Pensé que mi divorcio significaba liberarme, pero no fue así

Violencia después del divorcio

Nuestra colaboradora anónima confiesa que ella pensaba que después de separarse, se liberaría y lograría tener una vida mejor sola. Nada más alejado de la realidad. Descubre por qué.


 

En un momento difícil, de esos que llevan a reflexionar sobre la vida, el destino, el futuro, el debería y el quisiera, tome la decisión de arriesgarme a dejar la comodidad, la vida de familia “perfecta”, la seguridad económica, la estabilidad (¿rutina?) y la adecuada presentación ante la sociedad.

En resumen, decidí dejar mi «vida perfecta de casada» y divorciarme.

No solo dejaba atrás lo que les dije antes, también decidí acabar con el abandono, la falta de atención, la soledad, la sensación de sentirme coartada ante las decisiones que tomaba y la vida plana que vivía con mi marido y que permití por muchos años. Decidí recuperarme a mí misma y recuperarme para los que al mismo tiempo yo había abandonado.

Pero, eso era lo que pensaba…

Diferente a ese deseo y tal vez, con una situación muy atípica, la realidad de hoy, cuando ha pasado un tiempo de mi decisión, la vida me enfrenta a darme cuenta de que ese sueño de retorno al “mí misma” no se realizó. Y despertar dándote cuenta de que aún no lo logras, es difícil, da dolor en el alma y, confieso, también en el ego.

Porque estar del otro lado también duele…

Tanto tiempo viviendo en mi castillo (de arena, pero castillo), sintiéndome en los altos rangos del privilegio y acompañada de la persona «casi perfecta», que dedicaba gran parte de su tiempo a otras cosas fuera del castillo, en nombre del amor y el bienestar, me tenían atada a una vida conveniente.

Y cuando decidí dejarla, creí que al otro lado de la calle me estaría esperando la verdadera vida perfecta, así, con su traje de mayordomo inglés, la venia y la típica bandejita de plata. Pensaba que ahí en esa bandejita, estaba mi premio mayor, por el que “arriesgué” todo. Pensaba que al fin, gracias a mi acto de valentía de separarme, me iba a liberar de verdad.

Pero no, no me alcanzó ni para ser lacayo. La persona «casi perfecta» comenzó a acosarme por teléfono, a llenarme de preguntas, dudas y reclamos constantes; de reproches, drama y culpabilidad difícil de gestionar ¡Yo siempre creí que fui la culpable de todo!

El tema económico también comenzó a influir en nuestra relación de separados, y las presiones de su parte para que yo cumpliera mi rol de madre «adecuadamente» o rindiera cuentas de lo que gasto en mis hijos, hicieron mella en mí.

El primer paso: reconocerlo. El segundo: escribirlo.

Llegaron las madrugadas rumiando ideas, porque han pasado muchas noches en las que no he podido dormir.

Una de esas madrugadas, buscando qué hacer, tomé mi celular, pero no me sedujo como suele hacerlo; doblé la ropa que tenía pendiente, ¿Qué tal desinfectar el piso? Trapear casi siempre me hace bien, pero no, hoy no. Así que me atreví a sentarme con un café frente a este confesionario tecnológico, mi computador.

Debía hacer tantas cosas, tengo (todavía las tengo) tantas clases atrasadas y tantas carpetas por organizar, pero esta hoja de texto me hizo ojitos, me coqueteaba muy disimuladamente, así que no pude callar más, no pude esconderme más en la “fortaleza”. Tengo que confesar y confesarme…

Soy una mujer víctima de maltrato

Desde este lado, el no deseado, el incorrecto y el de las mujeres “débiles”, comprendí las historias de muchas que he escuchado.

Entendí que yo soy responsable de perpetuar el maltrato, porque el miedo me paraliza a la acción.

Entendí por qué tantas mujeres en el mundo esconden este tipo de situaciones, sin distinción de raza, escolaridad, nivel económico, edad y experiencia. Y estar frente a esto, me hace pensar en algo más doloroso aún: mientras nos escondemos, PROTEGEMOS al agresor y nos EXPONEMOS a nosotras mismas y a nuestrxs hijxs.

Me enfrenté a la dolorosa realidad de cuán crueles somos con nosotras mismas y con otras mujeres que se atreven a contar su historia de maltrato. Es como si con esa crueldad, desahogáramos el dolor, la rabia y la frustración que no podemos descargar en el verdadero culpable.

¿Por qué no se va de ahí?

Esta ahí por “boba”, porque quiere… ¿Quién la manda?

Las mujeres sí SON muy bobas, yo ya hubiera…

Es que como no denuncian.

Hacen todo el escándalo y después se mueren de miedo. Hasta que la mate; eso estará esperando.

Ante esas y miles de frases más, pido perdón y me pido perdón, porque ESAS mujeres a las que siempre enjuicié, también “eran” YO.

Solo que estaba del otro lado.