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Un año después del “Yo te creo” en Venezuela, ¿qué ha pasado?

yo te creo Venezuela

En este artículo, la activista venezolana Michelle Artiles (@migurtcita) nos habla de qué ha pasado luego del “Yo te creo” en Venezuela y cómo las instituciones han respondido ante los casos de abuso en este país. ¡Lee más aquí!


Numerosas denuncias, pronunciamientos y secretos sobre abusos, acoso y violencia sexual salieron a la luz pública en 2021 en Venezuela, y aunque esto marcó un antes y un después en torno al tema, ¿ha pasado algo más?, ¿se sigue perpetuando un sistema machista que nos mantiene en silencio?

La importancia del movimiento “Yo te creo” en Venezuela es innegable, traer el acoso y el abuso sexual a nuestros temas comunes de conversación era una situación que necesitábamos vivir para poder contribuir a nuestro desarrollo como sociedad.

El 16 de abril de 2021 una cuenta de Instagram catalogaba a un vocalista de una banda venezolana de acosador de menores, y esa fue la pequeña llama que encendió el gran incendio que se produjo.

Esto nos tomó por sorpresa, y también se vieron involucradas en este tema instituciones privadas, organizaciones no gubernamentales, administración pública y hasta movidas culturales y académicas existentes a lo largo y ancho del país.

Para que podamos existir como nación son necesarias tres cosas: a) un territorio para habitar, b) leyes que rijan ese territorio y, por supuesto, c) población que se adhiera a esas leyes.

Si bien en Venezuela el acoso y el abuso sexual hacia un individuo de cualquier género está penado con cárcel (dependiendo de los hechos sucedidos), hay que considerar que no hay un manual que explique a las instituciones cómo actuar ante casos de abuso.

Dentro de la gran emergencia humanitaria compleja que hemos atravesado por la pandemia, uno de los rubros que también está en crisis es el sector público y sus instituciones, en un país con la tasa más alta de homicidios por cada 100.000 habitantes y donde 82% de estos quedan impunes.


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¿Si entramos en casos de violencia sexual, se complica conseguir cifras oficiales, ya que el gobierno desde el año 2003 no ha publicado ninguna, a pesar de ser uno de los pocos países en la región que tiene un Ministerio de la Mujer para una Vida Libre de Violencia.

Entonces, si las instituciones públicas no hacen justicia como debe ser, ¿quién debe actuar?

¿Debemos seguir denunciando ante instancias que probablemente no hagan nada? o ¿debemos como sociedad civil encontrar vías alternas para hacer valer nuestros derechos y así obtener justicia?

Es necesario identificar qué prácticas machistas y violentas tenemos día a día para comenzar a deconstruirlas. La violencia puede esconderse detrás de cualquier chiste o comentario “inofensivo”.

“Las violaciones de mujeres y niñas son hechos que, desafortunadamente, vemos que suceden continuamente en nuestra región y en el mundo, y tiene que ver con las prácticas nocivas hacia niñas y mujeres adolescentes y adultas, producto de una mirada hacia mujeres como mercancía, como objetos sexuales, como mano de obra gratuita”, clama Neus Bernabeu, Asesora Regional de Género y Juventud para América Latina y el Caribe del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA).

También añade que, “persiste la idea de que las niñas y mujeres no tienen el control sobre su cuerpo, sobre su vida, sobre su sexualidad. Estas prácticas nocivas son, a veces, costumbres o tradiciones culturales que provocan daños irreversibles en las niñas”.

La violencia de género no radica únicamente en la violación, también es cualquier acto violento basado en una situación de desigualdad en el marco de un sistema de relaciones de dominación de los hombres sobre las mujeres, que tenga o pueda tener como consecuencia un daño físico, sexual o psicológico, incluidas las amenazas de tales actos y la coacción o privación arbitraria de la libertad, tanto si ocurren en el ámbito público como en la vida familiar o personal.

“Esto está instalado en nuestras sociedades y, no solo no estamos haciendo lo suficiente para erradicarlo, sino que, muchas veces, somos cómplices de esas situaciones”, concluye la agregada de la ONU.

Esto da nombre a un problema, que incluso hace poco, formaba parte de la vida de las personas; era considerado un asunto de familia que no debía trascender de puertas para fuera y, por lo tanto, en el que no se debía intervenir.

Esta percepción contribuye a que las mujeres no denuncien su situación por miedo, vergüenza o culpabilidad.

Por este motivo, queda en mano de las instituciones, que al sol de hoy siguen siendo moradas de abusadores y violadores, que rompan el pacto patriarcal.

Es momento de dejar atrás el “amiguismo” y ponerse del lado correcto de la historia señalando y denunciando abiertamente a estas personas, para así construir espacios seguros para todas y todos.

Y esto no se logra con comunicados tibios, se logra deconstruyendo actitudes y sin tintas medias para penalizar a estos criminales.

Si entre las filas de tu organización existe un abusador, lo sabes y no lo dices, eres tan culpable cómo él.

Rompe el pacto, luego es tarde.

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