Así fue el primer año después de la muerte de mi bebé

La mamá de Matías da un balance sobre el primer año sin su bebé

Pocas preguntas han generado tanto estrés y angustia en toda mi vida como esta: “¿Tienes hijos?”.

Esa pregunta puede tener el efecto de una aguja atravesando un globo que, cuando estalla, saltan miles de emociones. Mi capacidad de formular una respuesta, después de que murió mi hijo, Matías Sebastián, ha pasado por tantas fases evolutivas como mi propio proceso de transformación en estos catorce meses sin él.

La primera vez que alguien me preguntó si tenía hijos, después de su muerte, fue una doctora del Instituto del Seguro Social. No recuerdo su cara, ni su nombre, pero sí la agudeza de su interrogatorio médico.

Tres meses después de perder a Matías, fui operada de emergencia para una extracción de vesícula y, como para ese momento acababa de reincorporarme a mi puesto de trabajo, me vi obligada a pedir un reposo en el Seguro Social; de esa forma podría recuperarme unos días más en casa.

Esperé afuera del consultorio en donde también aguardaban otros pacientes, entre ellos una mamá con su bebé recién nacido; mientras tanto yo estaba ahí, apenas respirando, apenas sobreviviendo. Finalmente tocó mi turno, ahí la doctora comenzó el interrogatorio de rutina.

Pero cuando llegó la pregunta de “¿Tienes hijos?”, rompí a llorar intensamente. No podía parar. No pude parar sino hasta después de un buen rato.

El llanto era una mezcla de impotencia y rabia por tal crueldad del destino, agudizado por el dolor físico de la operación, junto a una poderosa percepción que dominaba mis pensamientos atormentándome día a día: el mundo se me estaba cayendo encima, todo lo malo me está pasando a mí, y no hay nada que pueda hacer para reparar la catástrofe, para que todo fuera como antes de recibir la peor noticia de mi vida: el corazón de Matías se detuvo en una muy mala hora, sin saber cómo, cuándo, ni porqué.

Cuando recuperé la capacidad de articular palabras, le dije a la doctora que no tenía hijo, porque mi hijo había muerto dentro de mí hacía tres meses. Con un duelo tan reciente, una herida tan grande abierta, mi respuesta, pese a todo el llanto y desespero fue clara. “No tengo hijo”.

Pero eso no es cierto; ahora lo puedo ver con la claridad que en aquel momento no tenía.

Por eso digo: nunca una pregunta había causado tanto conflicto en mí. Es una pregunta que retó mi propia capacidad de reconocer mi maternidad, una maternidad que rompe dramáticamente con la definición más popular, convencional y difundida en nuestras sociedades, pero, aun así, sigue siendo maternidad; una maternidad de brazos vacíos.

Y no tengo dudas de esto: la capacidad de autovalidación que tengo hoy en día no es la misma que tenía un año atrás.

En este año, he pasado por la fase de mejor decir “sí”, sintiendo el dolor de explicar su cruel ausencia. He pasado por la fase de mejor decir “no”, sintiendo el dolor de negar su vida, pero a la vez tener la ilusión de “tranquilidad” al no tener que exponerme a dar la explicación, sobre todo cuando el contexto es ajeno, extraño, y no es necesariamente el más cómodo para abrirme a mostrar mis heridas. También he pasado por la fase de “mejor me aíslo” para que nadie me vea, ni me pregunte”.

Un año después todo se siente distinto.

Reconocer que sigo siendo la mamá de mi bebé ha sido de las más grandes lecciones que he aprendido en este primer año de su muerte. Parece una obviedad, pero no lo es.

No lo es porque, cuando muere un bebé durante el embarazo, las mamás y papás comenzamos a experimentar las etapas de un duelo muchas veces negado, no reconocido y no validado, en el que las personas simplemente prefieren ignorar a ese bebé que no llegaron a conocer, y el dolor que su ausencia deja en el corazón de padres, abuelos, tíos, primos.

Esperan que una “pase la página”, que “no me quede pegada en el tema”, que me consuele el hecho de “no haberlo tenido en brazos para no encariñarme más”, comentarios que lejos de ayudar, agravan el dolor.

 

Ileana García creó @lamamadematiass gracias a su hijo que murió antes de nacer

Pero este año he aprendido a ser la mamá de Matías, aunque Matías no esté

A partir del primer momento en que vi ese positivo en esa prueba de embarazo, me sentí la mamá de mi hijo, porque cambiaron todos mis pensamientos, mi perspectiva del futuro, mis prioridades y mis propios hábitos. Empecé a comportarme como lo hace cualquier mamá.

Abandoné mi café mañanero, vigilé con cuidado mi alimentación, compré vitaminas, me tomé todos los medicamentos que me mandaron, dejé las cervecitas y el vinito. Mi cuerpo se preparó para darle un refugio. Lo imaginé, lo pensé. Lo soñé y supe que era varón. Le canté, le hablé. Cuidé de él; lo protegí de todo lo que pude, hasta donde pude, hasta cuando pude. Todo eso me hizo su mamá.

Aunque no haya podido calmar su llanto, cargarlo, cambiarle la ropa, cantarle y hacer todas las cosas que quería, en su ausencia también he cumplido ese rol.

Mi hijo, además, me hizo ser madre de un proyecto que he sacado adelante utilizando mi propia vulnerabilidad como un arma para construir algo útil y productivo. La vulnerabilidad de ser la madre que pierde un hijo también me dio la valentía para crear una cuenta de Instagram dedicada al duelo gestacional y perinatal, inspirada en él, así como también en muchas otras mamás que lo han hecho.

Hoy, la cuenta de Instagram @LaMamadeMatíass reúne una comunidad de mamás en duelo por la pérdida de un bebé durante el embarazo, convirtiéndose en una red de apoyo para salir adelante probablemente en el momento más difícil para una mujer que quiere ser madre.

Para mí esa cuenta de Instagram, y todos los proyectos que surjan alrededor, son frutos de mi maternidad que, aunque me mostró el dolor, también me mostró una razón para reconciliarme con la vida, un nuevo propósito para un corazón en proceso de reconstrucción.

Estos proyectos son resultado de una conexión cómplice que he podido desarrollar con Matías; hoy le agradezco que me haya mostrado un camino para recuperar mi bienestar, y me agradezco a mí misma haberme dado la oportunidad de conectar con mi intuición de mamá para atreverme a explorar ese rumbo. Porque luego de haber sentido las espinas, puedo ver las flores.

Hoy, a un poco más de un año de su muerte, de lidiar con cientos de emociones, situaciones extremas y complejas, de haber podido integrar a Matías a mi vida, normalizar su ausencia y presencia, enfrentarme a mi propia capacidad de reconocer mi maternidad para amarla, mi respuesta a aquella pregunta incómoda es más fluida, natural, con más amor que dolor: sí, tengo un hijo, está en el cielo, y me cambió la vida.

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Fotos: Ileana García.