Yo soy un papá feminista

Yo soy un papá feminista Juan Carlos Rodríguez
– Soy feminista –

No tengo que hacer un gran esfuerzo de memoria para escucharme a mí mismo decir algún comentario machista, por ejemplo, ir manejando y ver otro carro hacer una maniobra o algo inexplicable, para luego ver al conductor y entenderlo todo: “Tenía que ser mujer”; estar tomando unos tragos con unos amigos mientras alguno de ellos nos explica su última aventura amorosa y la misteriosa actitud de la chica, luego de que él terminara la relación. “Mujer no es gente”, solíamos corear.

Pero el tiempo pasó, y esa gran lente a través de la cual muchos miramos el mundo fue pasando de un súper zoom a un gran angular.

Crecí, aprendí y dejé de ver el mundo como otros querían que lo viera, solo para poder compartir sus puntos de vista y sentirse apoyados. Poco a poco mi repertorio de chistes machistas cambió y lo que en algún momento me parecía un problema de otros, se convirtió en mi problema.

Debo aclarar que los amigos que tenía en ese entonces siguen siendo los mismos amigos que tengo ahora y no los cambiaría por nada. Ellos también cambiaron, también cambiaron sus chistes y muchos de sus prejuicios.

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¿Qué nos pasó? ¿Qué nos hizo cambiar?

¿Tendrá algo que ver que todos nos volvimos padres? ¿En la mayoría de los casos, papás de niñas?

No para mí.

Creo que aún no salía del colegio cuando percibí que estaba rodeado de mujeres. Mi hermano ya se habría ido de casa a trabajar en el oriente. En casa de mi padres vivíamos entonces: mi mamá, mi abuela, dos primas, mi hermana, mi cuñada, mi padre y yo. No siempre fue así, pero la razón masculina/femenino en casa siempre se inclinó hacia la F.

Crecí en una casa en su mayoría habitada por mujeres. Mujeres que trabajaron toda su vida, mujeres que tuvieron hijos y los hicieron hombres y mujeres, mujeres que estudiaban lejos de casa, que se enamoraban y sufrían desamores, mujeres que fueron engañadas o afortunadas.

Ellas me ensañaron a bailar, a cocinar, a cambiar pañales y a tratar enfermedades y dolencias; también me enseñaron arte, me prestaron libros y me hablaron del sexo, de sus causas y consecuencias.

Aún era bastante jovencito cuando entendí que, quien yo era entonces y quien soy ahora, había sido guiado por mujeres que siempre me apoyaron y me cuidaron. Así que apoyar y cuidar, se volvió también parte de mí.

Feminismo era para mí una palabra sagrada, que pertenecía a mujeres de lentes gruesos y olor a libros; para mí esas mujeres debían ser las sumas sacerdotisas del feminismo. No era algo que me llamara la atención, pero una cosa era seguro, si un día me conseguía una feminista en la calle la opción sería correr, tan rápido como pudiese.

¿Por miedo? Sí. Miedo de que me hiciera una pregunta inteligente y no supiera responderla.

No me pregunten de dónde saqué esa imagen mental. Yo era un come libros que dibujaba y escribía historias de fantasía en su tiempo libre. También hacía deportes y me iba de fiesta con mis amigos, pero sobre todo era un nerd. Y orgulloso, ademas.

Cuando comencé a jugar juegos on line descubrí cuan indiferente puede llegar a ser el asunto del género. Cada vez con mayor frecuencia, me creaba personajes femeninos y percibía la notable diferencia de apreciación en cuanto a mi desempeño, solo porque era una chica.

Eso me molestó profundamente, porque yo era muy bueno, tal vez el mejor Guerrero-Tanque de mi clan (En realidad no era así de bueno, pero vamos, al menos sí que tenía confianza en mí mismo). Pero era juzgado meramente por mi apariencia. ¿Cómo puedes vivir con esta mierda a diario?

Y les estoy hablando de la comunidad más tolerante y de mente abierta qué hay: los gamers.

Ahora, imaginen cómo se me agudizó la visión en otros aspectos

A medida que fui avanzando en mi trabajo y adquiriendo algún tipo de influencia en la contratación de nuevo personal, me atreví a sugerir la contratación de una mujer en el equipo.

Debo admitir que no tuve mucha resistencia, ella cumplía con todos los requisitos y además yo tenía un argumento muy sólido: “Si yo, con mis brazos de princesa puedo hacer este trabajo, ella con certeza también puede”. Reconozco que este argumento llevaba un prejuicio alimentado por la inercia cultural en la que estaba inmerso.

Así, un día me encontré leyendo un libro llamado La corona del Pastor  (The shepherd’s crown) de Terry Pratchett. En esta historia aparece un joven que decide salir de su casa y convertirse en Bruja. “Tal vez lo que quiera ser es más bien un Mago”, le corregían a cada rato; pero él insistía tozudamente: “No, yo quiero ser Bruja”.

Geoffrey, el joven al que hago referencia, dedujo que todo las cosas que hacían las brujas eran perfectamente realizables por hombres, el género no tenía nada que ver. Y había un precedente, Eskarina Smith, la hija de un herrero, se había convertido en la primera mago, cuyo terreno había sido únicamente gobernado por hombres.

Este libro me cambió.

Leer sobre brujas me había parecido una manera segura de acercarme a esas mujeres súper inteligentes y poderosas que protegían las antiguas escrituras de la sabiduría universal: Las feministas. Porque si eres bruja tienes que ser feminista, ¿Cierto? Esto no lo he leído en ninguna parte, es simplemente algo que siempre he creído. No sé, me suena lógico.

En fin. La duda quedó sembrada: ¿Acaso soy feminista?

Abrí el diccionario a toda prisa y busqué la palabra.

Feminismo: Doctrina y movimiento social que pide para la mujer el reconocimiento de unas capacidades y unos derechos que tradicionalmente han estado reservados para los hombres.

¡Joder! Era feminista desde hacía rato.

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Cuando me casé y me convertí en padre vinieron aún más oleadas de prejuicios. Como la vez que había que cambiarle el pañal a mi hija en el aeropuerto, pero en los baños de hombres no había cambiadores y ella no quería alejarse de mí. O la ocasión en la que otra niña la criticó por estar jugando con una pelota de fútbol en lugar de una muñeca. O cuando una señora me felicitó por “ayudar” en el cuidado de mi hija y jugar con ella.

¡POR DIOS! ¿QUÉ LE PASA A LA GENTE? ¡Señora! Yo no ayudo, esta es precisamente MI responsabilidad, la cual comparto con mi esposa.

Cuando te quitas una venda, nadie te advierte cuánta gente vendada vas a ver a tu alrededor.

Pero no todas las vendas son iguales. Algunas son más gruesas que otras.

Cuando crías a un hijo varón, anhelas que él disfrute de las cosas que tú disfrutaste alguna vez y que te hicieron lo que eres: andar de tu cuenta en la bici por todo el vecindario, practicar cualquier deporte, recorrer el país pidiendo aventones o dormir mirando las estrellas junto a tu perro a la orilla del camino…

Cuando crías a una hija, deseas exactamente lo mismo

 

Soy feminista
Soy un papá feminista

 

Una vez alguien planteó una “jocosa” comparación en la cual mandaban a los (el usó LAS, pero obviamente me sentí aludido) feministas a responder un anuncio en el que solicitaban obreros para descargar sacos de cemento de un camión.

Le contesté que no se trata de determinar quién es biológicamente más fuerte, se trata de tener la posibilidad de elegir y decir: «Sí, yo podría hacer ese trabajo tan eficientemente como cualquier hombre», o «No, para ese trabajo hace falta brazos fuertes (no como los de Juan Carlos, que son de porcelana)».

Ser feminista es creer en la igualdad de oportunidad, el mérito se lo gana cada quién.

Yo no deseo tener más amigos feministas, quiero amigos ingenieros, escritores, ilustradores, fotógrafos, científicos, maestros, doctores, ganaderos, agrónomos, astronautas, petroleros… en fin.

Y quiero que sean hombres, mujeres y demás colores del espectro que hayan tenido la OPORTUNIDAD de seguir el camino que eligieron y que su trabajo haya sido RECONOCIDO por ser bueno y no por su género.

Recientemente hice una nueva amiga. Es ingeniera y tan inteligente, que suelo repasar mentalmente todo lo que sale de mi boca porque no quiero que piense que no soy tan listo, (simplemente me veo bien con lentes de pasta).

Esta amiga también es ilustradora y caricaturista y hace un cómic GENIAL donde documenta su reciente maternidad. Su nombre es Isa Soto y pueden seguir sus viñetas en Instagram. Isa trabajaba en una empresa y fue despedida cuando quedó embarazada. Eso me pareció indignante y a la vez absurdo. ¿Qué gerente en su sano juicio querría salir de una empleada del nivel de Isa?

Necesitamos gente brillante, gente apasionada por lo que hace, gente sin vendas. Porque los que viven criticando a lxs feministas, a la larga criticarán a los humanistas, a los ecologistas y así.

El mayor enemigo del feminismo es la desinformación de los demás. La generalización de la causa y por consiguiente la banalización. Muchas personas expresan odio hacia lxs feministas. Pero en realidad lo que desprecian es la idea que tienen del feminismo.

Ya pasamos los 7 billones de seres humanos, y es una época estupenda para aprender, para ser lo que deseemos ser, para explorar oportunidades e intentar alcanzar sueños.

Ser padre de una niña es sostener en mis brazos el futuro de mi especie, ella representa esperanza y cambios. Yo creo que ella va a cambiar el mundo, pero necesito que se le dé la oportunidad de demostrarlo.

Micaela (mi hija) no me hizo feminista, pero sin duda, afianzó mis creencias y mi apoyo a la causa.

* La historia de Eskarina Smith se narra en el libro Equal Rites (Ritos Iguales), que en inglés suena como Equal Rights (Igualdad de derechos)

Ilustración: Juan Carlos Rodríguez ( @juanscoo )