Escapar de la violencia para salvar dos vidas, dos veces

Escapar de la violencia para salvar dos vidas, dos veces

Escapar de la violencia para salvar dos vidas, dos veces

Salí de mi casa y lo dejé todo adentro. Los cuadros, las sábanas, las lámparas, la ropa, las fotos…

Había sentido las pistolas muy muy cerca y visto perder la vida a alguna madre, con la de su hijo muerto en el asfalto. Necesitaba salvar lo más importante: dos vidas, la de mi hija y la mía.

A veces echo de menos mis tazas pintadas a mano, el carboncillo dedicado de aquel pintor de pueblo, mi vestido marrón. La nostalgia también me perfora el alma cuando evoco a mi imponente montaña, mi carretera de tierra, mis domingos hatilleros, mi playita a media hora.

Pero lo que estaba en juego, no era un juego. Cuando cerré la puerta, lo dejé todo adentro, junto al dulce de lechosa de mi abuela, la voz de mi abuelo, el hijo de mi mejor amiga y mis sobrinos.

También dejé allí sus empujones, sus grandiosos regalos, sus agudos gritos, su incomparable simpatía, sus paranoias, su inmensa bondad, sus pensamientos retorcidos, su cara amable para los demás, su terror para mí.

Un día me enfermé y me insultó, pasé la noche con fiebre, dos, tres. No me movía para que no se despertara, porque me insultaba de nuevo y, en ocasiones, me pateaba. Creía que fingía para no hacerle caso. Al cuarto día, se dio cuenta de que no era una gripe.

De no llegar a tiempo al hospital, no estaría escribiendo esto. Luego me cuidó como si fuera un pollito herido, se desvivió en atenciones, en sopas, en tomates muy rojos encargados especialmente para mí.

Y pensé: “estaría pasando por un mal momento”. Una noche me sorprendió con una cena, con velas, con música, con incienso, pero un comentario mío lo aturdió y me lanzó hacia la ventana. Se rompieron los cristales, pero dos de ellos quedaron intactos. Me salvaron de caer desde un octavo piso.

Y volvió el por favor, el perdóname.

Un día discutimos en la calle y regresé a la casa antes que él, dispuesta a recoger lo indispensable y salir corriendo. Pero llegó y me preguntó: “¿Qué estás haciendo?”. Ese día pensé que tenía que hablar con la vecina por si alguna vez era necesario refugiarme en su casa.

Y no lo hice, me parecía que era dejarlo en evidencia, que no era justo para él, tan respetado, tan admirado. Otro día me tuve que encerrar en el baño con mi pequeña, hasta esperar a que se le pasara no se qué enfado. “Está muy nervioso” le dije mientras le contaba un cuento.

Un día fui a visitar a mi padre y me acusó de haberme ido a ver con “alguien más”; otro día, de que había sido novia de un amigo común a quien, por demás, yo respetaba muchísimo; otro día, de haberle escondido sus pastillas para “enfermarlo”; otro día, de llevar un escote muy provocador; otro día, de coquetearle a mi jefe; otro día, de mezclar los calcetines negros con los blancos; otro día, de ponerme tacones para que se me “levantara el culo”.

La tarde que le pedí que no lo hiciera más, me dijo: “No te lo puedo prometer, depende de ti”. Callé. Bajé la mirada, respiré profundo y confirmé dos billetes de avión, sin saber muy bien a dónde iba a llegar. Cualquier cama era mejor, sin duda.

Es posible que al escribir esto se me escapen muchas cosas, creo que mi mente se ha obligado a sí misma a olvidarlas, a veces vuelven como flash a mi cabeza, pero ya no me hacen hiperventilar ni llorar, entonces se van.

El día que nos apuntaron, a mi hija y a mí, con una pistola y tuve la sangre fría de decir: “Ahí está la cartera”, salvé nuestras vidas. El día que me subí a ese avión con ella y susurré: “Ahí está tu casa”, las volví a salvar.

Ninguna violencia es admisible, ni la callejera ni la de casa. De la primera, a veces, no nos podemos escapar. De la segunda, siempre, siempre, lo podemos hacer.

La distancia entre el maltratador y su víctima la determina el arrojo para correr, chillar, denunciar, alejarse todo lo que se pueda, cuanto antes, mejor. No hay nada material que importe más que la vida. No hay miedo que valga. Nada.

*Este testimonio es real. La identidad de su autora ha sido protegida por un pseudónimo. Ella y su hija han rehecho sus vidas. Hoy son felices en España.

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Foto: Himanshu Singh Gurjar en Unsplash

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