Él tiene 9 años, ya lo crié

Mi hijo está por cumplir 10 años, ya lo crié. Está prácticamente para salir del horno. Es un mini-hombre y no necesita mi ayuda para sobrevivir.

Creo que ya #terminé ¡Ahora puedo centrarme en mí!

Hacer esto solo tendrá una única consecuencia: perder 10 años de esmerada crianza.

El rush de la maternidad es largo. La palabra rush en inglés tiene mil acepciones y en español tiene dos mil definiciones distintas, pero a mí me gusta: Avalancha. La maternidad es una avalancha.

Imagínalo: Cuando ves una avalancha por televisión, ésta dura unos segundos, pero te aseguro que para el que la vive desde adentro, esos segundos duran horas: desde que ve la nieve venir, hasta que logra salir de ella, sencillamente pasa una eternidad. ¡Así es la maternidad!

Es un pentatlón por los diez años que inviertes en su primera etapa. Esta, que yo recién termino, y que ahora que mi criatura empieza a tener cierta autonomía, no veo la hora de colgar los tenis.

¿Ya se viste solo? Que vaya como quiera. ¿Ya se cepilla los dientes? Nunca más le revisaste las muelas… Así van cayendo una a una esas tareas repetitivas y metódicas que tenías y que su autonomía te ha ido quitando #Amén

La medida es proporcional, van creciendo ellos y perdiendo fuerza tú. Lo entiendo y lo vivo, criar hijos es cansado a morir, pero van creciendo y parece que empiezas a disponer nuevamente de un tiempo que habías olvidado.

Mi hijo se hace solo el desayuno desde los cinco años, y yo nunca más supe qué come el niño el fin de semana cuando se levanta. Me despreocupé. De hambre no se van a morir y yo necesito dormir, porque tengo sueño acumulado desde hace cincuenta años.

En realidad, nueve años, pero la edad-madre es como la edad-perro: se multiplica por siete.

Nadie quiere ver a sus hijitos creciendo tan rápido, pero cuando ves a una amiga con un bebé, te tiemblan las piernas de ponerte en su lugar. Cuando alguien te dice: -Nos vamos, que el niño mañana madruga- tú sonríes forzado ante tal desgracia y recuerdas la increíble ventaja de tener niños grandes.

Ya no quieres discutir con ellos, quieres que cumplan tus designios porque, en teoría, tú les enseñaste a ser obedientes. Esto es obvio que no funciona, a menos que tengas entrenamiento de Cuerpo de Seguridad y des un guantazo con un objeto contundente. Pero en general, los niños crecen, aprenden a argumentar y el famoso “Porque lo digo yo” flaquea.

Va llegando la edad complicada y te pilla como floja de espíritu y energía. Mi hijo tiene nueve años y es un preadolescente de librito. Leí por ahí que a los nueve se le considera una pre-adolescencia temprana, pero tomando en cuenta que este siempre ha sido un poco viejo internamente, no es de extrañar esa precocidad.

Mi “pre” ha dejado de jugar, y ahí es donde yo noto el peso. Ya no hace “películas” como antes, ya no necesita juguetes.

Si es que juega, se trata de un juego donde todos los elementos son reales. Antes era capaz de convertir una muñeca Barbie en Darth Vader sólo con imaginarlo. No necesitaba más que decirlo: –¡Mira mamá, Darth Vader!– Y yo: -“Umjú-“, viendo la rubia platino de Barbie Enfermera. Ahora ya ve lo que hay, no transforma las cosas con su imaginación #MuyTriste

Por fortuna, aún puede divertirse en el pasillo de mi casa, con las puertas del armario abiertas en cada extremo y sentir que está de portero en el Wanda Metropolitano #QueLeDurePorFavor

Pero jugar, lo que se dice jugar, poco. Él quiere Tablet, quiere Play, quiere consumir pantalla. Si no brilla, no vale.

Me cuesta mucho trabajo mantenerlo alejado del enganche que eso puede significar. Es desesperante y tengo que decir, que cuando está frente a una pantalla, es lo mismo que no tener hijo, es como un ente anulado por completo.

Yo podría despedir a la chica que me ayuda a cuidarlos y contratar una Tablet. Podría incluso irnos de fin de semana su padre y yo solos, los dejo con la Tablet, una bolsa de patatas fritas y unos sándwiches (a mano). Así pasan el fin de semana tranquilos, y yo, sin preocupaciones.

Es que yo he visto a mi hijo cepillándose los dientes con la Tablet aguantada entre el agua y el grifo, porque él entiende que el agua y la electrónica se llevan bien, que es como su cepillo de dientes que vibra y se moja.

Pero no voy a hablar ahora de los electrónicos, ese tema bien merece otro post.

Ahora solo quiero recordar, y sobre todo auto-recordarme, que no es momento de tirar la toalla, aunque el cuerpo no te dé para más.

Ahora es lo que llaman el sprint final (por llamarle “final” a los próximos diez años). Suena largo, lo sé, pero tienes más que perder que ganar. Si aflojas ahora, habrás perdido hasta lo que ganaste cuando le enseñaste a agarrar la cuchara. Todo, pierdes todo. Adiós. Caput.

Ya sé que dejar de escucharlos un rato mientras están idiotizados frente al PlayStation es un placer, que necesitamos esos momentos de paz y desconexión de la labor de madre. Pero tienes que acordarte de que cada vez que dejes que el playStation, iPad o el celular los críe por ti, estás poniendo mucho en riesgo.

Sigue a Vivi Febles en su maravillosa y divertida cuenta: @DimeTuQueNo