Así son los meses después de mi divorcio

Y ahí estaba yo, acostada probando un montón de colchones mirando al techo, mientras los vendedores me hablaban de los beneficios de la que sería mi nueva cama.

En ese instante solo se cruzaba por mi mente todo lo que se me venía encima, porque ojalá en los blogs donde te dicen cómo superar una tusa (despecho) o cómo separarte por siempre de tú “Diego Rivera”, te dijeran también cómo prepararte económicamente para un divorcio.

Si te lo dijeran, nunca tomarías la decisión y te quedarías en esa zona que llaman “confort”.

Pero yo sabía que tenía que hacerlo, que el momento había llegado y que si “me diera el agua al cuello”, tenía que patalear para salir de ese océano de tormento que me tenía completamente ahogada.

Estaba en un punto donde había entendido que las verdades no se saben, se sienten. Hasta que llegó la gota que rebosó el vaso y entendí que era mi momento, el momento de hacer algo por mí, de llevar mi alma a un lugar donde la tranquilidad se volviera a conectar con mi felicidad, esa felicidad que se había apagado.

Aún me cuesta perdonarme a mí misma por haber dejado pasar tantas cosas que enterraron mi felicidad, pero algo muy dentro de mí me decía que tenía una pala y podía quitarme poco a poco todos los escombros de encima.

Luego de probar muchos colchones, me enfrenté a la realidad de mi bolsillo y me derrumbé por completo. Miré mi cuenta bancaria y lo que tenía presupuestado no era suficiente, tenía claro que no quería endeudarme, así que la tarjeta de crédito no era una opción.

Decidí comprar un colchón inflable en mega promoción, el cual fue mi salvación por unos meses.

Llegué a la que todavía era mi casa. Él dormía en la habitación principal y yo en mi estudio; inflé el colchón y fue como si inflara mi ego, porque lo necesitaba; mi ego había estado aplastado y sabía que debía rescatar mi dignidad y mantener la frente en alto.

Así que esa primera noche agradecí lo que es dormir con tranquilidad y acostarme con esperanza, sabiendo que era el comienzo de mi nuevo momento, pero con la certeza de que enfrentaría mi realidad con las botas bien puestas.

Así pasaron días que para mí fueron eternos, mientras lograba conseguir mi nuevo hogar. En ese momento pensé que estaba sola, no quería poner a correr a nadie por las consecuencias de mis decisiones, sobre todo porque yo hacía ver que mi matrimonio era el ideal.

Tal vez no quería que juzgaran la manera en que mi castillo se había derrumbado y que el príncipe con el que estaba se había convertido en sapo. Pero es en esos momentos cuando la vida te muestra los seres tan preciosos que te rodean, familia y amigos verdaderos que me acompañaron y me demostraron que no estaba sola y que hicieron de todo para que mis lágrimas se transformen en sonrisas.

Dividir hasta el juego de vajilla se vuelve un dolor de cabeza

Siempre leí los consejos para finalizar un divorcio de la mejor manera, pero no pude aplicar ninguno. Luego de muchas conversaciones, ya había logrado empacar lo que me llevaría para arrancar mi nueva vida, pero había algo que tenía que dejar y era a mi perro Pepe, mi compañero fiel, el que estuvo conmigo durante las noches eternas mientras mi ex esposo estaba en otro lugar. Noches eternas pegadas al techo pidiendo al cielo que no le pasara nada malo, mientras tanto, entre alcohol y drogas, él pasaba noches felices de aparente placer pleno.

Les juro con mi vida que durante esas noches, Pepe no se despegaba de mí. Entre lengüetazos secaba mis lágrimas, era como si él sintiera mi angustia y dolor. Así fue como mi conexión con Pepe se volvió una cosa loca, la gente me juzgaba por querer a mi perro como mi hijo, y de hecho lo era, porque solo él y yo sabemos por todo lo que tuvimos que pasar en esos momentos tan difíciles.

Pepe presentía que se venía nuestra despedida. Me llevé a Lola, mi otra perrita, la hija de Pepe y llegó el día de mi última noche con él, lo abracé tan fuerte como fue posible y le agradecí con mi alma haber estado en mi vida.

Le dije lo mucho que lo amaba, lo agradecida que estaba con él por todas las cosas que en silencio me enseñó.

Desde que me fui de la casa, he tenido días muy duros. Realmente me costaba enfrentar mi separación. En estos días, Facebook me recordó que hace cinco años estaba celebrando mi compromiso. Era un post en el que una niña ingenua de 20 años, le gritaba al mundo entero la felicidad de casarse con el hombre que había idealizado como el amor de su vida.

El 27 de febrero de 2019, con lágrimas de felicidad, le agradecí al colchón inflable toda su ayuda y recibí con infinito agradecimiento a la que sería mi nueva cama soñada. Escuchando Fool that I am de Etta James (por favor escúchenla), escribí este texto, porque sé que no soy la única mujer que está pasando por esto.

Yo me casé con la certeza de estar con él hasta que la muerte nos separara, de estar con él en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad. Seis años después de haberlo conocido, estoy tranquila porque sé que lo di todo y que lo que nos separó fue el sinónimo de la muerte del alma, porque el dolor realmente mata todo.

Veía que los apegos a mis creencias distorsionaban las percepciones de mi realidad. Era mi apego el que me hacía soñar con un pasado que ya no existía y me estaba llevando a un futuro incierto.

Entendí que no tenía que esperar a verme al espejo con muchas arrugas en la cara y ver en mis ojos mi alma ahogada, entendí que el amor propio está por encima de cualquier cosa, porque es el que te permite saber con certeza que lo que te hace daño y lo que te opaca no puede estar en tu vida.

Sencillamente tienes el carácter para poner límites y decir NO, decirle NO a lo que te hiere el alma y encoge tu grandeza.

Aprendí que hay que vivir y dejar de sobrevivir, que tenía que dejar de proyectar el futuro a punta de ilusiones pasadas, que hoy puedo abrazar mi presente y lo acepto con todo el amor de mi universo.

He entendido poco a poco que la vida después del divorcio, me enseñó que sí es posible. Todo el dolor de ayer me hace ser más humana y por eso doy gracias por lo bueno y lo malo. Entendí que no son fracasos, son ilusiones que se reinventan; es el alma que trasciende y te lleva al lugar donde la tranquilidad, la alegría y el equilibrio se vuelven el pan de cada día. Son esas nuevas oportunidades las que elevan nuestra certeza y conciencia.

Y es ahí donde descubrimos la fortaleza infinita que nos hace de hierro. En ese instante sabemos que ya estamos listas para el siguiente nivel.

Foto: Lina Paola Mondragón.