Mi madre, la controladora…

Mi madre es muy tóxica

Dicen que soy egocéntrica y que me gusta mucho hablar de mí. No lo voy a negar. Existe en mí una necesidad desmesurada por recordarme a mí misma y al mundo entero quién soy y lo que he sido capaz de lograr.

He buscado ayuda profesional y me ha encantado, sobre todo porque pago para que alguien escuche hablar de mí durante horas. Necesito reafirmarme cada día de mi vida y sentir que soy valiosa porque en el fondo no me lo creo.

Después de deambular por diferentes doctrinas psicológicas y de filosofar largas horas con eruditos en el tema, he llegado a la conclusión de que el origen de mi mal se llama «mamá».

Es algo paradójico porque a ratos la amo y a ratos la odio. Vivo para agradarla y siento que jamás lo consigo. Siempre hay alguien o algo mejor que yo, y sus comparaciones taladran mi cerebro haciéndome fabricar pensamientos en ocasiones asesinos y algunas veces suicidas.

Clara Solórzano de Urbina es mi madre. Una mujer de sesenta y cuatro años con sonrisa de niña y esbelta figura. Clara Urbina Solórzano mi nombre, y desde ahí empezó mi calvario.

Al recibir el nombre materno, cargo sobre mis hombros la responsabilidad de ser tan perfecta como ella

Debo llenar de orgullo y dignidad mi nombre y mis apellidos. Sobresalir. El mismo instante en que me heredó su nombre me heredó sus pensamientos. Se propuso tatuarlos en mi cerebro y lo consiguió. A mis cuarenta y tres años sigo pensando como ella, y cuando me descubro pensando diferente me descalifico de inmediato.

Tengo que honrar a mi madre. «Honrarás a tu padre y a tu madre», dice el cuarto mandamiento de la ley de Dios. Y como la ley de Dios encuentra su más fiel interpretación en la palabra de mi progenitora, he crecido obedeciéndola en todo. Nunca he dudado de su buen gusto en el vestir y desde que recuerdo, me visto como a ella le agrada, durante mi infancia mi madre elegía con cuidado cada prenda que yo vestía según la ocasión.

Ahora, y a pesar de que ya pinto canas, sigue pendiente de mis atuendos. Durante la adolescencia osé desafiarla y llegué a comprarme un par de prendas sin su aprobación durante alguna salida con mis amigas, y por supuesto que fueron a parar directo al costal de «donativos» para la casa hogar. Así es mi madre, pero para no caer en mi costumbre de hablar de mí, les hablaré de ella, que para el caso es lo mismo.

Cómo era mi madre

Mi madre nació en 1947, en un entorno tradicionalista y puritano. Hija de prósperos comerciantes de materiales para la construcción, siendo mi abuelo Gustavo Solórzano un renombrado arquitecto y mi abuela Yolanda, una abnegada ama de casa, dedicada a mantener reluciente el hogar y limpios y bien peinados a sus dos hijos.

Mi tío Gustavo, el mayor, hijo de la tradición, también estudió arquitectura y fue reconocido a lo largo de los años por realizar importantes y progresistas obras en Guadalajara, ciudad natal de todos los Solórzano.

«Clarita», como llamaban a mi mamá, creció como la niña mimada de la familia, inevitable era mandarla a una escuela de monjas y hacerla diestra en la costura, el tejido y la cocina. Su destino sería «un buen matrimonio», el que llegó personificado en Javier Urbina, quien pidió su mano justo el día en que ella cumplía dieciocho mientras él contaba con veintisiete.

«Un gran partido», repetía mi abuela cuando nos contaba la historia de su noviazgo. Desde esos relatos intrafamiliares se gestó la figura de mi padre como la de un «semidios» que llegó a la vida de mi madre para convertirla en una digna señora. Quien se siente un par de horas a charlar con mi mamá estará destinado a escuchar la narración de una vida llena de aciertos, llena de bondades, impecable, perfecta… Como ella.

Ser hija de quien no comete errores es desgastante

He crecido llena de temor a equivocarme y aunque dos de mis terapeutas insisten en hacerme creer que lo que mi madre llama «errores» han sido mis más grandes aciertos, me encuentro a mis cuarenta años todavía sin creérmelo y llamándole «errores» a mis supuestos aciertos.

Como primogénita y única mujer, he tenido que vivir tratando de complacer y superar a mi madre sin conseguirlo. Mi hermano menor, Miguel, se libró de semejante experiencia porque “él es hombre y puede hacer las cosas de modo diferente”, según me explicó mi mamá cuando tuve conciencia de la larga lista de diferencias de crianza que existían entre él y yo.

Para mi madre la osadía y las agallas le pertenecen al género masculino y a la mujer le favorecen más la sumisión y el recato, «las buenas maneras», como les llama.

Sus estrategias de manipulación son espectaculares. A lo largo de los años ha convencido a mi padre de que él es quien toma las decisiones, cuando todos sabemos que cualquier rumbo que ha tomado la familia lo ha decidido ella en la intimidad de la alcoba. Mi padre, un hombre de carácter fuerte, osado y excelente en los negocios, al entrar al hogar se convierte en un dócil corderito que se escuda diciendo: «En la oficina mando yo, aquí en la casa su madre».

Debo aceptar que esto le bajó puntos a los niveles de respeto absoluto que sentía por mi papá, sobre todo cuando permitía injusticias en casa por no suceder bajo su jurisdicción.

Injusta

Si tuviera que elegir una palabra para definir a mi madre sería «injusta». Y cuando lo pienso me ataca la culpabilidad porque es mi madre y siento que no tengo derecho alguno para juzgarla.

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Pero el que no me sienta con derecho a pensarlo, no ha impedido que lo sienta y lo que se siente es más fuerte que lo que se piensa. Sentía injusto que cualquiera de mis éxitos en la escuela, mi madre los minimizara diciendo: «No estás haciendo ninguna gracia, Clarita, es tu obligación ser buena estudiante, para eso se mata tu padre trabajando, para que aprovechen como debe ser».

Ese maldito como «debe ser» que siempre he encontrado tan ambiguo y sin sentido, es una de las frases con las que entretengo mi pensamiento desde que amanece. Despierto cada día pensando si voy a ser capaz de hacer las cosas como debe ser, y cuando pregunto “¿Cómo debe ser?” me quedo sin respuestas. Todavía no entiendo qué eso de cómo debe ser, y sin embargo la frase me persigue día y noche.

Me casé como debe ser, noviazgo aprobado por mi madre, dos años de relación, petición de mano, preparativos de boda y fiesta con bombos y platillos. Obvio, todo dirigido por mi madre, incluso la confección de mi vestido de novia, que estuvo fielmente vigilada por ella.

Muy a mi pesar tuve que terminar la universidad y guardar mi título de abogada en una carpeta de piel negra que me regaló mi padre para dedicarme en cuerpo y alma, como debe ser, a mi matrimonio.

Gerardo siempre fue del agrado de mi madre porque era la personificación del hombre exitoso, de buenas maneras y de «buena familia». Siempre fue un gran esposo y procreamos dos hermosos hijos, Liliana y Gerardo.

Nos instaló en un hogar con todas las comodidades y se dedicó a trabajar para ofrecernos una vida plena. Pero se le ocurrió matarse en un accidente automovilístico justo antes de cumplir los diez años de casados y me dejó con un hijo en cada mano llorando por su ausencia.

Y aquí comienzan mis grandes errores, esos que mis terapeutas dicen que son mis aciertos y que yo no llego a visualizarlos como tal. Por eso sigo en terapia.

Una vez muerto Gerardo, mi madre insistió en que debería regresar a vivir a la casa paterna. Me negué. Me gustaron tanto los años que viví con Gerardo en «otra casa», teniendo como única «obligación» la visita de los domingos a la casa de mis padres, que no quise regresar a vivir bajo su yugo.

Debo decir que mi madre no respetaba esa rutina y se aparecía de vez en cuando entre semana por mi casa, para supervisar lo que yo hacía en mi hogar, resaltando siempre mis «áreas de oportunidad», dándome consejos de cómo mejorar en cuanto a la limpieza o el cuidado de mis hijos. Yo ya no quise regresar y eso la ofendió. A esta decisión le ha llamado «el peor de mis errores».

El segundo «gran error» que cometí fue buscar trabajo en un bufete de abogados. Un trabajo de medio tiempo que podía realizar mientras mis hijos estaban en la escuela. Eso la ofendió aún más.

Me dijo que pagaría cara mi osadía y que mis hijos me echarían en cara el abandono en el que los dejaba. Resistí a sus críticas colgada de mis aspiraciones. En ese tiempo murió mi padre de un infarto fulminante y entonces cometí el siguiente error: no la traje a vivir conmigo a casa. Hablé con mi hermano Miguel y él estuvo de acuerdo en pagar a una persona para que la atendiera.

Para ese entonces, Miguel ya estaba casado y con tres hijos, entregado a sus negocios y viviendo en la capital del país. Por dinero no había problema. Mi padre había dejado en bonanza a mi mamá y Miguel estaría pendiente de que no le faltara nada. Mi carrera como «la hija mala» iba viento en popa.

Visito a mi madre cada sábado por la mañana. Mis hijos han crecido cerca de ella. La aman. Ella ha sabido ser una abuela cariñosa, aunque rígida en su pensar. A mí me ha ido muy bien como abogada. A los dos años de trabajar como ayudante en el bufete comencé a litigar, hice una especialidad en derecho penal y no me puedo quejar.

He sido reconocida a nivel nacional como una de las mejores en mi ramo. Cuando me hacen entrevistas en la prensa o en la televisión, de inmediato llamo a mi madre para compartirle mis hazañas. Pero ella las minimiza, siempre hay un abogado mejor, la hija de una conocida suya ha conseguido mejores casos, critica mi manera de hablar ante los medios o me compara con otras madres que no trabajan y que se hacen cargo de sus hijos de una mejor manera que yo.

No logro convencerla de que he sido valiente, de que soy valiosa

No logro que se sienta orgullosa de mí. Mi hermano Miguel dice que con él es igual, pero no es cierto. A Miguel no le encuentra errores, no lo compara. Es su niño prodigio. Por más que me esfuerzo en compartirle lo que he sido capaz de superar, lo que he sido capaz de aprender, lo que he sido capaz de hacer, mi madre todo lo minimiza e incluso en ocasiones lo descalifica.

«Si no fueras tan obstinada no tuvieras que pasar por semejantes cosas», me dice refiriéndose a las arduas batallas que he librado y de las cuales he salido victoriosa. Para ella no han sido crecimiento ni logros, han sido castigos divinos por desobedecerla.

Y lo más irónico es que así la amo

Cada vez que la veo muero en el intento por conseguir su aprobación, su aplauso. Nunca lo consigo, pero sigo intentándolo. Me consuela que a mis hijos sí les reconoce lo que hacen, los dos ya están en la universidad. Mis hijos han crecido, Liliana estudia Mercadotecnia y Gerardo Administración de Empresas.

Ellos van y le cuentan a la abuela su diario vivir y ella los escucha con su sonrisa de niña dibujada en su rostro. Impecable, siempre como recién bañada, lista para recibir a no sé quién que nunca llega. Con su casa en orden oliendo a jazmines y sus uñas recién pintadas de color nácar. Perfecta. Intachable. Aliada con un dios castigador y recordándome de vez en cuando mis pecados.

¿Porqué no me acepta como soy? No lo sé. Se lo he preguntado en varias ocasiones y se queda callada. Me dice que no es cierto, que me ama y que es mi madre. Que una madre ama a todos sus hijos por igual. Pero no es cierto. No sé si nos ama igual a Miguel y a mí, pero sí sé que no de la misma manera. La forma de amarme a mí ha sido exigiéndome una perfección que no he logrado a pesar de mis empeños.

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El más reciente de mis «errores» se llama Víctor. Es divorciado y tiene 45 años. Socio de un conocido despacho de contadores de la ciudad. Aún no se lo he contado a mamá. Tengo miedo de volver a ser juzgada y a pesar de que mis hijos están felices con mi relación y de que me siento enamorada y bien correspondida no alcanzo la plenitud. Vivo en el casi. Siento que mi vida es casi perfecta.

Dicen mis terapeutas que tengo que valorarme más. Que tengo que reconocerme que no he repetido el patrón con mis hijos, a los que he dejado realizar a cada uno en su estilo, en su esencia. Que tengo que reconocer mis esfuerzos por salir adelante en un mundo de hombres como mujer profesionista. Que convertí el dolor de mi temprana viudez en fortaleza. Dicen que soy injusta conmigo misma al no valorarme. Eso dicen ellos, pero mi madre dice lo contrario. Ella dice que he cometido error tras error y que un día el ardiente caldero del purgatorio recibirá a mi espíritu.

Sin embargo, es mi madre y la amo. A veces, cuando cae la noche y me encierro en mi habitación, pienso en ella y se me hace un nudo en el estómago. Dos minutos después siento compasión. Al tercer minuto la he perdonado y la vuelvo a amar con devoción. Seguiré asistiendo a terapia, continuaré hablando de mí para reafirmarme y para convencerme de que he sido buena persona.

Me descubro cada mañana frente al espejo, eligiendo mi vestimenta del día, preguntándome si mamá estaría de acuerdo con mis elecciones. Me pregunto a menudo si estaré haciendo las cosas «como debe ser». Me sacudo sus ideas y me empapo de las mías. Intento ser yo sin ella. A veces lo consigo, otras no. Me deprimo por no ser la hija que ella esperaba. Me culpo por calificarla como injusta o exigente. Me peleo y me reconcilio con ella en mi interior tres veces al día. Esta es mi lucha permanente y solo espero que el tiempo sea bondadoso y nos alcance lo suficiente para aceptarnos una a la otra antes de que alguna de las dos llegue a la sepultura.

No pierdo la esperanza, y les cuento a todos quién soy y de lo que he sido capaz esperando encontrar en sus comentarios la aprobación que no consigo de mi madre.

Cuando la visito y la encuentro sentada en su sillón favorito, con su peinado impecable y su sonrisa de niña, la abrazo con ternura y le digo que la amo porque, haga lo que haga y sea como sea, siempre la voy a querer como debe ser, porque es mi madre.

¡Atención!

La mexicana Rayo Guzmán, autora del libro «Cuando mamá lastima», llega a Madrid este jueves 3 de octubre, para encontrarse con las seguidoras de Asuntos de Mujeres y hablar de un tema que muchas callamos: 
 
Cómo nos ha marcado la relación con nuestras madres
 
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Nos reuniremos en Cháchara Café (C/ General Pardiñas, 15 – Metro Goya) a las 19h.
Esta es tu oportunidad de registrarte, y ser una de las 10 mujeres elegidas para compartir con Patricia Rosas-Godoy y Rayo Guzmán, una merienda y una conversación deliciosa que no olvidarás.
 
 
¡Nos vemos el jueves!
 
Saludos y besos