¿Cómo se cura un despecho, ah?

Esa es mi pregunta porque aún no tengo la respuesta. Verán, hace un año conocí en persona a alguien de quien me enamoré, aunque ya nos habíamos “conocido” gracias a las redes sociales.

De comunicarnos en el grupo pasamos a hacerlo por mensajes privados, hablando de todo y de nada, y compartiendo materiales y experiencias profesionales (pues somos colegas), hasta que un buen día del año pasado me dijo que se iba a venir a estudiar a mi ciudad.

¡Santo Dios! ¿Y ahora qué hago?- pensé.

Pues lo que cualquier mujer sensata (y loca) habría hecho: me inscribí en un curso en el mismo sitio, solo para conocerlo y no desaprovechar esa oportunidad que me estaba «enviando la vida».

Si bien es cierto que ya nos habíamos visto en fotos y que teníamos meses conversando, cuando yo vi a ese hombre en persona dije: Beatriz ¿en qué enredo te has metido, mujer? Alto, guapo, elegante, arrogante y maduro (pensaba yo). Cercana más a los 40 años que a los 15, me había enamorado como dice Ángeles Mastretta en su libro Mujeres de Ojos Grandes: «como una idiota».

Pues sí, estaba enamorada, estaba deslumbrada por ese tipo grandote; y hoy atesoro esas salidas porque las disfruté, los momentos en que estábamos solos y podíamos hablar de todo sin la presión de las clases y personas alrededor. Tuvimos momentos malos, por supuesto, chocamos en muchas cosas y terminábamos discutiendo por asuntos que ahora parecen tonterías, pero que daban una señal de las personalidades de ambos.

Un buen día de finales del año pasado, estábamos hablando en su carro, cuando al despedirme, se me ocurre la brillante idea de besarlo (esa era la única manera, porque él es muy alto y yo muy bajita).

Nunca olvidaré su cara de pánico, su cara de ¿Qué es esto Bea? ¿Qué te pasa? De sus ojos como platos cuando le decía ¿en serio no te has dado cuenta? ¡he sido bastante obvia!

Se preguntarán qué dijo de todo eso, y no lo sabrán ni ustedes ni yo porque nunca volvimos a hablar; nos vimos un par de veces más, hizo como si no me conociera, me bloqueó de todos lados y básicamente hace como si nunca me conoció.

Mi despecho fue horrible, espantoso y atroz (va y viene). A veces digo que lo superé y de repente escucho alguna canción en la radio, como: «Somebody I used to know» (¡te odio Gotye!) y se me alborota todo, siento que me quedé con cosas por decir, siento que tengo una rabia contenida que algún día explotará, porque por seis meses mi prioridad fue él y no merecía el trato que me dio.

Lloré, grité, hablé con amigas y amigos, actué como si no lo conocí nunca (en esa etapa estoy ahora); también pasé por mis etapas de odio a los hombres y demás clichés que todas hemos dicho alguna vez; aprendí lo sabroso y lo bonito de estar enamorado, aun siendo no correspondida.

Durante los días más oscuros del despecho, leí a Walter Riso, ¡Sí, a Walter Riso! y me ayudó saber que la del problema no era yo, que aun cuando di todo y no fue bien recibido, siempre debemos enamorarnos con todas las letras, nada a medias; el buen amor es un problema de calidad total, como el mismo señor Riso dice.

Todavía estoy superando esto. El tiempo dirá si podré decirle como habría dicho Juan Gabriel (QEPD): “Que no vale la pena llorar más por ti, porque yo estoy llorando desde que tú te fuiste, pero a ti que te importa si no sabes de mí”.

Esto no es cosa de un día, una semana o un mes, no se sabe cuánto tiempo toma, pero se supera. Todo se supera y él no es el único hombre en la tierra. Sin embargo, sigo buscando las respuestas.

Foto: Pixabay.