciones como ser humano y sobre todo, de su sentido común.

En mi casa siempre había comida para todos, para los propios y extraños; aprendimos a tenderle la mano al otro, a ser solidarios y a pensar en los demás: yo compartía mi desayuno en el colegio o invitaba a mis amigos a mi casa a comer pasta y a aprender matemáticas conmigo.

Mi mamá también me enseñó a valorar las cosas que tenía, a ganármelas, a verle el valor al trabajo y al estudio, a esforzarme por llegar lejos y a ser responsable por las decisiones que tomaba desde mi adolescencia.

Recuerdo que si mi hermano y yo hacíamos algo indebido, “nos daba por donde más nos dolía”. Un día, mi hermano llegó con un boletín de notas fatal, y estaba a punto de irse a jugar a un Campeonato Nacional de Beisbol; pero ella no lo dejó ir (creo que fue la última vez que mi hermano salió mal en el colegio).

Cuando tenía 17 años, me fui a estudiar a otra ciudad (mis papás me dejaron ir sin problema); pero un día llamé a mi mamá porque quería tirar la toalla, y ella me dijo que yo había decidido ese camino y que lo asumiera. Eso me bastó para continuar, y me enseñó a cambiar las cosas que no me gustaban por otras más agradables, para que el recorrido no fuera tan tortuoso. No lo fue y le agradezco a ellos y a la vida dejarme ir a pesar de los peligros y los riesgos de vivir sola.

Y aprendí a defenderme… ¡Fue lo máximo!

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También me enseñó que no podía tener todo lo que quería cuando lo quería y si había que celebrar algo, lo hacíamos con un helado grande lleno de sabores, crema y colores. Mi hermano y yo no necesitábamos más nada, porque el helado era más que suficiente. Nunca tuvimos demasiados juguetes y creo que no los necesitábamos tanto, por eso, cuando nos regalaban algo, siempre mantuvimos la capacidad de asombro y alegría, y no nos aburríamos con facilidad.

Y ella solo confiaba en su instinto y en la idea que tenía de cómo criar buenas personas. Ella me dejó ser, me dejó ensuciarme, me dejó decidir, me dejó equivocarme y me dejó arriesgarme. Aunque era estricta y siempre estaba ahí para cuidarme, no la recuerdo encima de mí todo el día, haciendo las cosas por mí o cuidándome cada paso que daba.

Ahora que soy mamá, sé que algunas veces abandono mi instinto, y cada vez que tengo un “problema” con mi hija, busco la solución en un libro o en lo que hacen otras personas. Así, he consultado el manual de las pataletas, el del apego, el de la disciplina positiva, cómo enseñarle a compartir, cómo poner límites o cómo aplicar el lenguaje del amor.

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Y aunque eso me ha ayudado de muchas formas, algunas veces (por no decir todas), me he desconectado de mis propios valores y creencias. Y entonces me pregunto: cuánto de lo que mi mamá me enseñó y funcionó, y cuánto de lo que soy, puedo rescatar para conectarme y criar a mi hija lo mejor que puedo; así, desde el corazón.

A veces, me hago ciertas preguntas…

¿Los estamos criando con demasiada permisividad? ¿Les estamos dando demasiados gustos sin necesidad? ¿Los estamos criando obviando “detallitos” que a la larga serán perjudiciales para sus vidas? ¿Los criamos con paranoia? ¿Dejamos que nuestros hijos asuman las consecuencias de sus actos? ¿Los criamos para que no sufran por nada ni para que nadie los joda? No sé…

No quiero ser una mamá helicóptero, no quiero ser la sombra de mi hija (no es mi estilo, no me gusta) no quiero cuidarle cada paso, hacerme cargo de todo lo que hace (lo bueno y lo malo), no quiero hacerle las tareas, ni decidir por ella. No quiero llenarla de miles de regalos y juguetes, porque quiero que los desee y se emocione cuando los tenga.

No quiero evitarle el dolor cuando el dolor es inevitable.

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Mi gran certeza es que para llegar lejos, para lograr cosas importantes, para generar cosas buenas y sostenibles, hay que trabajar y esforzarse mucho. Por eso también me pregunto ¿Por qué debo hacerle las cosas tan fáciles? ¿Por qué no la invito a esforzarse también, a conocer el valor de trabajar duro? ¿Por qué debería hacerle todo? ¿Por qué no enseñarle desde ya el valor de las cosas, de la gente, de los animales, de las flores, de la ciudad…? ¿Por qué debo salir a defenderla si hace algo indebido? ¿Por qué no dejo que asuma que si rompió su juguete, se queda sin juguetes; o si le grita a alguien, ese alguien no le va a querer hablar? ¿Acaso así no sucede con los adultos? ¿Por qué no la enseño a asumir que sus papás no van a estar ahí todo el tiempo cuando la embarre?

¿Por qué pensamos que todo lo que hagamos o dejamos de hacer los traumatizarán?

¿Por qué no dejar que pruebe y toque las cosas bajo mi ojo invisible? ¿Por qué no dejarla que se empantane, se ensucie, se caiga? ¿Por qué, en vez de estar ahí siempre para hacerle las cosas, para evitarle el peligro, para quitarle los obstáculos, no estoy para amarla, ayudarla, conocerla y guiarla? Lo último me gusta más…

¿Por qué mejor no camino con ella al lado en vez de hacerlo delante?

Yo voto por dejarla ser, porque descubra este mundo, que no todo el tiempo es amable con uno.

¡La vida es un camino empedrado! Está llena de gente buena y mala, de aventuras y peligros, de amor y desamor, del tipo que te quiere y del tipo que te deja (o del que no voltea a mirarte), está llena de cosas inesperadas y te demuestra algunas veces, que las cosas no son siempre como las soñaste o que no suceden como querías ¿Por qué no voy a dejar que ella se entere de eso? ¿Por qué voy a evitar que llore? ¡La gente llora! ¡La gente se molesta!

No se trata de que haga lo que le da la gana, se trata de dejar que se tropiece de vez en cuando, de enseñarla a disculparse o de retractarse cuando se equivocó. Yo no quiero resolverle la vida, yo quiero que ella vaya aprendiendo, conmigo al lado, con qué se come esto.

No necesito una teoría para enseñarle que hay que respetar a los demás, que todos somos iguales, que hay que confiar, que a todos se les saluda, que no va a tener lo que quiere cuando lo quiere y que las cosas ¡se ganan!, que hay que esforzarse, perseverar, volverlo a intentar; que se vale llorar y ponerse bravo, que también se vale reír…

No sé si estoy equivocada (Siempre pienso que lo estoy o que otras mamás lo hacen mucho mejor que yo), pero no voy a criar a una hija que no sepa vivir sin mí mañana, que no soporte que la dejen, que no pueda con su primer desacierto; no voy a criar a una hija que no dé las gracias, que no sea capaz de levantarse a llevar su plato a la cocina cuando termine de comer o que trate mal a la señora que nos ayuda en casa; no voy a criar a una hija que no sepa que esta es la vida y este es el mundo al cual vino a vivir….

Que mamá estará ahí, que la amará toda la vida con una locura loca, que se lo demostrará de mil formas, que le tenderá la mano si lo necesita, pero que la dejará ser y la enseñará a ser responsable de sus actos y decisiones… No le sacará las patas del barro

Por eso, prefiero escuchar un poco más mi corazón…

Y tú… ¿Estás escuchando el tuyo?

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