Ayanta Barilli: “Un mar violeta oscuro”, fue ese largo café que necesitaba tomarme con mi madre

Cuando supe que tendría la oportunidad de conversar con la escritora italiana Ayanta Barilli, casi me desmayo de emoción.

Su primera novela, Un mar violeta oscuro (Planeta, 2018), consiguió el segundo lugar en la última edición del reconocido Premio Planeta de literatura y, sin temor a equivocarme, es uno de los libros que más he disfrutado en los últimos tiempos.

Un mar violeta oscuro es un relato fuerte, de esos que te coge por el cuello y no te suelta hasta el final. En este libro, Barilli narra la lucha y supervivencia de las mujeres de su familia a través de las historias de su bisabuela, abuela, madre y, claro está, de ella misma.

 

 

 

Esto fue lo que nos dijo Ayanta:

 

Eres muchas cosas: escritora, periodista, tienes un programa de radio, eres actriz. Cuándo eras pequeña, ¿Qué soñabas ser de mayor?

 

Bailarina de danza clásica, ese fue mi primer amor y además fue un amor apasionado, todavía sueño con ello.

Estudié danza clásica durante toda la vida, hasta los 18-20 años, la estudié con mucha disciplina y muchas horas al día, pero no tenía suficiente talento como para desarrollar ese arte y ese trabajo; aunque me ha dejado grandes cosas: por un lado, la vocación de hacer algo trascendental, algo mágico; y por otra parte, la disciplina, la disciplina rusa y bueno, no digo todo, pero casi todo, se puede alcanzar trabajando mucho y eso es lo que he hecho.

 

Esa primera pasión derivó después en la pasión por el escenario en términos generales, por lo tanto, por el trabajo como actriz y también como ayudante de dirección, también llevé la dirección artística de un teatro aquí en Madrid.

Es decir, con todo lo que tenía que ver con una creación encima del escenario pero, al mismo tiempo, siempre se ha compaginado en mí el tema de la escritura y de la lectura. He sido y soy una lectora voraz, desde muy pequeñita, siempre me gustaba mucho leer y me ha gustado mucho escribir,  y tenía muy claro escribir un libro, ESTE libro.

Un mar violeta oscuro es el libro que siempre imaginé escribir, tenía que esperar a cumplir años, a tener una cierta perspectiva sobre mí misma y tener un horizonte más amplio para poder entender también esa historia y esas mujeres que me precedieron.

 

Dices “no tenía suficiente talento para ello”, ¿Te lo dijeron, lo sabías tú? ¿Cómo se lidia con el hecho de que sepas que no tienes lo que se necesita para cumplir el sueño de tu vida?

 

Bueno, lo vas viendo tú, ¿no? Claro, yo he trabajado muy duro pero podía llegar hasta un determinado nivel.

La danza clásica tiene unos niveles de exigencia físicos muy determinados, no es nada elástico en ese sentido, no puede serlo. Entonces yo simplemente no los alcanzaba.

Ha sido algo que me ha hecho sufrir mucho, ha sido una frustración para mí, pero siempre he intentado aplicar en la vida una recomendación paterna que dice aquello de “aprovecha el impulso del enemigo” y bueno, cuando vi que no llegaba, pues con lágrimas, dije: “Vale, y entonces, ¿Qué puedo hacer yo con esto?, ¿En qué puedo convertir esto por lo que he trabajado tanto?”

 

¿Qué edad tenías?

Bueno, me di cuenta de que no llegaba como con 17.

Aún así seguí estudiando y trabajando, porque me gustaba mucho, no podía prescindir de ello; pero a esa edad me empecé a plantear qué hacer con ese material, cómo reconvertirlo en otra cosa que fuese satisfactorio para mí y que no echara a perder todo lo que he trabajado hasta entonces.

Bueno, evidentemente tenía que ver también mucho con el lugar, o sea, a mí me gusta mucho vivir en un teatro, estar en un teatro o en un plató. Así es que pues tiré por la interpretación.

Luego llegó un momento en el que empecé a no encontrarme bien en la interpretación, trabajaba, no tuve problemas, o no grandes problemas como pasa a menudo a la hora de encontrar trabajo, pero había algo que no me hacía alcanzar ese sueño. Es un sueño algo intangible que en realidad luego he encontrado solo en soledad, solo con la escritura.

                                                                                                    

Dices que eres una lectora voraz, ¿Cuáles son tus referencias literarias?

 

Bueno he leído de todo, ¿Eh?

Es que he pasado por todo tipo de fases. Yo prácticamente no he ido al colegio, he ido muy poco al colegio, no tengo carrera; entonces me he alimentado de coger libros así un poco al buen ‘tun-tun’ de las bibliotecas familiares.

Siempre he crecido en casas con muchísimos libros y entonces iba probando y soltando también, porque no soy de las que me empecino en algo si no me gusta. La lectura ha de ser un placer, entonces he leído, yo que sé, desde Darrel, los hermanos Darrel a Dostoievski, todos los rusos, todos los clásicos franceses, esas han sido mis primeras lecturas.

Ya arrebatada, por supuesto, España, Iberoamérica, García Márquez, Vargas Llosa y todos esos grandísimos escritores que hay allí.

En realidad he llegado a la literatura actual hace muy poco, porque siempre me ha interesado más el ayer, estoy siempre con ojos en la nuca. Me interesa mucho más el pasado que el presente.

Pero ciertamente en los últimos años he empezado a leer mucho de lo que se publica ahora, porque me parece que es impresionante los libros que hay y los escritores tan extraordinarios.

 

¿Qué estás leyendo ahora?

Ahora estoy leyendo el libro de Luis Landero, “Lluvia fina”, que es un escritor que me gusta mucho y le sigo.

He leído un libro que se llama ‘Mamá’, de Jorge Fernández, pues ahí voy pillando lo que sale.

 

Un mar violeta oscuro

 

 

Decías que la historia de “Un mar violeta oscuro” era el libro que siempre soñaste crear, pero ¿Cuándo dijiste “la historia de mi familia tiene que ser contada”? ¿Hubo algún punto de inflexión?

 

Cuando murió mi madre yo tenía 9 años y pronto fui consciente de que la iba a olvidar, porque era demasiado pequeña para recordarla, y eso me aterró.

O sea, fui muy consciente de mi ser pequeño. Porque olvidarla era una doble muerte, no es solo la muerte, sino también el olvido; eso me empezó a preocupar muchísimo, la pérdida de memoria, la falta de memoria o no cuidar la memoria.

Así que empecé a llevar un diario, que no era el diario de mi día a día, sino era un diario de todo lo que yo había vivido con mi madre para que quedara por escrito.

Claro, un diario infantil que luego perdí y en el que también recuerdo que hacía dibujos de cómo era nuestra casa, pero con todo tipo de detalles -porque yo tuve que cambiar de casa cuando murió mi madre- o sea, hasta cómo eran los cuadros, qué había dentro del marco de cada cuadro, de qué color era la concha, de qué color estaba tapizado el sofá, con un nivel de detalle, brutal.

Aunque perdí ese diario, el hecho de hacer este ejercicio y de escribirlo, hizo que se fijara en mi memoria. De hecho, creo que tengo más recuerdos de los que tendría un niño de 9 años.

Ese fue el primer paso y luego, según iba creciendo, me empecé a dar cuenta de que realmente en mi entorno tenía algo extraordinario, porque yo creo que en todas las familias hay cosas extraordinarias, lo que pasa es que no les hacemos caso, no lo contamos, no guardamos eso; y si no se hace algo con ese material, si no se escribe o cuenta, en una o dos generaciones, se pierde.

Entonces, siguiendo con esta cuestión de la memoria, de la angustia que me producía la pérdida de la memoria, empecé a guardar cosas, a hacer entrevistas en casetes, a hablar con mi abuela, a hablar con los tíos, a grabarlos y a guardar estos casetes todo esto sin saber muy bien qué iba a hacer con ello.

 

¿Y cuándo empezaste a escribir?

 

Empecé a escribir esta novela muchísimas veces, digamos desde los 20 o antes, a lo mejor desde los 15. Empezaba y lo soltaba, empezaba y lo soltaba.

Pero al principio solo quería escribir la historia de mi madre, y luego, empecé a tirar del hilo y apareció la historia de mi bisabuela, también apareció con fuerza la historia de mi abuela; pero realmente solo cuando me senté a escribir la última vez, fui entendiendo que tenía que ser una historia dividida en tres partes y que era la historia de la bisabuela, abuela y madre.

Es cuando te sientas realmente a hacer aquello, cuando empiezas a trabajar sobre un material y empiezas a entender cómo lo puedes estructurar.

 

Dices que a través de este libro pudiste conocerlas a ellas, pero también a ti, ¿Qué intención tenías tú al escribir el libro? ¿Terapia? ¿Catarsis?

 

Bueno, yo creo que cualquier proceso creativo es terapéutico, nunca es casual.

Incluso cuando elegimos llevar tal obra de teatro a escena es que hay una razón íntima, otra cosa es que uno quiera entender cuál es su razón íntima y hacer ese trabajo.

Así que entendiendo que para mí cualquier trabajo creativo es terapéutico, este todavía más, porque estoy manejando un material propio que convierto en novela, por lo tanto para mí ha sido increíble, no sólo conocerlas a ellas, porque no conocemos a la gente de nuestra familia, conocemos a la “abuelita”, conocemos a la “mamaíta”.

Tenemos una relación sensorial, amorosa –en el mejor de los casos- pero, ¿Quiénes fueron esas mujeres? Es que no son mujeres, pertenecen a otra escala afectiva. Hacer ese trabajo y conocerlas como mujeres, me puso también frente a mí misma como mujer, y descubrir todos esos patrones familiares que se estaban repitiendo: los buenos y los malos, y los malos que me resultaron muy aterradores.

Fue muy doloroso y al mismo tiempo un ejercicio muy vitalista y muy luminoso, o sea, no es que no me metiera en la negrura, pero bueno, el dolor reelaborado te lleva hacia la sanación.

 

¿Te arrepentiste de empezar este proceso? ¿Dijiste, por ejemplo: “me estoy exponiendo demasiado”?

 

No, es que no tenía otra salida, necesitaba hacerlo, fue una llamada, no sé. Fue una conversación que duró cinco años con mis muertas, fue ese largo café que necesitaba tomarme con mi madre; de hecho luego he echado de menos no estar en ese nivel de conversación, de unión con ella y con ellas.

Y me ha parecido una manera eficaz para resucitar a los muertos.

¡Sí! llevaba toda la vida pensando “a ver, cómo puedo hacer esto”, y realmente durante todo ese proceso de escritura, estaba con ellas, les abría la puerta por la mañana, venían a mi escritorio y se sentaban a mi lado, he llorado pero he reído y he dado las gracias a ellas y a mí por hacerlo.

 

¿Cuál fue el descubrimiento más sorprendente al momento de todo este research, que hiciste?

 

Hombre, lo del manicomio me dejó loca, lo del manicomio fue muy fuerte para mí, y además muy oscuro. Eso fue un descubrimiento fuerte, descubrir no solo el hecho de que mi bisabuela hubiese estado tantos años en ese lugar infernal, sino que la hubiese encerrado el padre de sus hijos, y ese es otro descubrimiento muy fuerte en relación a la situación de la mujer, y yo siento una complicidad con las mujeres, por lo tanto, al escribirlo, lo viví como propio.

Muy fuerte investigar sobre la enfermedad y agonía de mi madre, porque ten en cuenta que a mí no me contaron nada en su día, por lo tanto me tuve que ir a mi tía, su hermana, y hacerle un interrogatorio al respecto.

Y bueno, que me lo contara y después escribirlo, me costó muchísimo y a ella le costó muchísimo contármelo.

Muy fuerte ponerme en la piel de mi abuela y de su dureza, de esa dureza construida a fuerza de golpes; y muy fuerte mi querer ayudarlas, decir: “¿De qué manera se puede salir de esto?, ¿Cómo os puedo consolar?: escribiendo este libro”.

 

Has dicho alguna vez que esta novela “apela a la responsabilidad de las mujeres de no sentirse víctimas”, ¿Qué quieres decir con esto?

 

Sí, bueno, a mí no me gusta nada sentirme víctima de nada, obviamente. Me parece una situación de debilidad, y las veces en las que por razones diversas me he podido encontrar ahí, he intentado huir; entonces creo que está muy bien conocer nuestro pasado, que nuestro pasado nos hace fuertes y que es la manera también de ser muy conscientes de dónde venimos, dónde estamos y a dónde vamos.

También para transmitírselo a las nuevas generaciones independientemente de que sean hombre o sean mujeres. Yo no soy víctima de nada ni de nadie, ni quiero serlo ni lo voy a ser y no quiero que me traten como tal por el hecho de ser mujer.

 

Cinco años escribiendo el libro, ¿Cuándo supiste que estaba listo?

 

Supe que estaba listo, cuando encontré el final -porque las últimas 10 líneas no las tenía-. Hubo un momento que estaba en este lugar que tanto amo de mar, del mar violeta oscuro, y ahí estaba luchando con el libro y no encontraba la manera; y de pronto cogí la canoa –a mí me gusta mucho ir en canoa por ese mar violeta oscuro- y empecé a remar, a remar y de pronto, vino.

Vino ese final y lo escribí en la cabeza y me emocionó, corrí a casa en bañador y lo escribí.

 

Suelen preguntarte si te inspiraste en la obra de Isabel Allende para escribir, ¿Cómo te hace sentir eso?

 

Mira, si te soy sincera, La casa de los espíritus es un libro que leí, recuerdo con mucho interés, o sea que me encantó en su día, pero yo creo que tenía como 15 años cuando se editó en España, y se convirtió en el gran éxito que fue.

Y recuerdo que lo leí encantada, pero no me acuerdo de nada. Luego recuerdo que vi la película y la película no me gustó. No es una novela que forme parte de mí…

Pero dicho esto, puede ser, quiero decir, todo lo que leemos forma parte de nuestro imaginario; pero también, sospecho, que enseguida te quieren encasillar en algo, en cuanto a que “la escritora es mujer y escribe sobre una escena familiar”, entonces ya nos vamos a Isabel Allende, a veces me parece un poco superficial.

Y luego está el tema del realismo mágico que en realidad me gusta mucho, pero no me adscribo a esa corriente literaria. Es cierto que en mi novela hay cosas mágicas, pero yo lo definiría más como realismo mítico, o sea, en absoluto mágico porque forma parte realmente de todas esos cuentos y esos relatos que me llegan de mi abuela, de mi madre, de la familia…

 

Hablando de realismo mágico, tu padre, el reconocidísimo y prolífico escritor español Fernando Sánchez Dragó, dijo que al terminar de leer tu libro, “había sentido lo mismo que cuando hace 50 años leyó 100 años de soledad”, ¿Qué te hace sentir que tu padre diga eso? (risas)

 

Le agradezco muchísimo, me parece una declaración de amor fantástica, ¡inolvidable! pero bueno es una comparación que me azora. No me puedo comparar con Gabriel García Márquez que me parece uno de los grandes escritores de la historia. Pero bueno, que sí me acerca un poquito a su dedo…

 

Me llama la atención que tu apellido, sea el de tu madre… ¿Por qué has decidido utilizarlo?

 

Por lo mismo, por el mismo tema de la memoria. Esto lo decidí cuando era muy jovencita, que quería tener su apellido para llevarla conmigo, para cada día cuando firmo, escuchar su apellido. Es un homenaje a ella.

 

¿Cómo es tu relación con el feminismo?

 

¡Uy! Esta es una pregunta peliaguda ahora mismo, ¿no?, yo creo que estamos frente a un movimiento importantísimo y necesario. Creo que en España, en occidente, se han conseguido grandísimas cosas y todavía queda un camino por recorrer y no hay que parar.

Me parece que en ocasiones se están haciendo determinadas declaraciones que son excesivas y agresivas; me parece que eso forma parte –seguramente- de este proceso que es todavía muy joven, es todavía muy adolescente, en el sentido metafórico del término, y que por lo tanto se cometen errores que no ayudan a difundir lo importante de este asunto.

Creo que no hay persona de bien que no sea feminista, o sea, creo que esa no es la discusión por mucho que pueda haber declaraciones o gentes que no se adscriban a este asunto.

Y creo que es un movimiento imparable. La igualdad entre hombre y mujer es algo que hay que alcanzar en su totalidad, pero hay que alcanzarla juntos: hombres y mujeres.

 

En la rueda de prensa previa al premio Planeta, Juan Eslava Galán, que es miembro del jurado, dijo: “La guerra civil y novela histórica están perdiendo un poco de terreno hacia las novelas de orientación femenina”, ¿Por qué crees que está pasando esto y qué piensas de que esto esté ocurriendo ahora mismo?

 

Bueno, yo creo que se juntan dos cuestiones: por un lado es una moda, las mujeres estamos de moda, de pronto hay un interés mayor por el mundo de las mujeres y me parece está bien, que hay que aprovecharlo.

Por otra parte, el trabajo de los escritores también a veces es muy complicado porque hay que contar historias que no se han contado y hay muchísimas historias de mujeres que no se han contado porque han estado invisibilizadas, entonces claro, cada vez hay más escritores y escritoras que dicen: “Mira, esto no se ha tocado”, y a menudo son historias son sobre personajes femeninos.

Por otra parte también te diré que me parece todo un poco absurdo, porque a mí no me parece que haya una literatura ni femenina ni masculina, me parece todo una ridiculez y además me parece denigrante para las mujeres escritoras.

No me adscribo a eso en absoluto, yo soy escritora y punto. Igual que Flaubert escribía sobre Madame Bovary, pues yo podría escribir sobre personajes femeninos o personajes masculinos; o sea, creo que lo que interesa son las personas independientemente de su género.

 

¿Qué se escribe después de “Un mar violeta oscuro”? Es decir, después de escribir el libro que siempre soñaste y finalista del Premio Planeta

 

Pues ahora viene sentarse a escribir, ahora viene el trabajo de “tengo muchas ideas, algunas las voy a dejar apartadas”, tengo que elegir una; ya he elegido una, de hecho ya estoy escribiendo un poco con la misma técnica: cuando puedo, a ratos, pero estoy ya con la cabeza en marcha concentrada en ello y dispuesta a contar otra gran historia.

Estamos llenos de historias alrededor.

 

¿No te da vértigo?

No, estoy tan agradecida y tan contenta por cómo ha ido “Un mar violeta oscuro”, ha sido todo tan inesperado para mí, un regalo caído del cielo planetario, que ahora estoy llena de energía, de amor y de ganas.

 

¿Eres la misma persona después de haber escrito “Un mar violeta oscuro”?

Nunca somos iguales, vamos variando con todas las cosas que nos suceden en la vida, nos cambian.

Creo que soy mejor persona porque me conozco más a mí misma y eso hace que uno esté en el lugar exacto. Quizás.

 

 Fotos: Patricia Rosas-Godoy