El test de placer
Entrevistas
Historias

Lectora y escritora / España

Periodista de formación aunque no de vocación. Confundí el amor por las letras con una profesión marcada por las prisas y la ingratitud. Tengo una afición, desde niña, que es escribir. La abandoné durante mucho tiempo, hasta que el año pasado decidí por fin retomarla. Para obligarme a no volver a meterla en el cajón del olvido, creé un blog, mi pequeño bebé, www.raqueltello.com, donde escribo sobre mujeres, de nuestra realidad, vistas desde nuestro prisma. Hay una gran cantidad de mujeres que nunca han leído, y que están dispuestas a devorar historias que conecten con nuestro universo, sobre todo en lo que tiene que ver con las relaciones de pareja.

ÚLTIMO CAPÍTULO: ADIÓS, PRÍNCIPE ENCANTADOR

ÚLTIMO CAPÍTULO: ADIÓS, PRÍNCIPE ENCANTADOR

ÚLTIMO CAPÍTULO: ADIÓS, PRÍNCIPE ENCANTADOR

Resumen del capítulo anterior: a Mariángeles le va cambiando el carácter a medida que se va acercando la hora de la despedida y es incapaz de gestionar su mal genio y sus salidas de tono con Rodrigo.

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No miento si digo que aquellas horas sin él fueron las peores que había vivido en mis treinta años. Después de leer su nota en la que me avisaba que estaría fuera ultimando algunas gestiones antes de marcharse, me levanté de la cama y acto seguido, comencé a llorar. Pero no como una Magdalena, no. Todas las cataratas del mundo hacían cola dentro de mi cuerpo para salir a raudales por mis ojos. No podía parar.

Verónica se despertó una media hora después que yo y me encontró en el salón, en pijama, con el pelo revuelto, una taza de tila en la mano y el corazón hecho pedazo a mis pies. Se sentó a mi lado, abrazándome, intentando consolarme sin decir palabra, ofreciendo lo único que en este caso podía ofrecer: su cariño más sincero.

Intentó que comiera algo, pero el estómago se me había cerrado. Consiguió que me diera una ducha, eso sí, pero en ningún caso cesó la llorera. No había palabras de aliento, nada que pudiera decir me haría sentir menos dolor, nada que pudiera amortiguar la desazón que sentía por haber vuelto a perder la partida.

Sólo repetía “ni una vez más, amiga, ni una vez más” como una letanía, mientras veía a Vero agachar la cabeza y asentir con cierta culpabilidad por haberse ilusionado con esta historia tanto como yo.

A eso de las cinco y media sonó el porterillo. Me puse rápidamente unos vaqueros y bajé a la calle con mis gafas de sol colocadas, sin querer que Rodrigo supiera hasta qué punto me hacía daño su partida. Hasta en los momentos más complicados una tiene que sacar su poquito de dignidad.

Rodrigo me esperaba dentro de un taxi, y nos fuimos en dirección al aeropuerto. Sí, fui a acompañarlo, aunque era lo que menos me pedía el cuerpo, pero como la pedazo de mujer que era, me dispuse a rematar el último escalón de mi mayor fracaso sentimental con la cabeza bien alta. Los trámites de facturación a su lado fueron una tortura, por Dios, ¡sentía que estaba siendo conducida al matadero!

En la cafetería del aeropuerto, por primera vez, afronté su mirada. Me tomó de la mano y me dijo:

–Sé que esto es difícil para ti, mi vida, para mí no lo es menos. Pero tengo que irme –yo me mordí los labios. Sentía el corazón a punto de reventar–. Te conocí tarde, Mariángeles, pero no me arrepiento. Eres una mujer impresionante y estoy seguro de que no conoceré a otra igual. Pero en Barcelona ya te he dicho que no encuentro mi camino profesional y necesito encontrarlo, me falta esa parte de mí, y si me quedara ahora, sé que no sería feliz.

Sentía un estrangulamiento en el pecho cuando lo escuchaba hablar de esa forma, pero la verdad era que su discurso era coherente y no tenía derecho a pedirle que lo dejara todo por mí. Estaba claro que para él, yo no había sido suficiente.

–Tengo que decidir cómo quiero ganarme la vida –continuaba él– ver qué oportunidades encuentro a mi vuelta, hablar con mis padres, que me aconsejen…

Empezaba a hartarme de que me dejara al margen de su discurso, ¡yo no era su amiga, leches! Pero entonces lo soltó:

–Espero tenerlo todo solucionado en un par de semanas, como mucho un mes. Y entonces volveré a por ti.

–¿Qué has dicho?

–Que volveré a por ti, cariño.

No pude contener las lágrimas. Me avergonzaba llorar delante de él, pero no podía evitarlo. Escondí mi cabeza entre mis manos y dejé salir los manantiales que llevaba conteniendo durante las dos últimas horas.

–Mariángeles, ¿creías que esto era una despedida para siempre?

–¿Y qué querías que pensara, idiota? –le respondí entre hipidos–. No me habías dicho nada antes, ¿desde cuándo soy adivina?

Él parecía aliviado. Supongo que mi comportamiento de los dos últimos días debía de haberle parecido un tanto exagerado para tratarse de una separación temporal.

–Pero mi amor, creía que estaba claro –me decía secándome las lágrimas con el dorso de la mano–, ¿cómo voy a dejarte escapar? ¿Para que venga otro más listo que yo y te enamore?

Me sacó una sonrisa que desde hacía días no veía.

–Ya veremos cómo lo hacemos, ya veré qué me encuentro a la vuelta, si las oportunidades están aquí o allí, en cualquier caso, sea como sea, quiero que estés a mi lado –esperó un tiempo prudencial antes de preguntar–, ¿me esperarás?

Sólo pude asentir con la cabeza, mientras él se levantaba de su silla y se acercaba a la mía, agachándose a mi lado para abrazarme. Yo hundí mi cabeza en su pecho, dejándome querer por mi Príncipe, que me acariciaba el pelo y me besaba en la cabeza sin parar.

–¿Te vendrías a Nicaragua si yo te lo pidiera? –me preguntó.

Con mis labios rozándole su cuello le respondí:

–Si tú me lo pidieras, me iría a la luna.

Pasamos así entrelazados, sin hablar apenas, hasta que llamaron para embarcar. Rodrigo se quedó conmigo hasta el final, hasta que la auxiliar de vuelo le indicó que no podían esperar más.

Lo vi desaparecer por el pasillo y me encaminé a casa triste y feliz al mismo tiempo. Cuando me monté en el tren, saqué mi móvil y allí tenía un audio suyo de hacía unos minutos.

“Te quiero, mi niña, te quiero, te quiero, te quiero. Quiero que sepas que estoy completamente enamorado de ti”.

Supongo que para la gente que viajaba en mi vagón, debí de parecer una tarada, porque lo escuché unas trescientas veces seguidas, con una sonrisa boba en la cara.

FIN

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