Cinco cosas que aprendí al emigrar de Venezuela a Argentina

Emigrar de Venezuela a Argentina
Emigrar de Venezuela

Soy venezolana, hace cuatro meses decidí emigrar de Venezuela a Argentina y hoy quiero compartir contigo cinco cosas que he aprendido en este tiempo.

  1. Aprendí que al emigrar de Venezuela, no es lo mismo decir  “Me tocó empezar de cero”, que decir “Decidí empezar de nuevo”

Esta frase es muy común en personas que decidieron emigrar de Venezuela. Lo he escuchado muchas veces…

Ahora te pregunto:

¿Con qué te conectas cuando una persona te dice “me tocó empezar de cero”?  A mí en lo particular me conecta con la obligación, dificultad, tristeza, escasez, poco.

Cuando dices «Decidí empezar de nuevo», a mí me suena a expandir tu zona de confort, me conecta con la aventura, decisión, firmeza, transformación, cambio y diferencias.

Les confieso que estos pequeños cambios hacen para mí el camino más fácil, cada vez que puedo me repito tipo mantra: “Decidí empezar de nuevo”.

Con esta comparación te muestro lo sencillo y lo importante que es ser impecable con nuestras palabras, porque ellas transforman nuestro modo de ver la vida.

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  1. Aprendí que mis buenas ideas quizás no sean tan buenas ideas para las personas del país donde llegué, y eso está bien

 

A mí la verdad me encanta compartir ideas nuevas, por lo general, cuando se trata de hacer cosas nuevas, diferentes o cambiar las que no están funcionando; mi cabeza comienza a pensar en muchas opciones, al punto de que siento que es un estallido de cotufas, pochoclos o por corn de colores en mi cerebro.

Sin embargo, en esta nueva etapa de emigrante, me ha tocado aprender a hacer silencio, a comprender que mis ideas no todo el tiempo son apropiadas, que yo soy la huésped y que mis nuevos amigos de este país se van por lo tangible, lo que ellos ya conocen y que les brinda seguridad. Eso también está bien.

 

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  1. Aprendí a dejar «todo» donde está

Los venezolanos solemos ser “salidos”, preguntones, nos encanta ayudar aun cuando no nos piden ayuda. En Argentina las personas suelen ser amables y educadas, pero si algo me ha quedado claro, es que todo el mundo deja cada cosa donde está.

Mi primera lección fue cuando iba hacia una carnicería. Antes de entrar vi un cartel tirado en la acera, estaba justo en la entrada de la carnicería. Yo lo había leído y sabía que no era de allí. Solo quería preguntar dónde podía colocarlo. Apenas lo levanté y miré hacia la carnicería: todos me estaban viendo y gritaban al mismo tiempo ¡NO, NO! y hacían señas con sus manos.

Con el cartel en mano decidí acercarme para preguntarles dónde podía colocarlo y ni siquiera pude hablar, todos en coro me dijeron que eso no era de allí que lo dejara donde estaba.

Pregunté asombrada: ¿Lo vuelvo a poner en el suelo? Y me dijeron: ¡Sí!  y literal me devolví, lo medio acomodé en el suelo para que no estorbara “tanto” y entré un poco desconcertada a hacer mi compra.

Un chico de Cuba me preguntó si era venezolana. Asombrada le dije que sí y le pregunté cómo lo sabía. Me respondió: “Esos son gestos característicos de ustedes, así también somos nosotros los cubanos, pero ya verás que con el tiempo te adaptas a estas costumbres y comenzarás a dejar todo donde está”.

 

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  1. Aprendí que acá en Argentina es esencial ser directos y sinceros

No sé tú, pero si de algo me he dado cuenta es que las venezolanas, porque lo noto mucho más en las mujeres, solemos adornar lo que queremos decir.

Nos vamos por un lado, luego por el otro, le ponemos color, florecitas y en mi país resultaba bastante cool, porque la otra mujer (que puede ser tu amiga, mamá, compañera de trabajo), entendía el mensaje y no se tomaba personal el asunto.

Aquí van directo al grano. Sin filtro, sin adornos y confieso que eso me impactó al inicio. Aún no me acostumbro del todo, pero estoy preparada para no tomármelo personal, -o eso intento-.

 

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  1. Aprendí que compartir mate es un ritual con muchísimo significado

El mate es una infusión de hojas de yerba mate (Ilex paraguayensis), previamente secadas y molidas en un recipiente que lleva su mismo nombre. Su origen es guaraní, y es muy común en Argentina, Uruguay, Paraguay, sur de Brasil y algunas regiones de Chile.

Cuando me enteré y vi que su consumo puede ser personal o compartido, y que es de mala educación u ofensa para ellos limpiar la bombilla (elemento parecido a una pajilla o pitillo, generalmente de acero inoxidable) antes de tomar, mi primera impresión fue de disgusting o “asquito”.

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Pero cuando comprendí lo significativo que es para los argentinos esta costumbre, entendí que es símbolo de compartir. Para ellos el culto del mate significa acompañar, escuchar o incluso darte la bienvenida. Hacerte parte y, definitivamente, acortar distancias. Lo más increíble es que esta costumbre genera escenarios de felicidad.

Solo he tenido la oportunidad de estar en una ronda de mate, tenía apenas días en el país. El mate no me agradaba (y la verdad es que aún no me gusta), pero sentirme parte de ese grupo fue muy especial.

Yo era la nueva y la única venezolana. Esta fue la mejor forma de ofrecerme su amistad, era un día súper frío y, en efecto, tal como ellas me dijeron, mi cuerpo se calentó un poquito, me encantó la flexibilidad de ambas partes: en mi caso darme la oportunidad de probar unos cuantos sorbitos por gusto y no por compromiso, y en el de ellas comprender, sin ofenderse, que no es mi costumbre. De hecho una de ellas salió corriendo al rato a prepararme un café.

 

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Emigrar de Venezuela no es fácil y hay que entender que no podemos ir a imponer nuestras costumbres en un país que no es el nuestro. La lección es hacer un ejercicio constante de adaptación y luego, ir mostrando quiénes somos sin la necesidad de mostrar que somos mejores, porque no lo somos.

 

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