Abogada y gestora cultural / Colombia

Directora de la fundación "Maísa Covaleda" y líder del movimiento #RomperElSilencio. Estudié derecho y he sido gestora cultural y curadora. Madre de Teresa, convencida de mi vocación de servicio y defensora de los derechos humanos.

Maísa Covaleda: Es obligatorio cambiar de mentalidad acerca de la violencia contra las mujeres

Maísa Covaleda: Es obligatorio cambiar de mentalidad acerca de la violencia contra las mujeres

Maísa Covaleda: Es obligatorio cambiar de mentalidad acerca de la violencia contra las mujeres

Que las mujeres somos inferiores a los hombres es una idea que se ha transmitido de generación en generación y esto hace mucho daño.

Cuando era estudiante de Derecho, me fui a trabajar en una beca de cooperación internacional a Perú, y allí atendía unos consultorios jurídicos.

Conocí a María, una mujer que por más de 30 años fue víctima de violencia por parte de su esposo hasta tal punto de que el hombre asesinó a los hijos que llevaba en su vientre.

Yo solo intervenía cada semana para asegurarme de que María estuviese viva. Pero eso a la larga, me resultaba muy frustrante, así que decidí retirarme de mi carrera y comenzar un nuevo camino en el mundo del arte y la curaduría.

Lo que nunca imaginé es que tiempo después, tuve que regresar.

Regresé porque esta vez yo fui la víctima.

El 17 de septiembre de 2016, me preparaba para asistir a una fiesta. Esa noche, sin saberlo, me iba a encontrar con el resultado de haberme quedado callada. En esa fiesta estaba mi exnovio, que cuatro días antes me había golpeado.

Durante la noche empezó a tener actitudes amenazantes. Cada vez que le daba un no por respuesta, su rostro se transformaba. Me forzaba, quería que me fuera con él, por las buenas y por las malas; y en pocos minutos me di cuenta de que estaba corriendo peligro.

Dos horas después me desperté. Tenía el rostro ensangrentado, había perdido la consciencia, tenía mucha gente a mi alrededor y me dolía absolutamente todo el cuerpo.

Pedí ayuda y pedí que llamaran a la policía.

Al rato, la policía lo capturó y nos llevaron a los dos en el mismo auto rumbo al lugar donde iba a poner la denuncia. Ahí me tuvieron casi 4 horas a su lado.

Él no paraba de amenazarme. Me decía que si seguía con la intención de denunciarlo, me mataría.

No me dieron ni un vaso de agua. Las personas que me atendieron ni siquiera me miraron a la cara. Cuando salí de allí me esperaba su familia, y lo primero que me preguntaron sus padres es que qué historia me iba a inventar.

Me propusieron que dijera que había sido un accidente, también que me quedara en su casa hasta que se borraran todas las huellas de la agresión.

Cada minuto que pasaba me daba cuenta de las maneras en que estamos ignorando la violencia en Colombia, de la manera que lo ocultamos, de la actitud de las familias y de la indolencia de las autoridades.

Me sentí muy sola.

Mi agresor salió 36 horas después y hoy sigue en libertad.

Leonore Walker en 1979 descubrió que las víctimas de violencia respondían a patrones muy similares.

A eso le llamó El círculo de la violencia. Este círculo tiene tres fases:

La tensión: en esta fase se escala gradualmente hasta llegar a un conflicto o a un tipo de violencia.
La agresión: donde la tensión estalla en violencia sexual o física.
La conciliación: donde el agresor se muestra arrepentido y jura que no lo va a volver a hacer.

 

Esto yo no lo sabía, en mi casa no me lo enseñaron, en el colegio tampoco; incluso, nunca lo hablé ni con mis amigos.

Y me di cuenta de lo vulnerable que estaba ante la violencia. El círculo de la violencia crece en espiral.

Y casi nadie sabe que esto termina en feminicidio.

Decidí entonces actuar a través de lo que tengo: mis redes sociales.

Así que puse mi foto, tal cual había quedado, al lado de la foto de mi agresor y decidí hacer una denuncia pública.

Lancé esta imagen por Facebook y en pocas horas, se había replicado miles de veces. Los medios de comunicación, al ver lo que estábamos haciendo, decidieron investigar, mostrar el caso y unirse a esta causa.

Así que pasaron varias cosas:

  1. Aparecieron muchas víctimas del mismo agresor.
  2. Muchas mujeres que se sintieron identificadas y que pasaron por los mismos episodios de violencia, tomaron la decisión de romper el silencio y hablar.

Todo esto se fue convirtiendo en una fuerza cinética que estalló en un movimiento en el que muchos hombres y mujeres se fueron sumando en cosas muy simples, pero realmente significativas:

Eliminaron su foto de sus perfiles en redes sociales, como señal de protesta.

Acudieron a manifestaciones.

En noviembre hicimos un día sin mujeres en Bogotá y llevamos un par de zapatos para representar el vacío de estas mujeres que entraron en círculos de violencia y no pudieron salir de allí.

Muchos faltaron a sus puestos de trabajo, para hacer sentir la ausencia de las mujeres en la ciudad.

Este llamado fue escuchado en varias partes del mundo.

Nos escribían de París, Italia, Estados Unidos, todos se sumaron a esta voz.

Pero, poco antes, también sucedieron otras cosas inauditas:

Tuve que huir de la ciudad, sacar a mi hija del colegio y reconstruir mi vida económica. Algunos artistas con los que trabajaba, desaparecieron y gente cercana y compañeros de trabajo se alejaron.

Sin embargo, eso no me frenó y emprendí este camino de romper el silencio. Lo más importante y lo que realmente queríamos con estas acciones, era poder hacer visible a la sociedad, familias y al Estado; a las propias víctimas y agresores, todos los errores culturales que tenemos y que debemos cambiar.

Es obligatorio cambiar de mentalidad.

Una de cada tres mujeres es víctima de violencia física.

Dos de cada 10 mujeres denuncian. De 100 mujeres, 20 han denunciado y 80 siguen en silencio.

El factor vergüenza prevalece…

La ONU ya declaró la violencia hacia las mujeres como una pandemia mundial, y en lo que vamos de año hay casi 300 casos de feminicidios en el país.

Y las cifras siguen aumentando.

Este es el futuro que les espera a nuestros hijos, sobre todo a nuestras hijas.

Porque a las mujeres las matan por el simple hecho de ser mujer

¿Qué pasa con nosotros, con las familias, con los amigos, con los colegios, con la sociedad?

No nos han enseñado a tener posiciones frente a los principios y valores, sino frente a los seres que amamos, independientemente de las conductas que tengan.

Así que les quiero hacer un llamado muy especial.

Muchas personas han empezado a denunciar.

Estamos llamando a hombres y mujeres, porque la responsabilidad de la denuncia no puede cargársele solo a las mujeres.

Romper el silencio no es solamente denunciar los hechos y las agresiones; también es quitarle la culpa a las mujeres, es llamar al Estado para que nos proteja, es hacer un llamado a los padres para que revisen qué le están enseñando a sus hijos, es un llamado a que cada uno de nosotros evaluamos dónde estamos siendo violentos y reconozcamos si somos víctimas o agresores.

No podemos seguir siendo tolerantes con la violencia.

Salimos a la calle e insultamos al vecino o maltratamos a los niños, enseñándoles a ellos a perpetuar la agresión como algo normal.

Las mujeres nos acostumbramos a volver un chiste los piropos morbosos, a ver nuestro cuerpo sexualizado y a sentirnos objetos sexuales desde pequeñas.

Vamos creciendo aprendiendo que debemos callar, permitir y aceptar.

Una pelea con tu marido celoso en casa, que te aísla y te domina, es vista como normal. Todo los excusa a ellos y todo nos culpa a nosotras.

El primer paso es ver, el segundo se da después de ver lo que estamos haciendo: que es que todos en coro podamos romper el silencio.

#RomperElSilencio

Este testimonio forma parte de entrevistas a Maísa Covaleda realizadas por Maricarmen Cervelli, hechas para Asuntos de Mujeres, con apuntes de la revista Nueva y la conferencia TED.

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Foto principal: Omar Jaramillo / Sumi Printing.

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