Soy la más pequeña de las jefas

Es curiosa la forma en la que trabaja nuestra mente. Recuerdo perfectamente el momento en el que decidí que quería ser “jefa”. Estaba de visita en la oficina en la que trabajaba mi mamá cuando una de sus compañeras me presentó a otro colaborador y comentó: “Ella es Daniela, la hija de la gerente”. Hasta ese momento, yo no me había enterado de eso (del cargo, no de que era hija de mi mamá).

A partir de ahí comencé a ver con más detalle lo que hacía mi mami cuando trabajaba.

Sabía, de sobra, que hablaba todo el tiempo por teléfono y que viajaba con frecuencia. Pero al escuchar sus conversaciones, me di cuenta de que invertía una gran cantidad de tiempo solucionando asuntos, cosa que me parecía maravillosa.

Alguien te llama, te presenta una situación y tú le das instrucciones. ¿A quién no le gustaría que le pagaran por decirle a las personas lo que tienen que hacer?

Como es obvio, en algún punto maduré, estudié en una universidad, comencé a trabajar y tuve jefes. Nunca tuve problemas con la autoridad, y de hecho tengo la fortuna de haberme cruzado con mujeres estupendas de las que aprendí un montón y que hoy en día son mis amigas.

Pero pensaba con frecuencia en las distintas formas en las que yo manejaría algunas situaciones estando en su lugar. Todo me parecía sencillo.

Por esas oportunidades que se presentan pocas veces en la vida, hace unos años me ofrecieron la dirección de un equipo de trabajo en una empresa a la que había entrado como pasante (practicante).

Acepté prácticamente sin pensarlo.

Le pedí un último consejo a mi antecesora y me dijo con cariño: “Te va a ir excelente, lo más difícil es manejar el recurso humano, una vez que lo domines estás lista”.

Agradecí el dato, aunque no lo entendí del todo. Conversé con otra amiga que también había ocupado el cargo y me pintó, con la franqueza que la caracteriza, el panorama un poco más claro: “Tu reto es que no te vean como Danielita, entraste como pasante, fuiste periodista y ahora eres jefa y te tienen que ver como tal”.

La frase me sirvió para entenderlas a las dos. Las responsabilidades del puesto podía cumplirlas sin inconvenientes, pero estaba a cargo de un equipo en que la mitad me había visto crecer, y la otra ya estaba trabajando en el área cuando yo apenas me graduaba del colegio.

“No seas Danielita” ,“no seas Danielita” “no seas Danielita”. Creo que repetí ese mantra unas doscientas veces durante el primer mes. Dudaba de cada decisión que tomaba, de las respuestas que les daba ante las preguntas más básicas y sentía que mi falta de experiencia iba a afectar la forma en la que quería conducir al equipo.

Hasta que lo mandé todo al carajo (a mis pensamientos, no al trabajo). Asumí que no podía proyectar tener una experiencia que no tenía y que las probabilidades indicaban que en algún punto me iba a equivocar, pero que sería la manera cómo reaccionara ante mis errores, lo que de verdad definiría mi liderazgo.

Ahora que lo veo, es absurdo pensar que te la sabes todas más una¿Y qué más da si tus subalternos son mayores que tú? ¡Puede ser muy beneficioso! Aprendí a escuchar siempre sus opiniones y a balancearlas con mi instinto.

Deseché las pretensiones y decidí presentarme ante ellos de la única forma que conozco: como una más del equipo.

Con risas y buen humor. Compensé mi falta de experiencia con creatividad y trabajo duro, me interesé genuinamente en sus vidas y descubrí que todo lo que pasa en casa, aunque no queramos, llega a la oficina y afecta el desempeño.

Ahora intento que brillen y se destaquen y cuando toca, porque a veces toca, les halo orejas.

La buena noticia es que nos hemos integrado. Logramos un ambiente cómodo y productivo. Nos respetamos y damos lo mejor de nosotros mismos. Al final, liderar no se trata de los años que tienes, sino de quién eres.

Que se los dice una jefa criada en los 90’s.

Lee más de Daniela Truzman en: “Mi vida sin tacones”

Foto: Pixabay.