El test de placer
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Briamel González Zambrano / Periodista / España

Bri por Brígido (mi padre), A por Ada (mi madre) y Mel por Melvin y Melba (mis hermanos). Soy de Puerto Ordaz, Venezuela, así que no me resisto a bailar un calipso en donde me lo pongan. Por crecer junto al Caroní y el Orinoco es que me gustan los ríos y la fuerza del agua. Deliro por el chocolate. Estudié y ejercí el periodismo en Caracas, en toda su extensión. Desde Petare hasta La Pastora.
Vivo en Madrid desde 2009. En 2013 empecé el blog "La Rorra en el teclado", donde hablo de la migración venezolana en España. Nunca me gustaron las manualidades y no sé hacer casi ninguna tarea del hogar. Mis manos son para escribir y para dar cariño.

Somos iguales, pero que pague él

Somos iguales, pero que pague él

Somos iguales, pero que pague él

Cuando venía a España de vacaciones y escuchaba a mis amigas quejarse un poco de sus novios españoles, yo les decía medio en broma, medio en serio: “¡Cuánto daño nos han hecho las feministas con su fastidioso temita de la igualdad! ¡Estos tipos no les abren la puerta del coche, no les mueven la silla en un restaurante y encima hay que pagar la cuenta a medias. No hagan ni el amago de sacar la billetera!”.

Sabía que estaba exagerando y que además era una generalización. Nos carcajeábamos un poco.

Pasados casi diez años de aquellas conversaciones etílicas, miro para atrás y pienso cómo ha cambiado nuestro pensamiento en el grupo de amigas. Todas llevamos relaciones bastante igualitarias en el tema financiero. Yo pago lo mío, tú pagas lo tuyo y los dos pagamos lo que nos es común. Desde luego, es una regla flexible y se puede modificar, alguien puede pagar el regalo o el capricho de otro, o una escapada, pero funciona más o menos así.

Porque claro, si los dos en la pareja trabajan, ganan salarios más o menos similares, ¿Por qué el tipo tiene que pagar más cosas y las más caras?

Otra tema es que los sueldos sean muy disímiles o que uno de los dos no trabaje; pero en condiciones iguales ¿Por qué hacer que el hombre pague SIEMPRE cenas, comidas, gasolinas, cine, teatro, viajes? ¿Cuál es el argumento? ¿Acaso el amor cortés de la Edad Media? ¿El amor romántico según el cual somos princesas que seremos rescatadas por un príncipe en su carruaje? ¿De verdad?

Dejo la pregunta abierta porque soy consciente de que en Latinoamérica funciona todavía esa consigna de que si sales con un tipo, un ligue, un tinieblo, un jevito, un pretendiente, pues que lo pague él todoooo.

Digamos que la razón es porque sí, porque le toca, porque es lo que corresponde y no se hable más. Y casi es de mala educación que la chica plantee pagarse aunque sea su propio refresco. Y claro, con el paso del tiempo cada quien ve cómo se lo plantea. Si sigue así, paga una parte o llega a acuerdos. “Yo pago las entradas y tu las palomitas”, por decir una tontería.

En estos tiempos de debates igualitarios, reivindicación de derechos y demás, me ha venido este tema a la cabeza. ¿Se sigue valiendo reclamar que seamos iguales en salarios, en cargos, querer romper el techo de cristal en los trabajos, pero luego nos vamos a cenar y que él lo pague todo?

Alguien me podría contestar (como alguna vez he oído): “Pero es que yo no pedí nada de eso. Ni igualdad, ni el mismo salario, ni siquiera pedí el derecho a trabajar. Algunas estamos muy contentas en la casa, con los deberes del hogar”.

Otras me podrían decir: “Trabajo mucho en mi oficina y en casa me encargo de todo, los niños, el orden, la limpieza, pues por lo menos que tenga el detalle de pagar si salimos a cenar, ¿no?”.

Todo es válido. Yo solo sigo viendo brechas, no siempre insalvables, de un lado y de otro. ¿Ustedes?

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No dejes de leer el blog de Briamel: “La RorRa en el teclado”

Foto: Jay Wennington en Unsplash

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