Samanta Villar: “Pedir ayuda es pedir ayuda a la pareja, y si esa pareja no te responde como tú necesitas, ¡Cambia de pareja!

“El primer año tras el nacimiento de mis hijos no trabajé porque tenía que elaborar un nuevo formato televisivo, y negociarlo con la cadena, cosa que implicaba una dedicación de varios meses. Así que estuve un año en casa con los niños. Al volver a mi rutina laboral, descubrí que, paradójicamente, yendo a trabajar, descansaba. Pero si la jornada se alargaba demasiado y no podía ver a los niños, me sentía triste y culpable. Todo había cambiado”.

Así comienza el libro La carga mental femenina, de la escritora, periodista y presentadora española, Samanta Villar, quien, antes de esta obra, escribió también “Madre hay más que una”, un libro que cuenta la historia de su embarazo por donación de óvulos y el “lado B” y lo no tan chévere de la maternidad.

Convertirse en mamá de gemelos, le ha hecho replantear su vida y su trabajo, descubrir sus propias luces, pero sobre todo, sus propias sombras, esas que ha expresado sin pelos en la lengua en varias oportunidades, que la han hecho blanco de críticas; pero que también le ha permitido aglutinar a madres agradecidas por verbalizar eso que se siente muchas veces sobre la maternidad, pero que nadie es capaz de decir (ni de reconocer).

 

¿Con qué se come eso de la carga mental femenina?

 

La carga mental es ese esfuerzo no físico, sino mental que produce tensión, por todo lo que hay que hacer durante el día y la semana (el trabajo invisible), por el empeño de querer encargarnos de todo (porque si no lo hago yo, nadie lo hace) y por las evidentes desigualdades que hay entre las labores diarias de una mamá y un papá.

Para que tengan una idea, la compañía Procter & Gamble publicó una encuesta que concluyó que en España, 3 de cada 4 mujeres sufren carga mental y 87% de las mujeres se siente responsable de las labores del hogar (aunque trabajen), frente a un 12 % de los hombres.

 

Entonces, mi conversación con Samanta comenzó así:

 

Mira, no te imaginas la carga mental para poder hacer esta entrevista (Risas)

 ¡Sí! ¿no? Encima la diferencia horaria… Eso es algo que no contemplaba yo en el libro…

 

No, además no te imaginas ayer preparando la entrevista, pero además preparando todo: dejo listo el desayuno de mi hija, cuadro aquí esto, luego la llevo a la clase de baile, tenía una exposición de los dinosaurios, le hago el cambio de aceite al carro…

¡Pero es increíble! o sea, da igual el país en el que hablemos de esto, estamos todas igual ¡Esto es universal! ¡Es asombroso!

 

Claro que es algo universal, y me he dado cuenta que sí, que nosotras nos cargamos de todo porque asumimos que todo nos toca a nosotras exclusivamente, entonces terminamos enfermándonos. 

 Claro, es así. Encima nos sentimos con la obligación moral y no nos organizamos de otra manera. No existe la corresponsabilidad ¡No existe!

Al final nos llevamos nosotras toda esa carga y aparte, como socialmente también nos lo refuerzan, entonces “eres una superwoman”, “eres una buena madre”, “una buena mujer”, “una buena nuera”, “una buena hija”,  entonces claro, entre la obligación moral – que nos han educado de esa manera- y además el refuerzo social, pues la trampa ya está ahí servida y vamos como locas toda la vida.

 

Pero además, yo creo ustedes la tienen más difícil allá (en España), porque muy pocas personas cuentan con ayuda. Me parece que puede ser mucho más fuerte la carga mental para ustedes que para nosotras, y aún así, es muy duro para todas.

Sí, sí. Piensa que aquí también depende mucho del poder adquisitivo y de la situación de cada familia. Sí hay familias que tienen una mujer interna.

Pero aparte de tener una persona en casa que te pueda ayudar más o menos horas, también está el sentimiento de culpabilidad, de no estar presente en la vida de tus hijos, o no estar a la altura que se supone que se nos exige y que nos exigimos nosotras mismas, ¿Sabes?

 

¿Alguna vez has sentido que necesitas tomarte unas vacaciones de esto y decir: “Vengo en una semana, me voy a ir a dormir”?

 ¡Totalmente! Claro que sí… Nos pasa muy a menudo que cuando trabajas, parece que vas a descansar, ¿no?

Entonces estás trabajando y viene ese momento de descanso, -porque la crianza es muchísimo más dura que el trabajo- y luego a veces, por ejemplo, por el trabajo tengo que estar un par de noches a la semana… Bueno, no todas las semanas, pero alguna vez tengo que estar fuera de casa y entonces dices como: “Wao, ¡Aleluya!, voy a poder dormir 8 horas seguidas… ¡Qué bien!”

 

Sí, de hecho lo has dicho mucho en tus entrevistas, que el trabajo es un descanso, pero en muchos países, decir que vamos a trabajar, que de verdad el trabajo nos hace descansar o nos hace tomar un respiro, ¡Nos avergüenza!

 Bueno, obviamente es una creencia porque aquí sí que está bastante aceptado que digas “¡Uf! Menos mal ya es lunes y puedo volver después del fin de semana del estrés, de la intensidad, de los niños, de la falta de descanso y todo eso…”

Es una idea comúnmente aceptada. Pero de todas maneras, sí que es verdad que sobre las mujeres siguen recayendo multitud de obligaciones que son universales, obligaciones morales que tienen mucho que ver con los cuidados: tanto de niños como de gente mayor.

Se asume y está normalizado que son las mujeres las que tienen que llevar eso adelante y nosotras mismas nos obligamos a esto, a dar el máximo de nosotras en ese sentido.

Y al final, una mujer que está trabajando fuera del hogar, con su trabajo principal y que luego llega a casa y tiene que estar al mando del hogar y al mando de los cuidados de los hijos, incluso teniendo ayuda, es pluriempleada. Está haciendo dos trabajos: el de fuera de casa y el de dentro de casa, solo que el de dentro de casa no está remunerado y no está tan bien considerado tampoco…

 

 

Imagínate que cuando nacieron tus hijos, que dijiste que la maternidad restaba calidad de vida; mi hija tenía dos años, y yo en ese momento estaba saliendo de una depresión postparto horrible. Pensé: “Cuánto le agradezco a Samanta Villar que haya dicho esto, porque había verbalizado algo que yo pensaba y que no me había atrevido a decir”

Y la verdad es que me pareció que a pesar de la polémica que se armó, al fin alguien hablaba de esto, de esta manera y decía las cosas tal y como eran.

Y fíjate que es verdad que existió la polémica, pero al mismo tiempo se generó todo un movimiento de mujeres que se empezaron a poner en contacto conmigo diciéndome: “Gracias, por fin alguien está hablando de esto y ¡adelante! porque necesitamos más mujeres conocidas (y desconocidas), pero más mujeres al final, diciendo lo que es la realidad”.

Y es que es agotadora, te puede llevar al límite psicológico y físico.

 

Antes de tener a tus bebés… ¿Tú más o menos calculabas lo que te venía?

No, no, ni en pedo. Vamos, qué va. Ni en broma. No, no. Si hubiera tenido sobrinos antes que hijos, quizás habría visto otra realidad…

Pero yo fui en esto la primera de la familia y me considero una persona bien informada, soy periodista, leo todo tipo de historias, todos los días consumo medios de comunicación; y a mí me impactó muchísimo que un tema como este no me hubiera llegado simplemente profesionalmente, ¿no?

Alguien que hubiera escrito sobre la maternidad, las dificultades de la maternidad y las situaciones por las que pasan las mujeres cuando son madres.

Y eso fue lo que yo como periodista detecté y me vi obligada a explicar: ¡Cuidado chicas! que falta la historia real de la maternidad hoy en día y yo se las voy a contar porque la estoy viviendo en primera persona; entonces quién mejor que yo para decirles: “Vale, todo lo bueno que les han dicho, sí, está aquí; pero les han dejado de decir toda una serie de aspectos que no son tan buenos y necesitáis saber antes de tomar esta decisión.”

 

¿Y por qué crees que las mujeres callan? ¿Es políticamente incorrecto o qué?

Bueno, hay varios factores: uno, es que las chicas lo compartimos en petit comité, con las amigas más cercanas o con otras mujeres que estén pasando por la misma situación. Pero con desconocidos tenemos miedo a que nos juzguen.

Yo me di cuenta de esto hace muchos años, tenía 25 años, fui a una tienda y había una chica de mi edad que estaba embarazada, y le pregunté de manera protocolar “¿Qué tal, cómo estás?”, -simplemente porque estaba embarazada- y ella me dijo: mal.

Claro, no es la respuesta que esperas de una mujer embarazada, y me dio curiosidad y le pregunté, “¿Por qué, qué pasa?” y me dijo: “Bueno, es que estoy sin dormir, me duele la espalda; no puedo fumar, no puedo beber, pero mi pareja sí lo hace; no puedo salir de noche porque estoy agotada, pero él sí puede salir; no puedo ir en bicicleta… Pero lo peor de todo no es eso, lo peor de todo, es que no me puedo quejar, porque si me quejo, me miran mal y me preguntan si no me hace ilusión ser madre”.

Entonces ahí detecté el tabú, el discurso único, la narrativa muy establecida sobre cómo tienes que sentirte y cómo tienes que hablar de la maternidad.

En el momento en el que empiezas a expresar quejas por cosas básicas que te van ocurriendo, te van a responder con el estigma. Entonces hay muchas mujeres que tienen miedo a que las juzguen y a que las estigmaticen por expresar estos inconvenientes que tiene el ser madre.

 

Ya tus hijos tienen 3 años y yo siento que has cambiado el discurso, ¿Qué reto tienes en este momento?

Sí, cada época tiene sus cosas, ¿no?

Es verdad que ahora físicamente es más llevadero, pero efectivamente ahora tienes que manejar a dos niños que tienen 3 años y que tienen su propia personalidad.

Y además, cada vez te enfrentas a retos nuevos cuando encuentras una fórmula que te funciona durante un tiempo más bien corto. Entonces ellos espabilan y de repente ya no te funciona aquella fórmula, tienes que ser súper creativa, muy despierta, muy rápida con los niños para irlos llevando hacia tu terreno más o menos; aceptar que no siempre se van a tu terreno y que tienen su propia personalidad y que quieren hacer otras cosas.

Y bueno, al final yo digo: esto es como un videjojuego, van pasando cosas y tú tienes que ir reaccionando… Y tienes que reaccionar de prisa porque si no, la cosa se va de madre.

Entonces bueno, es estresante, muy estresante; es agotador y muchas veces es frustrante: no consigues que el niño coma, no consigues que el niño duerma, no consigues que deje de llorar…

Son situaciones que forman parte del crecimiento y la crianza; y yo creo que era más fácil antes cuando teníamos tribus, en el sentido de comunidad, cuando tenías a la abuela cerca, a las tías cerca y podías compartir esas crianzas con las demás, y en un momento dado decir: “no puedo más, cógelo tú”.  

 

¿Te has sentido muy sola en ese sentido? Ahora sientes que como no hay esas tribus como antes ¿Las mamás siente mucha soledad?

 Yo creo que sí, que se nota esa soledad. A mí me parece que el sistema anterior tenía que tener – en cuanto a la crianza- grandes ventajas.

También es verdad que nosotras hemos construido una vida en la que hemos reivindicado mucho nuestra individualidad y nuestra libertad propia, y también el hecho de no tener a la familia cerca tiene otras ventajas.

Pero es verdad que cuando entran los niños en juego, yo preferiría renunciar a cierta parte de mi libertad, digamos, a cambio de que alguien que me eche una mano.

 

En tu libro “La carga mental”, hablas de un viaje de trabajo en el que estabas y que no podías coger un avión para ir a ver a tu hijo a quien estaban operando. En ese momento dijiste: “¡No más!” ¿Has renunciado a todos tus viajes?, ¿Qué otras renuncias has hecho en este camino?

Yo la verdad es que tengo una situación de privilegio, y en el nuevo programa que estamos emitiendo ahora, que se llama “La vida con Samanta”, yo adapté el formato, para viajar muchísimo menos, -como la tercera parte de lo que viajaba antes-, y entonces hice que los personajes vinieran a mi casa, en lugar de ir yo a la casa de los personajes.

Fue una manera de conseguir cierta conciliación. También es verdad que mi caso era extremo, o sea, yo me pasé 10 años viajando sin parar… No estaba más de una semana en el mismo sitio, entonces eso era incompatible con la crianza.

Pero es verdad que las dinámicas te vuelven a llevar a: “Bueno, ahora que los niños están bien, está todo calmado, ha surgido un personaje en Argentina, que si no vas tú, es que no se va a entender”. Al final la profesionalidad ¡pum! te vuelve a empujar: “Venga va, me cojo este vuelo pero lo hago corto en 3 días”.

En 3 días que cruzas el charco, ruedas y vuelves a venir…

Pasas una semana con el estómago hecho polvo, por el jetlag, luego, vengo y tengo dos niños que tampoco me dejan descansar y no me recupero… Bueno, un drama, un desastre.

En fin, que cada vez dices: tengo que poner el límite en algún sitio y a mis hijos no les puedo decir “no, ya no te atiendo”, ¿Sabes?, entonces lo único que me queda en el trabajo, es decirle “no, no voy hacer esto más”…

 

¿Y cómo te has sentido con eso?

 Me siento que hay mucha presión y que yo tengo que ser igual de fuerte que esa presión, en sentido contrario.

La presión siempre es: sigue trabajando, trabaja más, da más, demuestra más, viaja más, rueda más, ¿Entiendes?; y esa presión va a existir siempre, lo que pasa es que yo tengo que ser lo bastante fuerte como para decir: “no, no lo voy a hacer”.

Mentalmente me viene muy bien plantearme que tengo la obligación de descansar, no como un derecho, sino como una obligación, porque así defiendo a capa y espada ese descanso: si no descanso, no puedo trabajar bien; si no descanso no puedo atender bien a mis hijos; con lo cual en mi top 3 de prioridades está descansar.

Es mi obligación descansar y así esto me permite decir “Mira no, no voy a coger un vuelo a las 4:00 de la madrugada para volverme pasado mañana también a las 5:00 de la madrugada porque esto me perjudica a mí y perjudica a todo lo demás”.

O sea, que en realidad también para el trabajo va bien que descanse y que diga no.

 

Pero al menos tú lograste organizarte y conciliar, yo creo que la mayoría no lo logra. ¿Tú crees que la conciliación es una fantasía para las mujeres?

 Totalmente, la conciliación yo digo que no está por hacer, está por imaginar.

No se está tomando en serio algo que es estructural de nuestra sociedad y que es una cuestión política porque la natalidad es una cuestión de estado, de todos los estados; no se debería reservar a un terreno personal puramente.

Obviamente, es una decisión personal, pero una vez que tienes los hijos, es una cuestión también política; incluso previamente a tenerlos también es una cuestión política, porque todos los estados, por ejemplo, España tienen un índice de natalidad muy bajo, necesita fomentar ese índice de natalidad.

Hasta que no haya una política de conciliación seria, no existirá ese fomento de la natalidad. Y esa política de conciliación implica necesariamente la corresponsabilidad: que los hombres asuman nuevas competencias en los cuidados.

Mi teoría – me gusta decir- que yo estoy convencida de que la familia no se toma como un asunto político serio porque tradicionalmente ha sido un asunto femenino, pero que el día que exista la responsabilidad y que los hombres estén tan implicados en los cuidados como las mujeres, será un tema top de la agenda política… Porque está en la vida de todos, todos los días, no sólo en la vida de las mujeres.

 

Pero queda mucho camino por recorrer, hay que hacer un cambio estructural, una verdadera revolución para que venga, incluso, un cambio mental en las mismas mujeres, porque todo esto me hace pensar que definitivamente maternidad y profesión no es compatible, en estas condiciones, realmente no lo es.

 Debería serlo, no es imposible la conciliación y la compatibilidad, no es imposible…

Y en esto no deberíamos hablar de mujeres conciliando, deberíamos hablar de personas conciliando. Si para ellos es posible, para nosotras también debería serlo.

Pero tienes razón en que también necesitamos un cambio de mentalidad de las propias mujeres, que no seamos nosotras siempre las que entramos tarde a trabajar, porque llevamos al niño a la escuela, o las que salimos antes porque los tenemos que recoger, o que nos ausentamos del trabajo porque nos llaman de la escuela porque el niño tiene fiebre -y sólo vamos nosotras y no va el padre-.

Claro que en esto influye que generalmente ellos tienen un sueldo superior, entonces, obviamente, hay varios flancos por los que hay que ir atacando este problema: las mujeres necesitamos un trato igual, necesitamos una igualdad de oportunidades, de condiciones económicas; pero además nosotras tenemos que quitarnos de encima esta obligación moral de estar con nuestros hijos y traspasársela también a ellos.

Ellos tienen que estar también más presentes en la vida de sus hijos y entender que los cuidados pueden ser compartidos. Deben serlo.

 

¿Cómo podemos de verdad volvernos co-equiperos con nuestra pareja en casa?

Pues, es que esto es a base de comunicación y negociación; pero también, para empezar, primero tienen que entender que es responsabilidad de ellos igual que de la mujer.

No sé en Colombia, pero aquí los hombres ponen lavadoras igual que las mujeres. Es que hay que empezar por el principio, y es que aprendan a poner la lavadora… Aquí ya saben.

Ponen la lavadora, cocinan, a lo mejor la plancha les da más pereza, como a las mujeres, entonces le huyen un poco… Pero bueno, que los hombres, para mí y para la mayoría de las mujeres en España, sería muy raro estar con una pareja que te dice: “no, mira, es que yo no voy a poner lavadoras”, es como What?

Se considera muy machista eso, no es aceptable, ya no.

O que mi pareja me hubiera dicho: “Yo no voy a cambiar ningún pañal del bebé”, ¿Cómo?, ¿Perdóname?, Por supuesto que vas a cambiar pañales, es tu hijo igual.

Es algo que ya ganó la generación de mi madre, ellas lucharon porque los hombres asumieran, o porque participaran o ayudaran en el hogar. Lo que ahora pedimos, no es que ayuden, lo que ahora pedimos es que se responsabilicen igual que las mujeres.

Al mismo tiempo, como mujeres tenemos que estar dispuestas a ceder ese espacio de poder y control, porque al final, nosotras también queremos que la ropa se tienda de una determinada manera, porque es la que se seca mejor y no se arruga y no sé qué; que luego los productos en la cocina estén ordenados “así”, o que la cama se tiene que hacer de esta manera, o que los calcetines van así en los cajones, etc.

Entonces, si nosotras queremos la corresponsabilidad y se la exigimos a ellos, tenemos que estar preparadas para que ellos hagan las cosas a su manera.

 

Esa es una conversación que hay que tener “antes de”… Y nadie la tiene… ¿Cierto?

 Claro, porque hasta ahora hemos asumido con total normalidad que al final el mando del hogar lo va a llevar la mujer y el hombre hará aquello a lo que la mujer no llegue: “Cariño, puedes llegar a coger tú los huevos que nos faltan en casa, cuando salgas del trabajo los compras tú, ¿Por favor?”

Y es como ¡No!, ¿Por qué no está él pendiente de si faltan huevos?

 

Samanta, ¿Qué le dirías a las mujeres para lidiar con la carga mental, a ver si le pasamos un poco de carga mental a los papás, o a los hombres en general o simplemente quitarnos la carga mental nosotras?

Lo primero, que no se sientan culpables, que no es culpa de las mujeres.

Y lo segundo, pedir ayuda, y pedir ayuda es pedir ayuda a la pareja y si esa pareja no te responde como tú necesitas, ¡Cambia de pareja! Ya está.

Si es que no necesitamos hombres que se comporten como niños, necesitamos compañeros de vida y esto lo van a entender rápido los hombres: “Perdona, si no estás a la altura de las circunstancias, no te necesito”.

Y al final, si mi vida se convierte en un nunca dar abasto, vivir al límite, sentirme desbordada, que esto me pueda afectar la salud, ¿Qué sentido tiene aguantar una pareja así? Mejor solas.

 

 ¿Y cómo llevas la culpa ahora mismo?

 Mira yo me siento culpable si no hay un miembro de la familia que esté atendiendo a los niños, me siento culpable si dejo mucho tiempo a los niños con una niñera, por ejemplo. Esto sí me hace sentir mal…

Pero si yo dejo a mi hijo con su padre, no me siento culpable en ningún momento, porque está bien atendido, es su padre. O si lo dejo con mi madre o mis suegros, tampoco me siento culpable.

Está en familia el niño. Entonces para mí hay una gran diferencia entre lo que es una persona de apoyo en casa, pero no de la familia, y los que son miembros de la familia.

Muchas veces me siento más triste que culpable, porque aparte los niños normalizan todo, entonces ellos te echan mucho más de menos de lo que tú te crees. Triste porque no estuve en su primer halloween, porque tuve rodaje ese día hasta tarde; o triste porque el primer día que dijo abuela yo no estaba…

Ahí dices: ¡Aaaah jolin! no me quiero perder los primeros pasos, no quiero que me envíen un video con los primeros pasos de mi hija; quiero verlo yo, quiero que los camine conmigo…

 

Pero tampoco quieres renunciar, ¿No?

Bueno claro, hay que encontrar el equilibrio, obviamente hay algunas cosas que nos vamos a perder, eso es verdad; pero hay muchas otras que no tenemos por qué perdernos.

Así que no, lo que tenemos que hacer es hablar de todo esto, buscar la solución que es la conciliación y la conciliación real solo se consigue si tenemos una corresponsabilidad.

 

Aquí en América Latina a muchas mujeres les cuesta decir o reconocer que son feministas o que les gusta el feminismo, ¡Muchas le huyen! ¿Qué les dirías a esas mujeres?

 A ver, feminismo es luchar por la igualdad de oportunidades… Yo creo que toda mujer está de acuerdo con eso, todas somos feministas, todas queremos la igualdad de oportunidades y la igualdad de trato de hombres a mujeres, entonces ¿Cómo vamos a decir que no somos feministas?

Lo que quizás pasa es que hay mujeres que no se sienten cómodas con el discurso combativo o con el discurso de culpabilización del hetero-patriarcado o de señalar a los hombres como los culpables de… etc.

Yo entiendo que haya mujeres que no se sientan cómodas con ese discurso, pero si tú les dices: “El feminismo simplemente lo que quiere es procurar la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres”, ¿Qué mujer no va a querer ser feminista?

Fotos: Planeta.