Estado civil: Soltera

Esta civil: Soltera

Hay un estado civil con el que uno no sueña ni quiere que forme parte de los datos de tu cédula, DNI o tarjeta de identificación, al menos no en la edad de los cuentos de hadas y las películas románticas que pasan en la tele (y que quieres que también pasen en la vida real).

La palabra «soltera» es algo que he tenido que aprender a reestructurar en mi consciente y borrar todo aquello que se viene arrastrando de años, décadas y siglos, para remontarme a algo parecido a lo que tenían los griegos (antes de Cristo), que para mí el asunto del amor lo tenían mucho más claro o al menos lo llevaban con menos prejuicios.

 

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Confieso que me gusta esa «nota» que te da estar enamorada (bueno, a quién no), bailar con la persona que quieres, pasar todo el domingo empiernada, compartir un buen café, dedicar canciones y poemas, en fin, destilar esa melaza de ternura que supone el enamoramiento.

Pero no a todos nos pasa eso de tener «suerte en el amor»

El primero que viví solo lo sentí yo por varios años, y al otro simplemente no le interesó; no sin antes darme las  «atenciones» pertinentes, claro, que aunque pocas y no correspondidas de la misma manera, las disfruté de todas formas.

El siguiente se fue por el camino del «Es que no soy bueno para ti, no soy lo que te mereces» y ya saben el coñazo que da escuchar que alguien decida por ti. Con este también me «mal pegué» (Quedé apegada a él) por varios años en la nada.

Después vendría el que me cambiaría la vida, el mundo, los colores, olores y demás. El amor que me dio esa «nota» que no había experimentado hasta ese momento, que tanto quería, que duraría poco y se llevaría mi tan preciados domingos.

Pero como dicen: «Para querer se necesitan dos» y después de un año y un concierto de Drexler, ella dijo: Hasta aquí llego yo. Ni hablar de lo que me costó sanar luego de eso y de hacer las pases con el mencionado cantautor.

 

 

Y por último, el que fue una especie de «Crónica de una muerte anunciada», un «murió antes de nacer»; porque si hasta ahora no había salido airosa de los intentos anteriores, difícilmente lo haría con una «relación a distancia». En este caso las comillas son mucho más que convenientes y oportunas para ponerle nombre a eso que viajó entre Venezuela, Argentina y España.

En el ínterin de todo esto y después, hubo idas y venidas, amores platónicos y re-platónicos, matches de Tinder, salidas fortuitas, gente que compartía su cariño y yo el mío, pero ninguno jugó para quedarse.

La inestabilidad en mis relaciones de pareja ha sido mi historia, y poco a poco me ha tocado aprender, valorar, aceptar y manejar la soledad que ella a traído como consecuencia. A veces la agradezco y otras no tanto.

Obviamente soy víctima de las típicas frases de familiares, amigos y conocidos: «¿Y todavía no te has casado?», «¿Tú aún sigues sin novio?» (porque por novia no van a preguntar, aunque les digo algo, porque sé qué más de uno va a leer esto: siéntanse libres de hacerlo)  y la lapidaria: «Te vas a quedar solterona»

Les digo otra cosa. A mis 39 años, la esperanza de toparme con el amor aún sigue en pie, pero me la tomo con soda y sin dejar de mirar a través del caleidoscopio para no perder lo psicodélico del asunto. Y esto pasa porque ya la soltería no me preocupa, porque ya la entiendo y porque entendí y aprendí a apreciar que es mejor estar sola, que con alguien que no sabe quererte.

Una vez le dije a mi mamá que así como en nuestra familia había una generación de tíos «solterones», no se extrañara si pronto comenzaba a asomarse la de «solteronas», integrada por mí y unas cuantas primas, que tampoco pierden la esperanza.

Ah, pero no sientan pena, que aunque me he sentido en momentos sola, muchos otros los he pasado «de puta madre». He llenado mi soltería de ciudades, arte, voces, fotos, Capoeira, nuevos amigos, dibujos, mucha música y comida. En resumen: mal no la he pasado.

Afortunadamente los tiempos cambian, a veces para bien otros no tanto; pero lo que sí es cierto es que muchas de las cosas que antes eran tabú y nos atemorizaban, poco a poco pierden fuerza a través de luchas y de dar a conocer lo que sentimos, ¡ah! y de la sabiduría que sumamos con los años claro está.

Estamos abriendo los ojos para darnos cuenta de que a esta vida llegamos completos, que no tenemos porqué ir buscando mitades; que no se fracasa si no se llega al «casa, hijos, perritos» en el tablero. Porque les digo (sí, otra más), no todos están en el mismo juego, no todos quieren lanzar esos dados para ganar el premio, porque esa no es su única manera de llegar a ser felices.

Creo que finalmente estamos escuchando al gran Lennon.

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Así que, de estas palabras libres y entre comillas, vivan el día a día, preocúpense por lo que realmente importa, si les llega el chance de amar, amen, entréguense, suban a esa montaña rusa, compartan y disfruten lo que dure, que «si es pa’ ti, será pa’ ti»; que la palabra «soltera» o «soltero» no represente una especie de maldición y mucho menos una carrera contra el tiempo.

Es una simple palabra, que si la repites seguido y muchas veces, llega hasta a perder su sentido y significado.

 

Ilustración: Sonia Pereira.