Cómo descubrí que el matrimonio es más complejo de lo que yo pensaba

El matrimonio es difícil

Yo no soñaba con casarme, yo solo quería un compañero. Creo que en mi subconsciente siempre existió ese “anhelo” por hacer lo que dice la lista social para cada etapa de la vida, pero realmente mi interés estaba en ser exitosa profesionalmente, con un compañero, nada de bodas ni parafernalias.

Éramos la típica parejita que se conoció en la universidad, que estudió casi toda la carrera juntos y que la gente no identificaba al uno sin el otro. Cada vez que nos veían suspiraban y ponían esa cara de “quiero algo así para mí”. Fue de esos noviazgos de toda la vida y del cual me sentía muy orgullosa porque era mi primer novio, a mis casi 20 años, y yo era la primera novia con la que él había durado tanto tiempo.

Era un noviazgo bonito como deberían ser todos…

El asunto es que después de seis años de noviazgo, emigrar y empezar a vivir juntos por un año, decidimos que era el tiempo de “formalizar”; dar un paso más no nos pareció una idea tan descabellada. Pero resulta que sí, el matrimonio es una idea descabellada, aunque sigo creyendo que con un buen propósito. Una vez leí en un libro que el matrimonio es trabajo duro, punto. Siempre lo creí, porque para bien o para mal no crecí rodeada de matrimonios ejemplares, así que encontré mucho sentido en esta frase.

Pero nos encanta flirtear con el ideal de Disney, y cuando vemos las desgracias de otros, merodeamos en pensamientos como: ¡A nosotros no nos va a pasar eso! ¡Nosotros somos diferentes! ¡Seguimos de luna de miel, después de cuatro años de casados!

 

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Lamento decepcionarte si alguna vez has creído esto, pero sí te va a pasar. No, ustedes no son diferentes y quien diga que su matrimonio sigue de luna de miel después de X años de casados ¡Está mintiendo!

Y sabes por qué, porque la vida real es así, imperfecta, con problemas que no te esperas y sin tanto cuento de por medio. Después de un año de casados llega la primera crisis, antes he dicho que habíamos vivido juntos un año, con lo cual, en mi experiencia está claro que vivir juntos no te exime de futuros conflictos.

Y con la primera crisis comienzan a tener sentido las palabras dichas en el altar, eso de “en las buenas y en las malas”. En ese día maravilloso nada tiene sentido y todo se dice con una convicción y una pasión profunda, sin aval, sin lógica ni realidad, como en un cuento de hadas.


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Y así es como te cae el balde de agua fría. Ya no es solo el roce entre nosotros, es mi depresión y la situación económica; son los límites no establecidos y los valores, que parecíamos tener en común, ahora discrepan. Es la fe, es su soledad.

Planteé la idea de ir a terapia, ya que había tenido la experiencia de asistir a un grupo de apoyo para superar la depresión, pero ya sabemos cómo somos los latinos con esto de las terapias, la reacción inmediata fue: ¡Yo no estoy loco!

Pues aparcamos el tema y con un poco de voluntad salimos adelante, hablando se entiende la gente, la comunicación en la pareja es lo más importante y todos los lugares comunes que te puedes imaginar venían a mi mente como un mantra.

Y la verdad es que parecía estar funcionando, pero pasaba algo mucho peor: nos estábamos acostumbrando a aparentar que estábamos bien, a distraernos en otras cosas, a ceder para evitar conflictos. 

Y sí, puede que la comunicación sea un recurso vital en cualquier relación interpersonal, pero si no se ha tratado la raíz del problema, la comunicación se desvirtúa y todo se vuelve tan emocional y visceral que no resuelves nada. Y te empiezas a preguntar ¿Con quién me casé? ¿Estaba preparada? ¿Fue correcta mi decisión? ¿Estábamos mejor antes de casarnos?

Cuatro años después se repite la crisis, más intensa, más problemática, con raíces más profundas. Y mi reacción, como una persona controladora y perfeccionista, fue: esto no hubiera pasado si hubieses aceptado ir a terapia a tiempo. Me retorcía de la rabia solo de pensar que si me estaba adelantando a un futuro problema ¿Por qué tengo que pasar por esto otra vez?

Es simple, porque tenemos libre albedrío y somos seres independientes, aunque hayamos decidido estar juntos. Cada uno puede decidir lo que quiera según la situación en la que se encuentre y puedes dañar al otro sin querer. Esa es una de las aristas de “en las buenas y en las malas”.

Maduramos antes que ellos, sobre eso no existe duda, pero el problema que encontré más allá de su “inmadurez”, era mi incapacidad para dejar salir mi niña interna y ser inmadura también, pero con responsabilidad. Aunque suene contradictorio. Dejar de ser rigurosa y no enfocarme tanto en lo que hay que hacer, porque esto alimentaba mi orgullo y me hacía creer que era el adulto de la relación, por lo tanto, mi frustración aumentaba y la solución se alejaba.

Esta crisis me ha enseñado a no bajar la guardia y ha corroborado que el matrimonio es un trabajo y no se puede descuidar. Pero también dejó al descubierto mi orgullo, mi rabia acumulada, mi excesivo control. Me hizo ser consciente de que, si no estamos bien con nosotros mismos, si no tenemos un propósito y metas más allá de ser la pareja de alguien, no podemos amar libremente ni amar bien, aunque sea el tipo de tu vida y el que elegiste.

 

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Y sobre todo tener una mejor actitud, sí, ese es mi talón de Aquiles, tener una mala actitud cuando las cosas no salen como las planifiqué. Estoy en ello, aún no logro ser tan asertiva.

Estoy aprendiendo a ser más flexible, permitirme equivocarme y tener más compasión hacia el hombre que decidí amar. Porque somos humanos y fallamos, y aunque en algún momento idealizamos a la persona con la que estamos, también tenemos que ser conscientes de que nos va a fallar y que nosotros también lo haremos.

Asimismo, hay una reflexión para los hombres: es hora de dejar la culpa y asumir responsabilidades. Hazte responsable de tus acciones, decisiones y emociones, y no culpes a otros por lo que no lograste hasta ahora o por lo que dejaste atrás. Sincérate contigo mismo y toma acción. Ir errático por la vida quizás era cautivador cuando teníamos 20 y pocos, sin embargo, ya en los 30 y pocos no luce tan interesante. Queremos tipos con autoestima, emocionalmente inteligentes, que sepan ponerse límites, sí, límites, la cosa más sana y el mejor invento que hay, pero sobre todo que puedan ser vulnerables.

 

Aunque solucionar estos conflictos parece más un proceso de introspección, también hay algunas cosas prácticas que me han ayudado en mi matrimonio

 

  • Rodéate de gente sabia: tú sabes cuál es esa amiga o grupo de amigos que pueden realmente ayudar y no entorpecer tu proceso.
  • Sé vulnerable: mi orgullo muchas veces me frenaba a hablar abiertamente de mis problemas, también tengo una personalidad bastante reservada. Pero está claro de que el orgullo era el principal impedimento para mostrar mi fragilidad. Te aseguro que la ganancia por este momento de exposición será mayor que la vergüenza que sientes por hablar de la situación. Te sorprenderá saber que no eres la única que ha pasado por eso.
  • Escucha consejos: nuestra perspectiva se nubla en momentos en los que nos encontramos sofocados, permítete escuchar a la gente sabia de la que decidiste rodearte y aplica los consejos que consideres y tengan sentido para ti. También puedes darle una oportunidad a los que te sacan de tu zona de confort.
  • Evita a la gente tóxica: sabes quienes son esos amigos o incluso familia.
  • No leas libros relacionados con tu problema: esto es algo muy personal. Mi desespero por encontrar una respuesta y una solución me llevó a leer obsesivamente. Un día decidí parar y todo empezó a fluir, incluso tuve ideas más claras sobre la situación. Seguramente retome ese libro más adelante.
  • Busca algo que te apasione: es una buena forma de reconectar contigo misma y despejar tu mente, quizás es eso que hacías cuando eras niña o algo que has descubierto de mayor. Además, está bien dejar que corra el aire entre la pareja desde una perspectiva sana, no hay que hacerlo todo juntos todo el tiempo.
  • Ve a terapia: esto también es muy personal. Pero considero que cuando no hay entendimiento es necesario un tercero que no conozcas y que no tome partido sobre la situación. Además, poder expresar todo lo que hay en tu cabeza con alguien que no te conoce es bastante liberador.

Ahora que volvió la calma, me vuelvo a preguntar: ¿Con quién me casé? Con el tipo perfecto para mí, con el que estoy segura de que lograré grandes cosas, juntos y por separado. ¿Estaba preparada? Puede que sí o no, lo que sí hubiese agradecido es que la gente que te anima a casarte también te cuente lo no tan bonito. ¿Fue correcta mi decisión? Sí, no estoy arrepentida, solo que nadie disfruta estar incómodo.  ¿Estábamos mejor antes de casarnos? No, quizás todo era más simple, pero eso no quiere decir mejor.


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