Cumplir 60 años… No duele

Esta es mi historia, cierto que muy resumida, sin mostrar heridas sino aprendizajes.

No la cuento para ser ejemplo, ni dar sermones, ni pretende ser una guía inequívoca de como la vida debe ser vivida. No encontré moldes, ni letreros que me indicaran el camino correcto y, definitivamente, cada día, para mí, es un ensayo. Algunos días di en el clavo y al siguiente volví a comenzar de cero. Descubrí algunos trucos para sobrevivir, algunas veces me copié el examen y resultó que la hoja estaba marcada por detrás… Para otra alumna.

Lo que sí tengo muy claro en la memoria, es que desde muy niña me visualicé como una mujer de la tercera edad, me explico: hay que prepararse para ser una viejita chévere. Ni se te ocurra comenzar a los 60.

Si la providencia y las epifanías deciden que hay que “irse” antes, pues ni modo, pero el norte de toda mujer, de todo ser humano, debe ser envejecer con alegría.

¿Qué hoy tienes 20, 30 o 40 años? Pues a disfrutarlos y a vivirlos, que cada día es como un nuevo jardín de infantes, lleno de sorpresas aunque no siempre sean de chocolate.

En lo primero que pensé cuando era más jovencita fue en tener el cuerpo que necesitaría en un futuro: Uno que fuera sano. Así que me cuidé de no fumar aunque igual me dio cáncer. Era muy joven, tenía dos hijos pequeños, estaba divorciada pero nunca estuve sola. Quimio, radio, un año en cama, los brebajes de mi madre, el ánimo de mi padre, un teléfono que no paraba de sonar con amigas dándome ánimo y “agarrada de la brocha” como dicen en mi tierra. Fe y más fe.

Nada, y descubrí que a la carreta de la vida no la halan caballos, sino un motivo para vivir y yo lo tenía. Aun lo tengo, y con certeza mi enunciado de vida es que un trabajo no vale más que vivir.

Me dediqué también a beber socialmente pero con inmensa devoción al vino y a la cerveza. Me instruí en ese mundo mágico que mueve buena parte de la economía mundial. Y sí, llegué un par de veces borracha a casa, experimentando las embriagueces, no se dijera que me perdí de algo. Cosa que di por vista. Conservo recuerdos ingratos de ese par de ratones morales que experimenté a los 20 años, pero hoy puedo opinar que no hay nada mejor que estar sobrio, incluso espiritualmente.

Par de copas de un buen vino solo funcionan si acompañan un buen libro o una charla enriquecedora.

Tampoco tuve necesidad de cuidarme mucho en las comidas porque la providencia me dotó de buena vesícula y un estomago similar a la piedra del molino. Aun así, me cuidé de las grasas y el exceso de picante.

Aunque no tuve el mismo tino con los hombres que pasaron por mi vida, algunos babosos y picosos, por no saber yo qué quería. Ellos lo tenían claro. Eso, eso es lo que inculqué en los dos hijos que tuve: Tener claro desde un principio qué quieres ser y hacer en la vida, aunque te lleve toda la vida descubrirlo.

En eso ando a mis 60, descubriéndome todavía, y eso es lo que me hace joven.

Siempre me gustó estudiar, soy una eterna enamorada de los pupitres, quizás influenciada por mi padre a quién siempre vi con un libro en las manos aunque ya comenzaba su alzhéimer. No importa lo que aprendas, todo está finamente hilvanado al alma, y cuando menos lo esperes, un punto de cruz sirve para acariciar a un nieto, una sopa sirve para decir te quiero y un poema queda colgado en el infinito.

Me pinto el cabello de rubio 7.1 porque siento que el blanco no va con mi color de piel, es mi única vanidad, no por moda ni por vergüenza, que mi papada y mis arrugas me delatan y finalmente todo está dicho en mi documento de identidad, que a veces uso para ir en asiento preferencial y otras muchas lo cedo a muchachos veinteañeros que lucen cansados de vivir: “Ven, siéntate aquí, que pareces más viejo que yo”.

Truco fantástico para despertarlos a la vida. De mi madre casi no aprendí nada, aunque me enseñó todo. Yo no tenía ritmo para seguir tanto azogue, lo que si heredé fueron sus caderas anchas de latinoamericana y su amor por las artes. Pinté varios cuadros que ya no sé en cuál pared están colgados, hice una alfombra que me quedó torcida, aprendí a tejer con dos agujas aunque solo un aburrido punto de arroz, escribí la letra de una canción de protesta sin tener muy claro contra quién se debe protestar en la vida, usé minifalda porque tenía buenas piernas que hoy me sirven para desandar, me escabullí en todas las películas prohibidas para mayores de 18 años cuando solo tenía 14.

Y hoy me veo todas las de Pixar.

Me quedan algunos sueños en la “marusa”: viajar de mochilera, publicar un libro y que alguien lo compre, estar cerca de mi nieta porque la vida me la ha puesto lejos, encontrar un príncipe o que él me encuentre a mí, da igual, no soy feminista. Que entienda de estrellas y esas cursilerías de “bajarte la luna” y echarle aceite a mis bisagras.

¿Yo? Prometo ser yo.

Vamos, que tener 60 no duele…