Sobre la menstruación y otras historias

Bueno, les voy a contar una cosa de la que usualmente no se escribe mucho. Yo tengo una leve obsesión con la menstruación; cada que llega me quejo públicamente de los cólicos, analizo por todos los ángulos posibles cómo me afecta y cómo me cambia el ánimo, me pregunto por qué a nosotras, por qué para que una mujer pueda tener hijos tiene que dolerle tanto, tantas veces, tantos meses de la vida. En fin… Un novio me dijo alguna vez que, usualmente las mujeres se ponían bravas o tristes cuando les llegaba, en cambio yo me ponía era a analizar filosóficamente la situación.

Pero, además de los análisis filosóficos y la quejadera por el dolor, disfruto infinitamente la vergüenza que les produce a ciertas personas la sola mención de este tema. Les voy a contar una historia.

Cuando me fui a estudiar a Inglaterra, trabajé medio tiempo en una agencia web, entrenando a sus clientes redes sociales. Y mi jefe estaba loco. No, no es la jartera usual que genera un jefe, es en serio. Había tirado pedos químicos en la oficina, traído un ratón muerto para mostrarlo (que resucitó y lo tuvimos que perseguir una tarde entera), nos sentaba en puestos separados porque «hablábamos mucho.» y un día de verano dijo que yo me había puesto falda solo para seducirlo. O sea que, además de todo, el machismo le salía por los poros.

Resultó que una mañana, luego de que había pasado toda la noche leyendo una novela feminista que me tenía con la rabia en la punta de los dedos, sentí ese punzón en el vientre y la humedad roja entre los cucos. Salí de afán hacia el baño para descubrir que estaba toda manchada, incluyendo el pantalón. Me demoré un rato intentando arreglar el desastre, lavar el pantalón, ponerme papel higiénico, que me diera tiempo de salir a comprar algunas toallas, ponerme brava con Dios que seguramente era hombre y calmar las ganas de llorar. Cuando por fin abrí la puerta, unos 20 minutos después, me encontré la calva brillante de mi jefe mirándome a los ojos.

Yo creo que son delirios literarios, porque siempre que me termino un libro quedo algo desajustada, pero para mí el tiempo se detuvo. Allí estábamos, él y yo, frente a frente. Los demás empleados nos miraban desde sus sillas, en silencio, como asustados. ¿Por qué se demoró tanto en el baño?me preguntó, su cabeza calva que apenas alcanzaba mi hombro. Sus manos se iban hundiendo cada vez más en sus bolsillos y mi mirada iba pasando de la humillación, a la ira, al pesar.

Finalmente sonreí.

 «Jefe…» le respondí, con esa voz dulce que usan las profesoras cuando saben que el alumno no tiene la misma capacidad de entendimiento de los demás. «No sé si lo sabe, pero a todas las mujeres del mundo, una vez al mes, les pasa algo mágico….» No había terminado de hablar, y ya cada pelo, cada pedazo de su cara redonda, estaba más roja que la mancha de mis cucos. Unos segundos más y había salido corriendo, como venado herido, a esconderse detrás de su silla alta.

Durante el resto del día, no me miró, y uno de mis compañeros me dijo que estaba tan orgulloso de mí que me iba a comprar una caja de tampones de regalo. De las más caras, de esas que valen el doble solo porque al logo le metieron más diseño. Pero no dejaba de ser curioso que la peor forma de humillar un jefe hubiese sido hablarle de algo que pasa todos los meses de mi vida desde hace 12 años.

Mi compañero me contó que en Inglaterra el tema genera tanta incomodidad que hay todo tipo de frases para mencionar que llegó la menstruación sin realmente decirlo, por ejemplo “Hoy llegaron los pintores y decoradores” o, mi preferida, “Estás surfeando la ola carmesí“.

Aunque en Colombia no es tan diferente y yo no consigo entenderlo. Tampoco entiendo por qué en ninguna película se menciona ni ningún libro se escriben historias que incluyan incidentes tan básicos en la vida de las mujeres como mancharse el pantalón blanco, tener que trabajar con un cólico inmundo luego de que te llegó a las 5 de la mañana, preguntarle en susurros a tu vecina de puesto si tiene un tampón por ahí de causalidad, pasar horas intentando entender cómo carajos se pone una copa menstrual…

No sé, no sé… Yo llevo años pensando que la menstruación podría ser un tema extremadamente literario.

Puedes leer otras historias de Verónica Toro en su blog Ausencia silenciosa

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