El día que empecé a educar a mis hijas sin gritos (Parte I)

Descubre cómo educar sin gritos

“Tal vez la tarea más difícil de ser padres, no es la de controlar el comportamiento de los hijos, sino controlar el propio”

Luther Lakota

 

Todo comenzó algunos meses atrás cuando dejé de sentir culpa por todo lo que hacía o dejaba de hacer.

Después de decirle adiós a la culpa, empecé a sentirme incómoda con ciertas actitudes «explosivas» que estaba teniendo frente a mis hijas, sobre todo en los momentos de sobredosis de llantos, quejas, gritos y desobediencias.

Después que pasaba la «explosión», oía una voz que me decía: «Sé que la paciencia a veces escasea, sé que ha sido un día difícil, sé que lo has repetido varias veces, sé que a veces te sientes agotada, sé que no quieres oír más llantos. Pero podrías reaccionar diferente. ¡Tu puedes!”.

Esta voz no me estaba acusando, como hacía la culpa. Esta voz me estaba guiando, me estaba diciendo algo que necesitaba oír.

Pasaba el tiempo, y la voz siempre aparecía en esos momentos y me daba ánimo para hacer las cosas diferentes. Me hacía ver que no podía justificar mis malas actitudes con excusas como “Estoy cansada», «El día ha sido intenso» o «Las niñas están incontrolables”.

Al mismo tiempo, mi mamá me envió un mensaje que hablaba de cómo los gritos afectan a los niños y me pidió perdón por los gritos que me dio de niña.

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Al leer el mensaje, supe que tenía que tomar una decisión: Eliminar los gritos y la agresividad en mi vida. Era hora de romper esa cadena de crianza con gritos, no solo por mis hijas, sino por mí misma y mi entorno.

¡Los primeros días fueron muy duros!

Tenía casi que morderme la lengua o, como me aconsejó una amiga, encerrarme en el baño por unos segundos para respirar.

Sin embargo, con el pasar de los días sentí que la cosa mejoraba poco a poco.

¡Claro! Hay excepciones, como la semana que terminó. Me sentí cansada no solo física, sino también, mental y emocionalmente. Fue intenso. Mi esposo estuvo viajando varios días y mis hijas estuvieron probando mi paciencia con un coctel de llantos, gritos, quejas, peleas y noches mal dormidas.

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Qué duro es mantener la calma, hablar pausadamente y conservar un tono sereno. Es fácil cuando todo está tranquilo, pero cuando toda está patas arriba, es difícil.

Ha sido un ejercicio mental y emocional que agota. Sin embargo, aunque hay momentos en los que quiero gritar y salir corriendo, creo que he mejorado mucho.

Con recaídas y todo, siento que el ambiente con mis hijas es mejor y creo que ellas se están dando cuenta de ese cambio.

Las actitudes nocivas y repetitivas se vuelven parte de nosotros

También hay patrones de comportamiento que heredamos y repetimos. Por ejemplo, la agresividad ¿Quién no es agresivo cuando maneja? ¿O cuando llama para alguna reclamación por teléfono y pasa horas esperando? ¿Quién no fue educado con gritos y ahora está haciendo lo mismo?

Yo no era consciente de mis gritos y mi cantaleta, hasta que empecé a observarme y oírme.

Personalmente creo que desde que tengamos las ganas de cambiar y seamos consciente de cuáles son nuestras fallas, es posible hacerlo.

Vale la pena hacer el esfuerzo. Habrá días fáciles, otros no tanto. Pero en la medida que nos esforcemos, ese nuevo comportamiento empezará a ser parte de nosotros y de nuestro día a día.

Mamás, papás, hagamos el cambio. Si queremos un mundo mejor, hagamos algo para tenerlo. Criemos hijos sin violencia, sin heridas físicas y emocionales. Esforcémonos menos en darles las mejores cosas, pero sí los mejores ejemplos. Sembremos en ellos amor, respeto y diálogo, que todo eso va a dar un fruto abundante.

¿Te animas a hacer un borrón y cuenta nueva?

¡Yo sí!

Tiempo después…

Después de llevar algunos meses en este proceso de «no gritar”, siento que tengo más dominio propio.

Sin embargo, empecé a tener un dolor muy fuerte en el cuello y en los hombros que me generó dolores de cabeza y dificultad para acomodarme en la cama y dormir.

Primero, pensé que era algún ejercicio que estaba haciendo, así que lo paré. Después, pensé que era el colchón. Cambié el colchón.

Cuando empecé a tomar un relajante muscular, pensé: «Qué raro que ahora que estoy más calmada, y siento mi cuerpo más estresado».

Analicé un poco la situación y me di cuenta de que, aunque estaba logrando controlarme, dentro de mí seguía generándose esa explosión por «x» o «y».

Ya no explotaba, pero esa tensión se estaba acumulando en mi cuerpo.

Creo mucho en Dios, y tratando de buscar una solución, empecé a hacer una rutina de oración diferente. No tanto de hablar y pedir, sino de relajarme, descargarme, oírme y oír a Dios.

Esto me está ayudando mucho.

Pero, me di cuenta de que tenía que ir al origen de la explosión y tratar de eliminarlo.

Entonces decidí hacer un listado de las situaciones que generaban esta explosión

Les di un grado de importancia y las dividí en dos:

  • Las que puedo cambiar
  • Las que no puedo cambiar.

Al final de este ejercicio, me di cuenta de que muchas cosas realmente no eran importantes y me estaba desgastando por cosas que por más que me parara de cabeza, no iban a cambiar porque no dependían de mí.

En esa misma lista había cosas que si podían cambiar y decidí que me iba enfocar en eso.

También como producto de todo esto, he logrado oír más mi voz interna, entenderme y conocerme un poco más en mi papel de madre.

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En mi caso, que soy mamá full-time, hay días que no tengo la misma paciencia y sé no es culpa de mis hijas. Hay muchos factores externos que nos agotan y muchas necesidades insatisfechas que afectan nuestro grado de paciencia y tolerancia.

Así que si logro sacar un poco de tiempo para mí (15-20%) y para mi esposo (10%), el 70% que dedico a mis hijas lo disfruto más y con más paciencia. Así estoy logrando mi equilibrio en este momento. ¡Claro! no estoy con los porcentajes ideales, pero sé que en el camino se equilibrarán las cargas.

En general, el resultado de todo este ejercicio ha sido muy positivo. No solo para mí, que soy la primera beneficiada, sino para mi familia.

Hay cosas que son propias de los niños, que son necesarias para su desarrollo y nosotros como padres debemos aceptarlo y bajar un poco nuestros estándares de exigencia y perfección con ellos.

¿Cuántas veces perdemos la paciencia con comportamientos como: reguero al comer, algún escape de pipí o popó, pataletas, llanto, travesuras, desorden?

Si todo esto pasa, no es porque estemos haciendo algo mal. Simplemente son niños y están aprendiendo a vivir a su ritmo.

¿Vale la pena desgastarnos con cosas que no tienen mucha trascendencia y que al final van a pasar?  De la actitud que tomemos frente a cada situación, dependerá que nuestro día a día sea más fácil o más difícil. Pidamos paciencia, paciencia y más paciencia.

 “Paciencia no es cargar y aguantar hasta no poder más y explotar. Paciencia es el arte de liberarme de cargas emocionales innecesarias para mantener mi estado de paz”

En un próximo post, les contaré cómo terminé mi proceso de educar sin gritos.

Los invito a leer otro texto que escribí para Asuntos de Mujeres: De cómo superé mi depresión postparto

Y también los invito a ver mi blog: www.ydiosmecreomama.com

Foto: Pixabay.