Nos matan por ser mujeres

Nos matan por ser mujeres. Eso dicen las sentencias que se refieren a crímenes machistas.

Se mata, viola, denigra, veja, ataca… (valga aquí cualquier verbo que implique violencia) a la mujer por el hecho de serlo.

Le he dado muchas vueltas a esta idea, a esta coletilla que introducen los jueces en las sentencias: “Asesinada por ser mujer”, creo que sin saber muy bien qué quieren decir con ello, sin ser siquiera capaces de imaginar lo que puede llegar a significar eso.

Ha sido la gran Almudena Grandes quien me ha hecho entenderlo a través de uno de sus brillantes artículos. No nos matan por ser mujeres, por el hecho de ser mujeres; nos matan porque, como somos mujeres, creen que pueden hacerlo.

Ser mujer te convierte en víctima potencial. Ser mujer supone vivir a disposición y antojo de la voluntad del hombre. No es el género el motivo del delito, sino la circunstancia que te convierte en blanco de su deseo y en víctima de su voluntad.

Se trata, al fin y al cabo, de crímenes de odio, el mismo odio que lleva a atentar contra una persona homosexual, con una diversidad funcional o una persona de color. El hecho de tener la consideración de ser un ser inferior (obviamente no es una consideración explícita, ni reconocida, sino tácita e implícita en una sociedad machista), te pone en su punto de mira.

Nacer mujer te convierte en presa ante un cazador. Es nuestra condición de mujer la que nos hacer ser víctimas al azar. En eso consiste: en mero y simple azar.

Un hombre, por lo general, es asesinado porque existe un motivo, un móvil que justifica su muerte. La de ese hombre en concreto, y no la de cualquier otro, ya sea una venganza, un ajuste de cuentas, el resultado de una pelea; los celos, la ambición o el odio de una mujer maltratada frente a su verdugo.

La -gran- diferencia es que el hombre que es víctima, lo es (normalmente) por un motivo, motivo que para su agresor o agresora es suficiente como para justificar ese atentado contra su vida. Sin embargo, las mujeres morimos al azar, a las mujeres se nos viola al azar.

El hecho de nacer mujer te hace susceptible, de por vida, de ser víctima de un ataque machista.

En mi opinión, el origen de este patrón se encuentra en la semilla que el sistema heteropatriarcal instaurado en nuestra sociedad desde hace cientos, quizá miles de años, ha sembrado en nuestra mente, en nuestra forma de vivir y de pensar; la idea de que la mujer es inferior al hombre o, más bien, que el hombre es un ser superior a la mujer.

Esta idea o patrón, implica que al ser nosotras “seres inferiores”, estamos y vivimos por y para ellos, a su disposición, doblegadas a su voluntad, como lo está cualquier otro animal.

Podemos negarlo todo lo que queramos, pero esa ponzoña está en la mente de todos y cada uno de nosotros, hombres y mujeres, desde que nacemos. Envuelve nuestra forma de vivir, empapa la educación que hemos recibido, la respiramos en cada una de las facetas de nuestra vida, a todos los niveles y nos llega a las entrañas.

Esta creencia, este veneno, tan sutil pero tan profundamente arraigado, es el que les hace (nos hace) creer que pueden disponer de nosotras. La mujer está a disposición de los hombres porque es un ser inferior, una cosa, algo que se puede usar y después tirar.

Se puede disponer de nosotras y, por eso, vivimos continuamente en riesgo de ir andando por la calle y ser víctimas de una agresión, una violación, un homicidio… pero no es necesario irse tan allá.

Una mujer, paseando por la calle, es objeto de acoso callejero (el machismo lo llama “piropos”). Una mujer, en una discoteca, es objeto de toqueteos no deseados. Una mujer, en su trabajo, es víctima de acoso laboral. Una mujer, en el metro, es objeto de miradas obscenas e incluso de tocamientos explícitos dirigidos a ella. Una mujer, en las redes sociales, es víctima de mensajes enviados por desconocidos con ofrecimientos sexuales que no han sido solicitados.

Todo esto ocurre porque la mujer es considerada un ser humano de segunda, igual que lo son las personas homosexuales, de color o las que tienen una diversidad funcional, y sólo por no cumplir los cánones que impone el heteropatriarcado para ser ciudadanos de primera: hombre blanco heterosexual.

No es cuestión de agravar las penas existentes, de establecer la pena de muerte ni de alimentar venganzas. Es cuestión de buscar ese germen machista y erradicarlo, día tras día, gesto tras gesto, palabra tras palabra y acción tras acción, y elevarnos (a las mujeres), ahora sí, al nivel de seres humanos, pensantes y sintientes, a ciudadanas de primera, como lo son ellos.

Igual que un hombre no cree que pueda disponer, matar, violar, lesionar a otro hombre por el hecho de que pueda hacerlo (y utilizo aquí el verbo poder en dos de sus acepciones: facultad y capacidad para hacer algo y legitimación para llevarlo a cabo), hemos de llegar al punto en el que, por mucho que cuatro hombres paseando por una ciudad tengan ganas de sexo y de divertirse con una mujer, sea inconcebible el hecho de que crean que, para calmar esas ganas, pueden disponer de una mujer (elegida al azar) y en contra de su voluntad, la metan, prevaliéndose del miedo de ella, en un cajero y satisfagan sus ganas con “esa cosa” de usar y tirar.

Ha de llegar el día en que ni se nos pueda pasar por la cabeza disponer de alguien contra su voluntad.

El día en que ningún hombre piense que cuando su pareja no se doblega a sus deseos, pueda doblegarla por la fuerza.

El día en que, si nos queremos rebelar ante sus normas, si queremos ejercer la libertad con la que supuestamente nacemos, no se nos apaguen las ganas con un tortazo en la cara que nos recuerde esa ciudadanía de segunda.

Ha de llegar el día en el que exista hacia nosotras el respeto que se profesan entre ellos: el de seres humanos intocables.

Igual que un hombre no acosa a otro hombre por la calle, porque sencillamente no se cree con el derecho de hacerlo, ha de llegar el día en que sea una barbaridad pensar que un hombre pueda decirnos obscenidades por la calle porque a él le apetezca; el día en que no seamos capaces de imaginar que, en una discoteca, un hombre nos toque el culo sin más, porque le da la real gana, porque como somos mujeres y le apetece, puede hacerlo.

Desde que somos niñas experimentamos el instinto protector que despertamos en nuestros padres, en nuestros hermanos mayores, en nuestros amigos, y es curioso: ese instinto protector siempre suele ser más contundente en los hombres que en las mujeres, sobre todo cuando somos niñas.

Cuando somos mayores se equipara entre géneros; amigos y amigas se preocupan por ti en la misma medida (escríbeme cuando llegues a casa). Nos sabemos víctimas potenciales e intentamos cuidarnos. ¿A qué responde este instinto protector? A que nacer mujer es nacer con un estigma.

Ellos lo saben, y por eso los padres tienen más cuidado de sus hijas que con sus hijos. Y lo saben porque son hombres, y saben como funciona el juego. Naces mujer y, por el hecho de serlo (aquí sí), asumirás durante toda tu vida un riesgo que no asume o no marca a un hombre.

Y ese conocimiento implícito, que, aunque no reconozcas, está implantado en tu mente, en tus entrañas, es el que, aun de forma involuntaria e inconsciente, hace que aceleres el paso cuando pasas delante de un grupo de chicos, sobre todo si es de noche y la calle está oscura.

Esa consciencia de ser “seres inferiores” en esta sociedad es la que te empuja a cambiarte de acera cuando ves a uno o varios chicos que no te gustan, en manada; es también la que mete tu mano en el bolsillo y te hace agarrar el móvil o sacar las llaves rápidamente y entrar corriendo al portal, para estar a salvo.

Actos inconscientes que, en realidad, son muy conscientes.

Se trata de una consciencia involuntaria, de un instinto: el de supervivencia. Sin más. Porque sabes que, por el hecho de ser mujer, vives en peligro. Es curioso, tenemos muy normalizada esa preocupación hacia las mujeres por parte de hombres y mujeres: te acompaño a casa, avísame cuando llegues, ten cuidado, ve con tu hermano… Lo que decimos, sin decirlo, es que te cuides de no ser matada, de no ser violada. Es que intentes llegar viva a casa.

Laura Luelmo salía un día, como otro cualquiera, a correr. Llevaba encima unas mayas, una sudadera, sus sueños, una vida, y también, como no, su estigma: haber nacido mujer. Cada día que salía a correr, cada noche que salía a cenar fuera de casa, cada vez que iba a comprar el pan, a bailar a una discoteca, cada momento que vivía, al fin y al cabo, estaba expuesta a la violencia contra ella.

Eso no le ocurre a Paco Pérez que, en principio, puede hacer cualquiera de esas actividades sin riesgo a ser atacado. Paco Pérez no hace tanto uso de su instinto de supervivencia, que habita en él inerte la mayor parte de su vida. Ellos pueden vivir tranquilos, porque solo les matarán, les lesionarán, les vejarán, si le han hecho algo a alguien. Nosotras no, nosotras somos víctimas porque sí, por el mero hecho de ser mujer.

Las víctimas de las manadas (la manada de Pamplona, la manada de Alicante) fueron víctimas circunstanciales, elegidas al azar. No habían hecho nada más allá de nacer mujeres. Se dice que iban provocando. ¿Cómo termina esa frase? Vas provocando que te violen, que te maten.

Ten claro que, como eres mujer, pueden hacerlo. Así que no les des más motivos de los que ya tienen. Esconde tus pechos, esconde tus piernas, esconde tu bonita cara, intenta pasar por la vida de forma desapercibida, porque eres una víctima en potencia. No quieras llamar la atención, su atención. Agacha la cabeza, no les mires a los ojos, intenta que no te vean y así, con suerte, podrás vivir a salvo. No destaques, no intentes resaltar tus atributos físicos (aunque lo hagas para ti) porque será como ponerte una diana en el pecho. Te pondrás en su punto de mira. Piensa que pueden hacerlo, pueden violarte, así que no les des motivos.

No -les- provoques.

Dejad (dejemos) de cuidarnos, y emplead (empleemos) esa energía en buscar y erradicar esa semilla, ese gen de superioridad e intentemos erradicarlo. Saquémoslo a la luz, reconozcámoslo y eliminémoslo. Convirtámonos en ciudadanos y ciudadanas iguales, de primera, que no tengan derechos los unos sobre los otros.