El accidente de tránsito que cambió mi vida

Estoy sentada en el sofá, escuchando el sonido de la lluvia caer. Me asomo por la ventana y mirando al cielo, le agradezco una vez más a Dios por tener salud y seguir viva.

Soy una soñadora empedernida, alegre, romántica, fuerte y decidida. Paso más tiempo en mi cabeza que en el mundo real y mis días los dedico a escribir, leer o a aprender cosas útiles y productivas.

Me gusta escuchar música a donde quiera que voy, montada en con mi bicicleta, porque me da una sensación de seguridad y despreocupación.

Solo la música, mi bicicleta y yo. Con ella recorro el mundo entero y descubro sitios increíbles. Con ella me siento imparable e indestructible…

Pero… Un día todo cambió.

¿Alguna vez te has puesto a pensar en el mañana? ¿Has pensado en el posible “y si”? ¿Y si salgo a hacer mercado y me pasa algo en el camino? ¿Y si me da un ataque de pánico y no sé cómo reaccionar? ¿Y si me duermo y ya no me puedo despertar? ¿Y si…? ¿Y si…?

Te pone a pensar, ¿verdad?

A mí me pasó y sin avisar. Era un viernes de octubre, lo recuerdo como si fuera ayer. Las hojas anaranjadas y rojas de los árboles caídas sobre el suelo anunciaban que el otoño estaba presente. Me subí a la bicicleta y pedaleé hasta la estación camino al trabajo. Pensaba en que ya casi era el fin de semana y lo feliz que me haría descansar de nuevo.

Hacía dos meses que había regresado de unas largas vacaciones recorriendo Latinoamérica. Me había despedido de mi familia y de mi novio con la esperanza de encontrarnos de nuevo en diciembre para poder estar juntos para siempre. Solo serían cinco meses que estaría esclavizada en Alemania, mientras resolvía el papeleo para la visa. Mi única ilusión era estar junto a él.

A quinientos metros podía ver el tren. “Ya casi llego”, pensé. Bastaron quince segundos para que cambiara del rojo al verde en el semáforo y mi reproductor saliera volando. ¡Me caí descontroladamente! Al darme cuenta, ya estaba en el suelo con la bici encima de mí y un dolor intenso en la espalda. Estaba aturdida y desorientada, y solo me preguntaba qué había pasado.

La gente me miraba de forma extraña, pasaban a mi lado ignorando mi presencia. Desde ese momento el día transcurre más lento para mí, cada segundo del tiempo cuenta. El sonido de la ambulancia es, hasta el día de hoy, mi peor pesadilla. No tengo recuerdos de cómo sucedió. Si me preguntaban, yo solo les contestaba: “me caí de la bicicleta”.

¿Cómo? No lo sé.

Fui sometida a varios exámenes, rayos X y tomografías, hasta que finalmente me dieron la gran noticia: “Tienes una fractura en el disco vertebral”.

“¿Una qué? ¿Qué acaban de decir? ¿Estoy soñando? Dime que es mentira”, les increpé.

La enfermera me consolaba con: “pero no te preocupes, no es para tanto”. ¿Cómo podría decirme eso? ¿Estaba loca o qué? ¿A caso no sabe lo grave del asunto o es qué nunca le ha sucedido nada malo?

Los tres primeros días estuve inmóvil, tumbada en una cama con sedantes intravenosos, dos a tres veces al día. Me sentía inútil, débil y soñolienta. Lo único que hacía era llorar, llorar por las pesadillas o por la depresión o por el dolor. Lloraba hasta quedarme seca o dormida, lo primero que fuera. Mi sonrisa se desvaneció y mi corazón se debilitó. Nunca me había sentido tan frágil e indefensa.

Yo solo tenía pensamientos catastróficos del tipo: ¿Qué hubiera pasado si la fractura hubiese sido mayor? Por suerte no necesité operación ni corsé, solo muchos calmantes y de los fuertes, pero ¿Qué hubiera pasado si yo hubiese sido sometida a una operación? ¿Qué pasaría si hubiese quedado para siempre en cama? O peor aún, ¡muerta! Tuve suerte de que no me di un golpe en la cabeza, quién sabe lo que hubiera pasado.

Sin amigos o conocidos, pasé dos semanas sola en el hospital.

En esos momentos de crisis, me di cuenta de lo débil que puede llegar a ser el cuerpo, de lo poco preparados que estamos antes estos episodios, de que no vivimos un día a la vez, sino que vamos apresurados por la vida sin darle importancia al hoyTambién me di cuenta de lo sola que me sentía y del daño que esto me hacía; aunque también descubrí que hay gente buena en todos lados, gente capaz de ayudar o acompañarte aunque no sean nada tuyo.

Mi único consuelo y apoyo fue el de mi vecina Bárbara, quien se convirtió en mi segunda madre.

Mi compañera de cuarto, Brigitte, terminó siendo mi mejor amiga y fiel confidente. Era como mi abuela, sobrepasa los sesenta años pero tiene un espíritu rebelde. Ella fue testigo de mis dolores, mis sufrimientos, mis llantos y mis anhelos. Las dos fueron mis ángeles guardianes y mis protectoras.

Todo esto fue revelador para mí.

Llamar a mi familia fue muy doloroso. Qué difícil era dar una noticia así. ¿Por qué las malas noticias se tenían que dar vía telefónica?

Yo, que solo quería estar con mi mamá, con ellos y con mi novio, quería escuchar palabras consoladoras o que me tomaran de la mano y me dijeran “todo va a estar bien”, “no pasa nada”, “estamos aquí”, sentí, más que el dolor por el accidente, el gran impacto de la soledad en un país que nos es el tuyo.

Y aunque no estaba ahí conmigo, me decían lo orgullosos que se sentían de mí porque estaba acá sola, porque era valiente, porque estaba aprendiendo este idioma tan complicado, porque estaba cumpliendo mis sueños y porque había conseguido “corazones cálidos” entre tantas personalidades directas y frías.

Debo decir que no fue posible lograr esto sin el apoyo y amor incondicional de mis seres queridos. Cada llamada y cada mensaje de texto, fue lo que hizo que me recuperara y saliera del fondo. Fueron parte del soporte emocional en mis días de amargura, de tristeza, de enojo y de depresión.

Sin ellos no creo que hubiese sido posible.

LA RECUPERACIÓN

“Con el tiempo y ejercicio se regeneraría el hueso por sí solo”, fueron las palabras del doctor. “Tendrás que hacer rehabilitación y caminar. Evita quedarte en la casa acostada”. Y aunque al principio fue difícil debido al intenso dolor que tuve durante casi dos meses, eso fue lo que hice. Cada día tomaba casi 2.000 mg de calmantes, lo cual me hacía tener un aspecto de demacrada.

Ahora, algunos meses después, el hueso ya está estable y hace poco comencé a trabajar, lento pero seguro. Ya empiezo a caminar como antes, con seguridad y paso firme, si no le cuento a la gente sobre el accidente, no creerían lo que he vivido. Con los días, mi sonrisa se empieza a ver en el rostro, las lágrimas dejaron de correr y aquellas pesadillas se van desvaneciendo poco a poco de mi cabeza.

Pero muy dentro de mí sigo teniendo una sensación y una angustia de que algo más puede pasar o que incluso, la historia se puede repetir. Serán síntomas postraumáticos, no sé, que con el tiempo irán desapareciendo.

Y aunque por ahora la bicicleta está sin uso, yo sé que algún día me armaré de valor y volveré a subirme a ella. Solo me falta eso, el coraje.

Conoce la página de Laura Berzins “Cuentos de la Nena”

Fotos: Laura Berzins y Pixabay.