De cómo me volví una psicóloga feminista, preocupada por la salud mental de las mamás

violencia obstétrica asuntos de mujeres

Nunca me había preocupado por lo que entraña la maternidad, ni desde lo profesional y mucho menos desde lo personal y emocional, más allá de enternecerme al cargar un bebé y devolvérselo inmediatamente a su mamá cuando empieza a llorar.

Soy la mala madre, sí, desde hace un año me presento de esta manera y luego de la cara trastocada de las personas, digo mi nombre: Vanesa Giraldo Martínez.

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Soy psicóloga desde el año 2012, pero empecé a ejercer en 2019.

En el 2013 tuve a primera hija, Julietha, y a partir de ese momento peleé profunda y visceralmente con mi profesión. Me sentía engañada y sentía que nada de lo que me habían enseñado me servía en ese momento de mi vida.

No entendía el llanto de mi hija, no entendía por qué yo no me reconocía, no entendía el miedo visceral de quedarme muy dormida y no escucharla cuando se despertara a pedir la teta.

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Me frustraba enormemente que no me hubieran enseñado nada sobre la maternidad, nada REAL, nada útil.

Aparte de eso, muchas “teorías psicológicas” hablaban de lo “malo” que podía ser que mi bebé fuera 100% dependiente a mí, que durmiera conmigo y que le diera teta más allá del año. Todo esto, según muchas teorías, iba a generar que mi hija quedara “fijada en la etapa oral”.

Recuerdo que una vez, una psicóloga me dijo que yo tenía un grave problema de dependencia hacia mi hija porque le daba teta a demanda y no la dejaba llorar.

¿De quién carajos, entonces, debe depender mi hija, de la señora de la tienda, me pregunté?

Escuchaba constantemente a otras mamás sufrir por lo que les decía el o la psicóloga: que lo saque de la cama, que no le dé teta que no alimenta, que no dice 18 palabras, que no hace esto, que no hace lo otro… ¡Y me daba tanta rabia y dolor!

Me desentendí, no quería saber nada de la psicología, hasta que me embaracé de Miguel Ángel dos años después, y a mitad del embarazo me di cuenta de que había sufrido violencia obstétrica con Julietha y que esta violencia tenía un efecto inmediato en mi hija y en mí.

Fue un baldado de agua fría, y me impactó la manera en la que yo había normalizado la violencia en el parto, a tal punto que creía que esa era la manera “adecuada” de parir.

Mi embarazo fue de alto riesgo desde la semana 12 por hipertensión gestacional y a la 36 ya tenía preeclampsia.

El 9 de septiembre de 2013, con 37 semanas exactas me desembarazaron por medio de una cesárea, y aún cuando mi presión arterial no estaba desfasada, me amarraron en una sala fría, sin compañía y sin que me respondieran mis preguntas.

Julietha nació, o más bien la sacaron de mí a las 9:30 de la mañana, no me la dieron, no favorecieron el piel con piel, no esperaron para cortar el cordón umbilical hasta que dejara de latir y no me la mostraron bien. A los 5 minutos se la llevaron a la UCI neonatal porque desarrolló una taquipnea transitoria. No pude ver a mi hija hasta 24 horas después.

Tal vez muchas de las que lean esto, podrán pensar que estoy exagerando, que nada de esto es violencia -como lo pensaba yo-; si es así, les sugiero que lean las recomendaciones de la OMS para los partos.

Pero eso no es todo. Supe que había sufrido de violencia obstétrica de 16 semanas de embarazo de Miguel Ángel.

Inmediatamente empecé a investigar, a llorar, a leer, a sentirme tonta por no haberme informado, por haber creído ciegamente sin cuestionar, que las mujeres paríamos solas, en un cuarto frío y sin ningún apoyo.

Decidí informarme para que no me pasara nuevamente con Miguel Ángel, pero no sirvió de nada y nuevamente volvieron a violentarme, me quitaron mi deseo de parir por vía vaginal, de sentir las contracciones y de pujarlo.

La EPS (Entidad Promotora de Salud, encargada de promover la afiliación al sistema de seguridad social en Colombia) que tenía en ese momento, desacató un fallo de tutela que la obligaba a pagarme el parto en una clínica de tercer nivel, con la ginecóloga que yo había elegido; sin embargo, esa EPS dijo que si me quedaba en la clínica era bajo mi responsabilidad económica, ¡Ja! Como si todas las mujeres parturientas tuviéramos 7 millones de pesos para pagar un parto (costo que tenía que cubrir si me quedaba donde estaba).

Entonces, con el corazón partido a la mitad me fui a una clínica que tuviera convenio con mi EPS. Al llegar y notar mi cara de rabia y frustración, la ginecóloga de turno me preguntó qué me pasaba, y le dije que así yo no quería parir.

Ella solo respondió: “Otra con esa moda de ‘parto humanizado’.

Me llené de rabia, dolor, impotencia y casi un año después, empecé a darme cuenta de que esto era sistemático, que era algo que nos sucedía a las mujeres por ser mujeres.

Al hablar con muchas mujeres que ya habían parido, escuchaba historias mucho peores que las mías, historias incluso en las que muchos bebés habían quedado con secuelas para toda la vida, mujeres que tenían estrés post traumático fruto de un parto violento.

Y estas historias son la de la mayoría de las mujeres

Y ahí me declaré feminista, empecé a leer, preguntar, informarme y me prometí que a cada mujer en embarazo que viera, le iba a hablar de sus derechos sexuales y reproductivos en el parto, de la violencia obstétrica y de por qué esta es una violencia basada en razón de género.

Ahí inicie un viaje en el que aún estoy. Desde ese momento pude, a través del feminismo y la maternidad, hacer las paces con mi carrera, logré tener otras visiones del mundo que habito gracias a mujeres feministas que llegaron a mi vida y me abrieron un océano de teorías amorosas y hermosas; también, pude enfocarme a través de mi experiencia de vida, porque una se hace feminista con su propia historia, y a partir de esto inicié una búsqueda académica personal.

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Y comencé a leer, investigar y estudiar

Me di cuenta, con mucha rabia, que las enfermedades mentales que desarrollamos las mujeres al embarazarnos y luego al parir, son invisibilizadas y negadas.

Las mujeres mueren por malos procedimientos y sufrimos violencias obstétricas que aumentan exponencialmente la posibilidad de sufrir depresión y ansiedad postparto, estrés post traumático, ataques de pánico, síndrome de burn out y mucho agotamiento, pero a la mayoría de profesionales que trabajan con madres parece no importarles mucho, siempre y cuando el bebé esté bien.

Al fin y al cabo, “Las mujeres saben ser madres, porque lo traen en la sangre”. Es lo que nos dicen desde muy pequeñas, y nos lo recuerdan con cada bebé que nos regalan en la infancia, haciéndonos creer que mujeres y madres es lo mismo. ¡Cuánta falacia en esa frase!

Alerta de spoiler: EL INSTINTO MATERNO NO EXISTE.

Nos condenan a la otredad y al abandono, porque tenemos que ser felices solo por ser madres.

Y que ni se nos ocurra quejarnos, porque estamos siendo unas “malagradecidas”.

Por eso, en todo este proceso de encontrarme y encontrar respuestas, parí a “La mala madre”, un espacio seguro para hablar de lo que no se nos permite a las madres, de las ganas de renunciar, del dolor y de la soledad.

Un proyecto emocional, político y profesional, donde rompemos con los estereotipos patriarcales que nos imponen tras la maternidad y donde visibilizamos la importancia de un acompañamiento psicológico adecuado en el embarazo, postparto y puerperio.

Ninguna mujer sabe ser madre, todas aprendemos desde el momento que parimos, pero si nos dijeran la verdad, si nos hablaran del miedo, la soledad, de que no siempre nos vamos a sentir felices inmediatamente parimos, si nos dijeran que tenemos todo el derecho del mundo de quejarnos, de llorar, de arrepentirnos, de enojarnos y no pusieran, por esto, en duda el amor que tenemos hacia nuestras crías, otro sería el cuento.

Que las amigas y amigos no nos abandonen, diciéndonos que ya con hijos es complejo invitarnos a salir, que nos lleven comida y no nos pregunten cuándo nos vamos a fajar; que nos apoyen en la lactancia, si esa fue nuestra decisión y que no nos critiquen si lo que decidimos fue dar fórmula. Que no nos miren con lástima porque ya no hay uñas perfectas y cabello planchado, que no nos digan que el marido se va a ir con otra si no bajamos de peso o tenemos sexo con ellos tras un parto.

No esperen de nosotras una supermujer, mucho menos una madre perfecta.

La maternidad es solo algo de lo que hacemos, no lo que nos define, y vivir plenamente cada uno de nuestros roles, no debería hacernos sentir culpables.

Yo hoy, me siento profundamente enamorada de lo que hago, lucho todos los días con mi cuerpo, con mi mente y con mi alma por todas las mujeres, por las que deciden parir, por las que no, por las que paren ideas, por las que paren proyectos, porque hoy me estoy pariendo nuevamente a través de las mujeres que vienen a mí, porque cuando sana una, sanamos todas.

SUPERMUJER:

“Se esconde tras ese nombre tan rimbombante la explotación que supone la doble jornada, trabajar por fuera y dentro de casa y además ser una MADRE perfecta, amante excepcional y siempre guapa por supuesto…”

Nuria Varela

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Por una maternidad libre de culpas.

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