Prohibido hablar de la regla

La regla da asco

Hace más de dos décadas, la serie Sex and The City irrumpió en el mercado televisivo, y durante 6 años logró poner sobre el tapete un montón de temas en torno a la sexualidad femenina de los que no solía hablarse públicamente: orgasmo, masturbación, cómo la mujer sufre la disfunción eréctil, entre otros.

 

 

No se puede negar que la inclusión de esos temas en el entretenimiento, les permitieron colarse en el discurso de muchas mujeres de la vida real en sus veintes y treintas para ese momento.

De entonces en adelante, muchas series de TV han hablado de aspectos incómodos de la sexualidad femenina. Younger, otra serie del mismo creador de Sex and The City, y que apunta a mujeres entre los tardíos veintes y los cuarenta, aborda, también con humor, varios “asuntos incómodos”, como la copa menstrual y el sexo durante la menstruación.

 

¿Y por qué incómodos?

Pues porque para las mujeres latinas de más de treinta (Generación Y, X y también algunas Millennials) la regla sigue siendo un tema ‘sucio’ del que muy poco se habla.

Voy a poner el ejemplo de dos escenas de Younger que traje a colación frente a unas amigas cuando recién empezaba a ver la serie.

En una de ellas, y emulando una escena muy similar de Sex and The City, Kelsey, le cuenta a su amiga Liza que su copa menstrual está atascada -cuyo uso parece totalmente natural para ellas- y Liza le ofrece ayuda para ‘desatascarla’.

En ese entonces yo había comenzado a usar la copa menstrual y se me ocurrió comentarlo en una reunión de mujeres.

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“¿Y no te da asco?” fue el comentario de al menos dos de mis amigas, después de tener que explicar en qué consistía eso de la copa menstrual.

“¿Tienes que tocar la sangre para vaciarla?”, me preguntaron.

Respondí que sí, que la tocabas un poco y enseguida te lavabas las manos; y que al principio me daba un poco de asco pero que luego lo superé, asumiendo que era sangre que venía de mi cuerpo.

Todas coincidieron en que definitivamente la copa no era para ellas, que mientras siguieran existiendo las toallas sanitarias y no tuvieran que tocar la sangre, las seguirían usando, y que por supuesto, jamás harían algo como lo que hizo Liza por una amiga, por más grave que fuera el atasco.

Acoto aquí, que cada vez que el tema del uso de la copa ha salido a colación en cualquier conversación después de esa, las preguntas han sido exactamente las mismas, siempre con el tema del asco presente.

En otra ocasión, hice alusión a una escena en la que Josh, el novio de Liza, asume que su negativa a tener sexo se debe a que ‘está en sus días’ y él le ofrece usar sobre la cama una toalla que tiene ‘especialmente para esas ocasiones’, demostrándole que no tiene el más mínimo pudor en hacerlo con ella.

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Mis amigas respondieron más reacias en esa ocasión; la mayoría de mis coetáneas hablan muy poco de ello aunque reconocen que sí lo hacen con su pareja ‘de confianza’ durante la menstruación, y otras, las menos, prefieren abstenerse.

Paradójicamente debo decir, que sobre ese tema he obtenido respuestas mucho más amables de parte de hombres que de mujeres: la mayoría de los hombres reconocen que si tienen ganas, poco les importa ‘hacerlo con la regla’: “Se toman precauciones”, “Lo hacemos en la ducha”, son algunas de las respuestas.

Pero, al menos en mi país, Venezuela, los chistes sexistas están a la orden del día, y se siguen diciendo cosas como que si la mujer tiene la regla, la pareja se abstiene o, peor aún, que a ella le corresponde darle sexo oral para compensar al hombre (hay quienes, incluso, hablan a modo de broma de “la semana de las mamadas”).

Así que creo que hay mujeres que se abstienen, porque asumen que a los hombres les da asco, aunque no en todos los casos es cierto.

Estos son solo dos ejemplos de lo ingratas que son las conversaciones en torno a la menstruación entre las mujeres de mi edad.

Decir que tienes la regla en voz alta, por poner un ejemplo, en tu oficina, en la universidad o simplemente entre un grupo de amigos, puede hacerte quedar como una desvergonzada.

Recuerdo la vez que se lo compartí a mi jefe (hombre) porque me sentía terriblemente mal y una compañera de trabajo me llamó aparte, horrorizada, para pedirme que no volviera a decir “eso”.

Para ella “no estaba bien hablarlo”. Entonces, le pregunté qué hubiera dicho ella en ese caso,

Y me respondió que usualmente inventaba algo si es que se veía obligada a reconocer que tenía malestar; pero jamás se le ocurriría confesarle a su jefe que estaba menstruando.

En otra ocasión, mientras vivía en Colombia, me pasó algo similar -porque jamás he entendido por qué hay que guardarse algo que nos sucede a todas las mujeres de forma natural-. Una compañera de clases me confesó que ella jamás en su vida había pronunciado la palabra ‘regla’ y que usaba el nombre de “empacho” para referirse al malestar que le producía.

Así es que cuando ella decía que “se sentía con empacho”, ya su novio podía deducir a lo que refería. Yo no podía creer que ella no pudiera llamar a “eso” que le pasaba una vez al mes por su nombre delante del hombre que después se convertiría en su esposo.

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De la regla hablamos tan poco, que si una mujer ve a otra manchada de salsa de tomate en su camisa, probablemente se lo diga sin dudarlo; pero si ve una mancha en su pantalón que pueda deberse a la regla, es factible que no se lo diga, a menos que sea una amiga, porque a nosotras -y creemos que a ella- nos da vergüenza siquiera pronunciarlo.

Y ¿por qué nos avergüenza levantar la alerta? Porque creemos, en el fondo, que mancharse con la regla es sinónimo de ser desaseada, descuidada y, por ende, es motivo de vergüenza.

Sí, las mujeres podemos ver personas desangrándose y con llagas supurantes en una película, -y hasta en persona-, y podemos soportar cualquier clase de escatología visual, pero una compañera de trabajo con el pantalón manchado, levanta todas las incomodidades del mundo.

También hay una mitología latinoamericana asociada con el estar ‘en tus días’ que les debemos a nuestras madres, tías y abuelas.

¿Les suenan cosas como estas?: No debes caminar descalza, no te bañes en la playa, procura no comer cítricos, si intentas preparar postres dañarás las preparaciones o no te puedes pintar el pelo.

Todas creencias que vienen a alimentar el que la mujer que tiene la regla ‘está maldita’ o ‘sucia’ de alguna manera.

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A mí, particularmente, me resulta curioso que la regla y el sexo sigan estando en desventaja frente a otros temas -y otras sustancias corporales- de los que sí se habla entre mujeres con mucha más apertura y voy a poner el ejemplo del semen masculino.

Ciertamente no está compuesto igual, no es sangre. Pero del semen hablan los sexólogos, los hombres hacen chistes (algunos muy incómodos, ciertamente), se habla en revistas de salud acusando sus beneficios y hasta hay algunas mujeres que son capaces de reconocer que hace parte de sus juegos de placer, lo tocan con sus manos, lo ponen en su boca o en otras parte del cuerpo y hasta lo consumen.

En Sex and the City era tema recurrente y hay una escena muy recordada -y graciosa- en torno al dilema de tragar o no tragar el semen.

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También, curiosamente, en Sex and The City, hay un episodio sobre la costumbre de orinar a la pareja como práctica sexual, pero ni uno solo sobre tirar o coger (o garchar) con la regla, lo cual viene a confirmar mi teoría de que la regla era caca también, para sus productores, aún en esa época.

Miren, no se puede negar que la regla es la parte de nosotros que nos causa más pudor, vergüenza y sí, asco. También es la más dolorosa e incómoda porque no han desarrollado todavía el método de ‘recolección’ que nos haga plenamente felices, o cómo ‘impedirla’ sin pagar un precio muy caro por ello.

Pero aunque convivimos con ella durante 6 o 7 días del mes (o sea, un 25% por ciento de nuestro tiempo), aún es regla general que la regla ‘no se toque’ porque da asco.

Afortunadamente, los movimientos que van en la onda “Body Positive” con sus contenidos y discursos, han comenzado a tratar de normalizar la regla cada vez más, entre otros temas del universo femenino, entendiendo que cuando rechazamos tanto algo que resulta inevitable, indirectamente, nos estamos impidiendo llevar a cabo una vida plena, más libre de prejuicios contra nosotras mismas.

Por eso, no solo Younger, también muchos programas de TV, redes sociales y contenidos en general, hablan de ella, y han empezado a mostrarla con más naturalidad, y ya no como el líquido azul del que salían flores y maripositas que se usaba como metáfora en los comerciales de productos íntimos.

Por mi parte, si escribiera o produjera una serie de TV con la popularidad de Sex and The City o de Younger – que sigue siendo uno de mis sueños- sin duda, describiría una escena en la que una mujer tiene el pantalón cagado y otra con una mancha de regla, a ver cuál de las dos levanta solidaridad y cuál más actitudes hostiles.

¿Ustedes qué creen?

Yo no digo que le hagamos un altar a la regla, pero sí creo que podríamos reconciliarnos un poquitico con ella desde nuestra pequeña esfera personal. Siendo más compasivas con esa mujer que la sufre de alguna manera (porque se manchó, necesita ayuda o comprensión).

Esto, entendiendo que no pasa nada si la tocamos o si conversamos con más apertura del sexo y la regla con nuestra pareja, no condenando a esa mujer que es más abierta sobre el tema, y sobre todo, no contribuyendo a replicar esas creencias o condenas que nos hacen más difícil el tránsito por nuestra vida como mujeres.

Normalizarla y dejar de tratarla como si fuera caca, pues.

Qué bueno, si a ver vamos, con la caca también tenemos que vivir a diario y no solo la propia, aunque mal nos huela.

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