El día en el que ella no aguantó más y decidió irse

Ha pasado bastante tiempo, tal vez el suficiente para que ella finalmente relate el episodio (quizá) más desagradable de aquella oscura historia que cambió su vida por completo. 

Es tiempo de soltar lo que aún queda por soltar.

Era sábado, y las manecillas del reloj habían marcado un poco de las 9 de la noche. Aunque no llovía, hacía el frío característico de la zona donde vivían y como casi siempre, ella y su esposo estaban teniendo una discusión.

Ya estaba acostada, pues con sus siete meses de embarazo, ella debía cuidarse. Él, con bipolaridad, grosería y decisión cortó la relación definitivamente y sin pensar en la hora que era ni cuán lejos estaban de todo y todos, la echó de la casa, a ella y a su hijo aún sin nacer.

Esta luz fue para ella la oportunidad que necesitaba hacía mucho tiempo y no iba a detenerse a analizar si acatar o no, si rogar como lo hizo antes o simplemente esperar a que amaneciera para comprobar que los ánimos de él se habían calmado.

No.

Con el pulso acelerado y totalmente decidida, se levantó de donde estaba recostada, se apuró a empacar toda la ropa y se cambió, se abrigó, cargando unas maletas pesadas.

Sin detenerse de gritarle acaloradamente todo lo que debía decirle, echó un vistazo rápido y certero para asegurarse de no estar olvidando algo importante y salió.

Claro que dejaba seres y enseres importantes, atrás quedaba la mascota que deseó tener toda su vida y al fin había adoptado, quedaban los utensilios de la cocina que con tanta ilusión había comprado, el mercado recién hecho con el brócoli fresco, las espinacas cosechadas esa mañana, la leche en polvo que una vez al día se comía con azúcar para calmar el antojo, el aguapanela que hervía de noche para tener algo que tomar al levantarse con sed, las naranjas que abundaban en aquella finca y que ella estaba dichosa de tomar todas las mañanas y las flores que regaba todas las tardes, flores que no sembró ella en una casa que tampoco era suya.

Atrás quedaba el intento de vida en familia que había estado construyendo sobre arena

No había tiempo que perder, era ahora o nunca. Y la idea aterradora que le había rondado en la cabeza varias veces sobre intentar huir fallidamente de este psicópata cuando ya hubiera nacido el bebé, le revolvía las entrañas y al mismo tiempo le daba fuerza para dejarlo, esta vez, para siempre.

Cerró la puerta, y enfrentándose a un frío paralizador cruzó el jardín, luego el sencillo y pequeño portón que las casitas de campo suelen tener y empezó a caminar rápidamente por la carretera confiada de que ese hombre, y con él todo ese horrible pasado, quedaban atrás.

No habría transcurrido un minuto, cuando él apareció en el portón, llamándola para que regresara como lo había hecho en otras discusiones, desesperado por estar viendo cómo perdía la familia que él mismo aseguraba necesitar, la familia que él mismo había soñado siempre pero nunca había cuidado.

El pequeño y la mamá quisieron acelerar sus pasos, y digo que el bebé también, pues en esta huída eran una sola alma unida ante la necesidad de salvarse.

Pero cuando ella volteó para ver qué tan cerca venía o si se había quedado en el portón. El más espantoso frío le bajó en un segundo de la cabeza a los pies, como si hubiera visto un fantasma.

Quien antes había sido escritor de poemas, “dedicador” de canciones, callado y sensible, los estaba siguiendo como el asesino de la película de terror que ella nunca había disfrutado ver.

Pronto los alcanzaría.

Su corazón se aceleró más, ahora corría con su barriga grande y las maletas, a oscuras, por una carretera empedrada y con un lugar seguro aún muy lejos. Debía caminar una cantidad considerable para salir a la vía principal donde tomaría el primer bus que la llevaría a la ciudad o donde al menos hubiera personas que la pudieran proteger del loco que la perseguía.

Intentó acelerar sus pasos más que sus latidos, había conseguido llegar justo al frente de los vecinos más cercanos, unas personas que jamás había visto, pues llevaba menos de un mes viviendo allí.

Pero él también llegó, entre enojado y asombrado porque ella se tomó en serio lo de irse esa misma noche. La agarró de un brazo y ella gritó como única manera de ser ayudada. Si tan sólo alguien saliera de aquella finca, si tan solo alguien pasara en una moto o un carro, si tan solo fuera una pesadilla.

Invadida por el pánico pero al mismo tiempo por la ferocidad de una hembra que defiende su vida y la de su cría, trató de liberarse de las asquerosas garras del monstruo en que ese hombre se convertía cuando, según él, ella lo hacía enojar.

Forcejearon y cayeron en la tierra empedrada por partes pantanosa y, sin importarle que dentro de ella estaba su frágil hijo, evitó que se parara empujándola más hacia el piso.

Para hacer que se callara, que era su gran preocupación, tomó su boca con sus manos y abrió bruscamente su quijada. Ella, viendo la muerte tan cerca como nunca antes la había visto, paró de gritar y pedir auxilio a unos vecinos que ni siquiera estaban ahí esa noche.

Fueron quizá unos largos seis segundos de tormento, pánico, miedo, ¡terror! en los que ella, con su cara contra la tierra, ¡con su barriga contra la tierra! solo alcanzó a pensar que tenía que ceder o ese loco sería capaz de matarlos.

Dejó de intentar gritar para que él la soltara, se levantó como pudo y llorando desesperada por el miedo de que a su bebé le hubiera pasado algo, caminó por entre la niebla rápidamente de regreso a la casa sin decir una sola palabra. Él no tenía la razón, pero ella era lo suficientemente inteligente como para aparentar rendirse y salvarse.

Él entró las maletas y cerró la puerta. Ella se acostó rápido a intentar dormir con mucho dolor en la boca y con una agonía en el alma.

Después de esto no cruzaron palabra alguna hasta la mañana siguiente, cuando, como todas las veces anteriores, se levantaron como si nada hubiera pasado -o al menos él-, porque para ella esta era la prueba que necesitaba para ratificar que ese hombre era capaz de matarlos.

Tuvieron que pasar dos semanas más de momentos de falsa paz y otros de discusiones, para que ella estuviera decidida a llevar a cabo el plan maestro que le permitiría retomar su vida tranquila y feliz, lejos del hombre con quien engendró un hijo, lejos del monstruo que le cambió la vida.

Una tarde tuvo que fingir querer dar una caminata para poder salir sin levantar sospechas y, después de sentarse a llorar frente a la estación de policía del pueblo analizando por última vez su decisión, pidió ayuda para regresar a la casa con dos policías que la acompañarían a empacar frente a él y la escoltarían hasta la avenida, para tomar el bus que finalmente la llevaría al hogar donde su bebé y ella recuperarían la paz.

Aunque durante los primeros meses de vida del niño, aquel hombre se encargó de ser el obstáculo para que esa paz tardara en llegar, ya han pasado algo más de dos años y toda esa oscuridad es solo pasado.

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Foto: Pixabay.