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¡Penúltimo Capítulo! PERO SI OS LO PRESENTÉ, ¿NO OS ACORDÁIS?

¡Penúltimo Capítulo! PERO SI OS LO PRESENTÉ, ¿NO OS ACORDÁIS?

¡Penúltimo Capítulo! PERO SI OS LO PRESENTÉ, ¿NO OS ACORDÁIS?

Resumen del capítulo anterior: Mariángeles y Rodrigo llegan por fin a Sevilla y comunican su decisión de dormir fuera de la casa familiar. La mamá de nuestra prota les ofrece entonces quedarse en casa de la abuela, que está desocupada.

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Me quedé mirando aquel cabecero de madera de roble repujado con ornamentos tallados a mano. La colcha, de raso brillante en un tono marfil tornasolado, con volantitos en las esquinas y fruncidos que habrían hecho las delicias de cualquier Madame Bovary de la época.

Cuando mamá cerró la puerta y me quedé a solas con mi chico en aquel cuarto de la familia Adams, nos echamos a reír. Rodrigo me dio un abrazo eterno y me besó en la frente; después, me susurró al oído que se alegraba mucho de haber venido a conocer a los míos, que mi abuela era adorable y mi hermano un buen chico a pesar de su rebeldía adolescente y que a mis padres se les caía la baba cuando hablaban de mí.

Le sonreí. Me sentía feliz. Era una sensación extraña.

Para mí, era como si Rodrigo fuera a morir diagnosticado de alguna enfermedad terminal y yo quisiera que mis seres más cercanos no se quedaran con la sensación de no haberlo conocido. Era como presentar al difunto. Se irá, pero éste es.

Los días que pasamos juntos en mi pueblo jamás los olvidaré. Le enseñé mi colegio, el parque donde jugaba de pequeña, el pantano donde solíamos ir a bañarnos en verano, los caminos que frecuentaba con mis amigas en bicicleta, los bares donde me tomé mis primeras cervezas, el cine de verano donde me dieron los primeros besos… Quería que me conociera.

Quería decirle: “ésta soy yo, y ahora, si puedes, ve y olvídame”.

Quizás me había planteado un reto inconscientemente, una apuesta, en la que mi vanidad había amontonado todas las fichas en la posibilidad de que él renunciara a marcharse. Y es que en el fondo, no lo daba aún por perdido.

Cuando llegó el momento de volver a Barcelona, sólo quedaban dos días para el final. Uno de viaje y otro en el que Rodrigo se marcharía al caer la noche. Y ahí empezó a cambiarme el carácter. Me quedé muda de repente. Mi familia lo achacó a la vuelta al trabajo después de unas vacaciones en casa.

Contestaba con monosílabos y me molestaba por todo, hasta porque me dirigieran la palabra. Rodrigo sabía cuál era el verdadero motivo, supongo que lo había estado esperando y se mantenía en un discreto y comprensivo segundo plano que aún me sacaba más de mis casillas.

Quería gritarle y echarle en cara que fuera capaz de seguir adelante con su plan como si nada le importara, como si estos días con mi familia le hubieran resultado del todo indiferentes, ahí con su carita de bueno y su melena rubia perfectamente despeinada.

¿Qué pasaba con él? ¿Es que no tenía sentimientos? ¿No iba a soltar ni una lagrimita? ¿Ni una maldición por nuestra suerte? ¿Tan sólo seguir agachando la mirada de corderito degollado?

¡Coño con el autocontrol! Habría dado mi vida por verlo perder los papeles, agarrarse a mi cuello y que llorara diciendo: “esto no me puede estar pasando”.

Llegamos a Barcelona después de un largo viaje de vuelta. Apenas cruzamos palabra en las cuatro paradas que hicimos. Estoy segura de que si Fede y Verónica nos pudieran haber visto a través de un agujerito, se avergonzarían de mi comportamiento.

Estaba actuando como una niña, pero me llevaban los demonios, y habría firmado que el maldito Príncipe Encantador se hubiera volatilizado de repente, en lugar de tener que asistir a aquella agonía lenta. Vamos, que me veía sobornando al dragón de turno para que lo dejara frito con un buen soplido a la brasa. Lo que desde luego no iba a hacer, era tocarle las palmas a la criatura.

Nos quedamos a dormir en mi casa. No hicimos el amor aquella noche. Me dormí dándole la espalda y él ni siquiera insistió en preguntarme por qué me comportaba de aquella manera.

Por la mañana, cuando me desperté, se había ido. En mi almohada, una nota decía que tenía que rematar algunos asuntos, entregar las llaves del piso y preparar la maleta definitiva, y que volvería a buscarme a eso de las cinco. Su vuelo salía a las diez de la noche.

 

¿Cómo será la despedida de nuestros dos protagonistas? ¿Será un momento dulce, triste, apasionado? ¡Hemos llegado al final de nuestra historia, no te pierdas el desenlace!

Foto por: Brooke Cagle en Unsplash

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