De la mujer que soñé ser, a la mujer que realmente soy

Cómo me recuperé de la bulimia y la anorexia

Mi propósito podría ser darte todos los tips y recomendaciones para que logres tener el cuerpo que cumpla con el estereotipo que nos han enseñado, y puedas verte “perfecta” en el espejo, como la mujer “que físicamente siempre has soñado ser”.

No obstante, después de haber pasado por más de 13 años de desamor propio, anorexia, bulimia, vigorexia y diferentes depresiones causadas por mi autovaloración personal, empezaré por darte un secreto milenario guardado por muchos años de historia y que pocas mujeres utilizamos: ¡ERES LA MUJER QUE SIEMPRE HAS SOÑADO SER!

¡Créetelo y empieza a trabajarlo!

Ahora sí, a través de esta historia vas a conocer mi misión y propósito… No sin antes decirte quien soy.

Soy Carolina Arango Zuluaga, me dicen Caito y esta es mi historia…

Desde muy pequeña, en mi mente tuve codificado que era “LA GORDITA”. Cada año, como un sello en mi agenda anual, debía ir con mi mamá al nutricionista donde me mandaban dietas de todo tipo, porque “la niña estaba en sobrepeso”.

En el colegio siempre tenía almuerzo de dieta, es decir, me servían una comida diferente a la de las demás porque yo era “LA GORDITA”, era diferente.

Mis papás muy amorosos siempre, sin ninguna intención, me hacían comentarios como: “Te verías muy linda flaquita”.

En mis vacaciones sufría porque me encontraba con mis primas y todas eran (y siguen siendo) hermosas y tenían cuerpos esbeltos; la única diferente era yo “LA GORDITA”…

Pasaron muchos años viviéndolos de la misma manera, la misma lucha constante con mi apariencia. Y aunque más pequeña no me importaba tanto, empecé a crecer y a sentirme mal conmigo misma. Sin una educación en hábitos sanos, que además en mi casa no se practicaban, pero sí me pedían un cambio físico; sin una clase de autoestima (que considero que hoy nos falta en la educación), pero oyendo hablar de eso del amor propio sin que nadie me informara de qué se trataba.

Miro atrás y hoy comprendo con amor que mis padres querían que yo estuviera mejor de salud, me viera y sintiera mejor y explotara toda la belleza que tengo. Ellos, como la mayoría de los padres, creen estar haciendo siempre lo mejor, pero tampoco nadie les habló cómo.

Así que ese cómo quererme, sentirme y verme mejor, también lo tuve que aprender y comprender y después de siete años de mi proceso, por fin hoy me siento graduada con honores…

La parte más dura de esta historia empezó en noveno grado, lo recuerdo perfectamente… Como un juego con mis amigas, empezamos a ir a los baños del colegio a vomitar, elegíamos los de primaria que eran más escondidos.

He tratado de recordar varias veces por qué comenzamos a hacer esto, pero no lo logro; para entonces sólo había un caso de anorexia en el colegio: era “Maggy”, una niña muy tierna y además hermosa.

Estaba en un grado menor que el mío, pero teníamos buena amistad. Vi como Maggy se deterioraba cada día más y en muchas ocasiones sentí lástima, le hablé muchas veces buscando su recuperación, pero también en muchas otras pensé: “De pronto si estuviera tan flaca como Maggy me vería mejor, me sentiría mejor en mi casa, con mis primas y mi entorno”.

Ese fue solo un pensamiento, porque seguí alimentándome de manera deplorable como lo hacía (nunca nadie me había enseñado a hacerlo mejor), mis recreos podían pasar a punta de 5 brownies, buñuelos y paquetes de papás fritas, entre múltiples “alimentos más” si así se pueden llamar.

Llegamos a décimo, y mi mejor amiga que tenía un cuerpo como el que yo pensaba que todas debíamos tener, me presentó un amigo suyo, quien después se convirtió en mi novio; el mismo que a los pocos meses me dejó por María (mi amiga).

Y aunque seguramente no fue por mi cuerpo, mi percepción personal estaba tan aporreada y llevaba tantos años sintiéndome mal en mi propia piel, que posiblemente lo asumí así. La tusa (el despecho) me quitó el hambre, lo que nunca pensé es que me la fuera a quitar del todo.

De ser la que comía 5 brownies, buñuelos y papitas en el colegio, no volví a comer absolutamente nada; mis días empezaron a transcurrir a punta de vasos de agua, soda y chicles, y sin pensarlo, pasé de ser la niña GORDITA a la niña ANORÉXICA.

Me convertí en la mentirosa perfecta, porque en eso nos convertimos metidas en esto…

Con el agravante de que a la primera persona que engañamos es a nosotras mismas, de hecho, creo que lo hacemos siempre que pensamos que no somos la mujer que soñamos ser.

En uno o dos meses ya había bajado 16 kilos más o menos, y aunque eso mostraba la balanza, en el espejo seguía viendo un ser reprochable para mí, le hice creer a mis papás que me estaba cuidando, no subía nunca al comedor del colegio y yo, que he sido una madrugadora innata, me levantaba a las 2 y 3 p.m. los fines de semana, para no tener que comer.

Y así pasé un tiempo hasta que un día el cuerpo no resistió… Mi corazón empezó a latir lento, me dio bradicardia, me quedé sin fuerzas y tuvo que recogerme una ambulancia en el colegio.

Cómo me recuperé de la anorexia y la bulimia

Luz Ma, la enfermera del colegio, una mujer que adoro y me ayudó mucho en todo este proceso, se sentó al lado de mi camilla a llorar y a suplicarme que saliera de ahí. Aún tengo en mi mente la cara de mi papá cuando entró al lugar donde me estaban estabilizando, no recuerdo haberlo visto llorar antes, y ese día lo hizo como un niño.

Mi mamá estaba fuera de la ciudad y la noticia para ella fue aterradora. Cualquier padre en ese momento preferiría ver a su hija gordita que muriendo en mi estado de congestión mental. Yo prefería verme muriendo, que “GORDITA”.

A partir de ese momento empecé mi proceso con psiquiatra, nutricionista, etc. Y aunque sí empecé a comer algo más, pasé de ser anoréxica a bulímica: al principio mi cuerpo no asimilaba la comida y la vomitaba; sin embargo, pasado el tiempo, ya la asimilaba, pero yo no la quería en mi cuerpo, y en mi estado de ansiedad por estar delgada (pesé 45 kilos, pero mi mente nunca me dejó ver delgada en el espejo), empecé a inducirme el vómito y devolver todo lo que comía.

Mi ansiedad además hacía que este ciclo se me convirtiera en una obsesión, porque caía en atracones de comida y devolvía en el baño todo lo que ingería. Durante 13 años de mi vida vomité como un hábito.

El 28 de julio de 2011 recibí un impacto por arma de fuego, una bala perdida cayó en mi cuerpo, entró por mi talón derecho y perforó mi tendón. Para mi fortuna no entró a la médula, los pulmones, el corazón, ni ningún otro órgano vital.

Me atendieron de urgencias y extrajeron la bala. El médico llamó a mi papá que estaba en otra ciudad para decirle que agradeciera el milagro: por pocos milímetros no iba a tener que amputar mi pie. Después de todos los procedimientos la ambulancia me llevó a casa donde me estaba esperando mi familia y algunas amigas.

Ya me tenían regalos: postres, helado y otras cosas de comida. Una de mis amigas dijo: “Con 4 meses de incapacidad y toda la comida que te van a traer, te vas a parar rodando” … ¡Ya lo sé! Ustedes acá podrán estar insultando a la que me lo dijo, yo solo tengo agradecimiento con ella.

Esa frase hizo que despertara de la muerte absurda que no me había propiciado la bala y en cambio sí me estaba propiciando yo con la falta de amor y cuidado personal que me estaba dando.

Ese suceso, apoyado por esas palabras, empezó a cambiar mi chip mental, y como todo proceso se ha demorado un tiempo prudente para lograr el objetivo.

Fue entonces en noviembre de 2012, 15 meses después del incidente, que vomité por última vez como hábito. Esto, después de un trabajo de concienciación en el que me empecé a interesar por estudiar la mente, el metabolismo y conocer más sobre los beneficios de la alimentación y el ejercicio.

Hoy, con conocimiento de causa, pienso que desde niñas, sufrimos de sobrepeso y falta de autoestima, por desconocimiento y falta de alfabetización en el tema.

Han pasado siete años desde entonces, tiempo en el que caí en algunas oportunidades…

Como me lo dijo alguna vez mi psiquiatra: “Tú eres como una adicta, una alcohólica… La tentación siempre va a estar ahí, depende de ti permanecer sana”. 

Estuve como una montaña rusa, subiendo y bajando de peso; mi mente no había logrado hacer el trabajo completo y volvía a cumplirle a “LA GORDITA”. Entonces me saboteaba, me hacía daño, volvía a dejar entrar pensamientos destructivos acerca de mí y buscaba caer nuevamente en una alimentación precaria.

Aun así ¡Permanecí! Sigo estudiando mi mente y controlándola cada día más, ya no entro en esos estados de ansiedad y si lo hago, tengo las herramientas para manejarlo.

Ahora me respeto y solo me hablo con amor, me preocupo por mi alimentación y cada día me enamoro más de los beneficios del deporte (que son mucho más que físicos).

Construí mi filosofía de vida: el TRIÁNGULO DE LA ARMONÍA

  • Mente en forma: Descubrí que es más importante rayar la mente que el abdomen, una mente controlada vive en un cuerpo saludable.
  • Cuerpo inteligente: Nutrirme para tener energía, vivir como un ganador, entrenar para oxigenar mis células, estimular las hormonas de la felicidad y permanecer llena de vitalidad.
  • Espíritu en paz: Entendí que la religión más importante es la conexión conmigo misma, permanecer presente en mis emociones, hacer introspección, buscar el autocontrol y conectarme con mis valores, los que son coherentes con mi filosofía de vida y me hacen feliz.

 

Cómo me recuperé de la anorexia y la bulimia

 

Eso es BIENESTAR, eso definitivamente es salud y es más importante que un cuerpo ligado a un estereotipo.

Por fin puedo hablar de rehabilitación, me rehabilité, me sané, me curé y todo lo logré cuando ¡ME AMÉ! 

Así que voy a repetirte el secreto: ¡ERES LA MUJER QUE SIEMPRE HAS SOÑADO SER! ¡Créetelo y empieza a trabajarlo!

 

Cómo me recuperé de la anorexia y la bulimia

 

Sigue a Carolina Arango en su Instagram: @caitoarango

Fotos: Instagram de Caito Arango.