El test de placer
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Briamel González Zambrano / Periodista / España

Bri por Brígido (mi padre), A por Ada (mi madre) y Mel por Melvin y Melba (mis hermanos). Soy de Puerto Ordaz, Venezuela, así que no me resisto a bailar un calipso en donde me lo pongan. Por crecer junto al Caroní y el Orinoco es que me gustan los ríos y la fuerza del agua. Deliro por el chocolate. Estudié y ejercí el periodismo en Caracas, en toda su extensión. Desde Petare hasta La Pastora.
Vivo en Madrid desde 2009. En 2013 empecé el blog "La Rorra en el teclado", donde hablo de la migración venezolana en España. Nunca me gustaron las manualidades y no sé hacer casi ninguna tarea del hogar. Mis manos son para escribir y para dar cariño.

¡Qué lindos frenillos!

¡Qué lindos frenillos!

¡Qué lindos frenillos!

Esta semana me enviaron una foto de cuando tenía 15 años. En aquella época usaba frenillos, llevaba crinejas (trenzas) y era una adolescente muy tetona para el resto de mi entonces flacuchento cuerpo. Me quedé viendo largo rato la fotografía. La amplia sonrisa metalizada, el cutis, el pelo enredado que aún me acompaña.

Mirando la imagen pensé que seguro la tomaron minutos antes de subir al escenario de mi colegio, donde bailaría alguna canción de Juan Luis Guerra. Que había cierto nervio en esas temporadas de bailantas colegiales. Que todo nos resultaba nuevo, emocionante e increíble. Que nuestra prioridad era ir a los ensayos, hacer coreografías, escuchar una y otra vez los cassettes. Sí, cassetes. Que no soy ninguna millennial.

En la foto también aparecen otras dos amigas del cole. Una fue la que encontró la imagen en un cajón de su casa, la otra dijo: “Ahí estaba acomplejada. Me incomodaba ser tetona”.

Me extrañó el comentario, sobre todo porque a mí sí que me gustaban entonces y me gustan mis pechos. Pocos años después de graduarnos, vimos desfilar por el quirófano a muchas de nuestras amigas para instalarse prótesis que las hicieron felices. Nosotras las tuvimos gratis.

Reflexioné entonces en cuáles fueron mis complejos de adolescente: mis dientes. Eran horrendos. Me ponía las manos en la boca para las fotos. Hasta que llegó la ortodoncia para enderezarlos lo mejor posible durante largos cuatro años. Recuerdo que durante una Semana Santa estaba caminando por la playa con mis amigos del colegio en Margarita, estábamos en todos en traje de baño, dando un paseo.

De pronto un tipo que venía de frente me dice desde lejos: “¡Qué lindos te quedan esos frenillos. Te van a quedar lindos los dientes”. Yo, cándida que era, le dije: “Muchas gracias”. Reconozco que me hizo ilusión pensar que se notaba que tendría una dentadura hermosa. Mis amigos rieron. Uno de ellos me dijo: “Bria, el tipo no te estaba viendo la boca. Eres una caída de la mata. Estaba mirando más abajo y tú vas y le agradeces”.

Si este episodio ocurriera hoy, seguramente le diría al hombre desconocido que no me hacen falta sus comentarios, piropos o sugerencias, y que se las ahorre. Sin embargo, esto no fue hoy sino a mediados de los ’90. Esos tiempos de inocencia, complejos absurdos y felicidad irrepetible en los que te aferras a lo que quieres creer, sin más.

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No dejes de leer el blog de Briamel: “La Rorra en el teclado”

Foto: Pixabay.

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