El test de placer
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Daniela Truzman / Periodista / Panamá

Periodista de oficio, escritora de vocación. Millennial y fanática de la cultura pop.

Si se me va el tren, no se preocupen… Yo llego en avión

Si se me va el tren, no se preocupen… Yo llego en avión

Si se me va el tren, no se preocupen… Yo llego en avión

La presión que le ponemos a los 30 años es un poco bochornosa.

A raíz de estos artículos, he conversado sobre el tema con mis amigas y hasta con algunas lectoras (me encanta hablar con ustedes, ¡qué vivan las redes sociales!), y sé que no estoy sola.

Muchas tenemos en común el tema del sobrepeso y la búsqueda de un buen motivo que nos impulse a mejorar nuestra apariencia y salud. Otras también coinciden conmigo en querer aprovechar la entrada de los 30 para tomar decisiones aguerridas, que van desde cambiar de empleo, hasta probar un corte de pelo radical.

Hay algunas con las que he conversado largo y tendido por privado porque se encuentran decepcionadas de sí mismas. “Es que a esta edad se supone que ya yo iría por el segundo niño y no tengo ni novio”, me escribió una. “Daniela, qué chévere que te estés poniendo las pilas, porque si se te va el tren como a mí ya no hay manera de rebajar”, me dijo derrotada una señora.

Son cosas tontas que nos vamos repitiendo y que de tanto hacerlo, acabamos por convertirlas en una verdad para nosotras. Yo también he sido víctima de este tipo de ideas. Me pasó al darme cuenta de que tengo la misma edad que tenía mi mamá cuando nací. Con 29 años recién cumplidos, ella ya tenía una hija ¡y yo ni siquiera sé cómo evitar que se me seque la matica de cilantro que tengo en la terraza! O sea, siento que en este momento, no tengo capacidad de cuidar de nadie.

Una parte de mí sintió que había fallado. ¿Pero fallado en qué o a quién? A mi mamá claramente no era, porque jamás me ha presionado para que la haga abuela. ¿A mí misma, será? Pero, ¡si yo todavía no quiero ser madre!

Y no es que no me gusten los niños, de hecho me encantan. Vivo en la misma ciudad que dos de mis primas, por lo que puedo ver con frecuencia a tres de mis “sobrinos” (los llamo así, porque acordé con sus mamás que sería una tía honoraría y no una aburrida prima segunda). Amo consentirlos y jugar con ellos, incluso, he ayudado un par de veces a sacudir mocos. Me gustan que me reconozcan y que se emocionen cuando me ven. Es más, aquí entre nos, les confieso que la primera vez que escuché a una llamarme por mi nombre, el corazón se me derritió por completo. Si así me pongo por un “Dani”, el día que tenga uno que me diga” mami” me voy a morir de amor.

Ahora que lo pienso, no subo tantas fotos de ellos a las redes, porque los comentarios de “¿Y para cuando el tuyo?” y los simpáticos: “Seguro que ésta le está enviando una indirecta para el novio” me tienen fastidiada.

¡Bingo! Es a la sociedad a la que “le estoy fallando”; también, a todas las preguntas metiches y a todos los manuales del “deber ser” que hemos escrito para otras mujeres. Hasta aquí me duró el malestar. Yo no quiero #QueLos30MeAgarrenBuena para complacer a nadie. ¡Yo lo que quiero es estar feliz conmigo! Y si mi plenitud en este momento no incluye un hijo, no pasa nada; el que quiera verme con un bebé en los brazos, que se embarace y lo traiga al mundo; yo con gusto se lo cuido un rato y le leo un cuento.

Estoy contenta con mi rol de tía, con encargarme de la diversión y dejarle la labor alimenticia y de los pañales a los padres. Lo compruebo cada vez que lloran, porque siento que se me encogen las trompas de Falopio y dilato otro año más la idea de la maternidad.

Ya habrá tiempo para la ser la mamá de alguien, pienso yo, pero por si las dudas, me fui al ginecólogo.

¿Hay un momento ideal para ser mamá?

 

¡Este bebé no es mío! Sólo viene a leerle un cuento.

– Daniela, estás más pesada que el año pasado, ¿qué te pasó?

– A ver, sí estoy más pesada que el año pasado, doctor, pero menos que hace unos meses, se lo juro. Hasta comencé a hacer ejercicio, tres veces por semana, como me dijo la última vez que vine, ¿le muestro una foto de mi cumpleaños?, estaba redondita.

– No hace falta, te creo, pero, ¿y la alimentación?, porque el metabolismo se va poniendo lento. Te puedo recomendar a un nutricionista…

– No hace falta, doctor, yo he ido a muchos; lo que necesitaba eran las ganas de cambiar los hábitos y ya las conseguí.

– Si es así, no hay problema. Tienes que tomarte en serio tu salud.

El examen prosiguió como de costumbre. Con lo avanzada que está la ciencia, siempre me ha sorprendido que nadie haya creado un mecanismo menos incómodo para que la revisen a una, pero pasan los años y ahí seguimos, abiertas de par en par y con los pies en los estribos.

– Todo se ve normal. Este es tu ovario derecho, aquí está tu útero…

– Qué bueno. Ehm, doctor, ya que estoy aquí, ¿le puedo hacer una pregunta?

El doctor continuaba con el examen, así que básicamente yo estaba mirando al techo y él estaba, pues, viéndome por dentro.

– Sí, claro.

– Es que he estado pensando en que este año voy a cumplir 30 años…

– Puja, por favor… Ajá, continúa, te estoy escuchando.

– ¿Yo tengo que ser madre ya?

El doctor sacó su cabeza de donde la tenía para mirarme a los ojos.

– Bueno, si quieres ser madre ya, podemos conversar sobre dejar las pastillas… Recuérdame algo, ¿tú tienes novio, estás casada?

-Sí tengo novio, doctor, pero no. Yo no quiero ser madre ahorita.

La enfermera, que también estaba en el consultorio, se metió en la conversación.

-Y entonces, ¿quién la está obligando a ser madre?

-Nadie, es que siempre escucho que el tiempo se me está pasando, que tengo que ser mamá pronto, porque luego voy a estar cansada y que no voy a disfrutar de los niños, qué cómo es eso que mi novio y yo tenemos 10 años juntos y no hay bebé todavía y…

-Y eso no es problema de nadie, hija –me interrumpió la enfermera- acercando una silla y sentándose a mi lado con total descaro.

-A ver te lo tengo que decir –se apresuró el médico- el pico de fertilidad de la mujer está entre los 20 y los 25 años de edad, y hasta los 30 se va reduciendo, pero muy poquito. A los 35 hay, digamos, un punto de inflexión, porque tus óvulos van envejeciendo y bueno, les costará un poco más ser fertilizados.

Mi cara debió ser un poema porque remató:

Pero, no puedes embarazarte solo porque te estás acercando a los 30, la edad natural de la mujer para ser madre termina entre los 41 y 44 años. Como médico, sí te digo que no sería lo ideal que esperaras tanto, porque se trataría de un embarazo de alto riesgo; pero tampoco es ideal que haya niñas de 18 criando bebés, y ya ves que eso también pasa.

A estas alturas ya yo estaba sentada de piernas cruzadas escuchando atentamente, solo necesitábamos un café.

– Es que es eso doctor, yo siento que me faltan cosas por cumplir para realizarme como individuo antes de hacerme responsable de la vida de otra persona. No quiero ser madre y reprocharle inconscientemente a mi hijo que dejé de cumplir metas por él ¡o peor! Obligarle a que haga las cosas que a mí me faltaron. ¿Se imagina?

-¿Y tu novio piensa igual?, porque a veces los hombres nos presionan porque quieren ser padres -dijo la enfermera dirigiéndole una mirada inquisidora al doctor.

-Sí, igual- respondí.

-Entonces manda a la sociedad por un tubo -dijo el médico, que obviamente había dado por terminado hace rato el examen/tertulia, mientras botaba los guantes-. Si cuando quieras ser madre, te llega a costar quedar en estado, hablaremos en ese momento de tratamientos. Oye, me agarraste desprevenido. Cuando dijiste que ibas a cumplir 30 años, pensé que ibas a preguntarme por el colágeno.

-¿Qué hay con el colágeno, doctor?- Le pregunté.

-Bueno, que las mujeres comienzan a dejar de producirlo a partir de los 25 años.

-¿Cómo? – me sorprendí-  Olvídese del nutricionista, si sabe de un buen dermatólogo, soy toda oídos.

Lee el capítulo II de #QueLos30MeAgarrenBuena: Sí, tengo 30 años y los viviré a mi manera

Foto por: Cristian Newman en Unsplash

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