Mamá… Me voy a vivir con mi novio

Me llevo mal con mi mamá

Veía a mi mamá como mi ejemplo a seguir: elegante, muy bien educada y muy exigente.

Fue criada en una ciudad pequeña por un comerciante exitoso, que levantó de la nada a su familia de cinco hijas, y por mi abuela, una señora muy humilde, sin ninguna casta, solo vida de campo, con un carácter fuerte, -o eso nos cuenta ella-. Mi abuelo era un hombre muy conservador y todas se criaron en un ambiente bastante machista.

Mi mamá conoció a quien creía que era el amor de su vida a los 19 años, a los 24 se casó con él, mi papá.

Mi abuela jamás los dejó solos un instante, ¡Ni en el ascensor! Tenían que estar acompañados por alguien para bajar los ocho pisos de su edificio en la parte alta de la ciudad.

Tampoco podían salir a bailar, ni ir a un barcito de la época (al menos para conocerse de verdad). Lo único a lo que mi mamá podía aspirar, era a una serenata nocturna, que terminaba siempre en discusiones, porque ella no era la única novia que visitaba todo el bandón de “músicos” que recorrían toda Mérida para conquistar muchachas.

Finalmente casados (todavía no sabemos si enamorados o huyendo del sometimiento y “el que dirán”), pasaron 21 años en los que en mi cabeza y en la cabeza de los demás parecíamos una familia perfecta, teníamos problemas como en todas las familias, pero nada especialmente peculiar.

Un papá médico con aspiraciones que nunca logró alcanzar, una madre dedicada a sus hijas por decisión (porque ella tenía su título de odontólogo montado en un marco rococó) y mi hermana, tres años menor que yo, estudiante para ese entonces de tercer año de bachillerato.


Historias, artículos, entrevistas, reflexiones, videos y promociones especiales, pueden estar a tu alcance si te suscribes a Asuntos de Mujeres... Si te gusta nuestro trabajo, ayúdanos a crecer: invita a tus amigas y familiares a registrarse para recibir este boletín. ¡Y DÉJANOS TUS DATOS AQUÍ!

Mantenemos tus datos en privado.


Un agosto de 1998, llegó mi papá con muy poco tacto a decirnos que se iba de la casa porque – lean bien esto – “Había dejado de querer a mi mamá…».

Las tres nos quedamos mudas y lo peor de todo, fue que mi mamá estaba más sorprendida que nosotras, y ni siquiera voy a ahondar en lo equivocado que fue decirnos eso a mi hermana y a mí. Ella tenía 15, y yo 18.

Mi mamá cayó en una depresión que nunca fue diagnosticada hasta hace un par de años, que finalmente decidió buscar ayuda e ir a terapia; pero mientras tanto, mi hermana y yo sacamos una fortaleza no sé de dónde, para tratar de hacer feliz a mi mamá con lo que no teníamos.

Además, yo con mis pocos años y nada de experiencia, salí a buscar trabajo y mi hermana dando traspiés de rebeldía, regresaba al colegio. Las dos también necesitábamos ayuda, ninguna de mis cuatro tías se dio cuenta, nunca nadie lo notó y nosotras tampoco.

Pues nada, había que salir al ruedo, trabajamos haciendo de todo, desde una tienda, hasta haciendo y vendiendo comida.

Mi mamá, con sus pocas ganas de levantarse de la cama y con mucha tristeza, también le tocó freír lumpias y hacer polvorosas. Se hicieron famosas, nos llenamos de pedidos y eso nos pagó las carreras a ambas; no sé cómo lo logramos, sin dejar nunca de tomarnos las cervezas respectivas cada vez que se podía.

Eso sí, nada de inventos de ir a la playa después de una rumba, porque había que llegar temprano. Al día siguiente ella, mi mamá, tenía que trabajar, habiendo retomado su profesión de odontólogo, y entonces, nos manipulaba diciéndonos que ella ahora era mamá y papá y que como tal, nosotras debíamos responder y colaborar.

Entonces la rebeldía se manifestaba de formas muy sutiles: piercings, tatuajes, pelo de colores absurdos, carreras bohemias, música “diferente”, una que otra cerveza más de lo normal y marihuana cuando se podía; pero la verdad es que verlo escrito se siente mucho peor de lo que realmente fue.

Al final como buenas hijas, estábamos como un par de claveles a las 10:00 pm a más tardar en casa, porque si no “¡ay mamá!”, las cabezas rodarían a la mañana siguiente, por esa mamá que, aunque se jactaba de nunca repetir los patrones de mi abuela, los repetía exactamente igual.

Ella decía que era sumamente liberal, pero su proceder era como la canción Shakira “…Cumplir con las tareas, asistir al colegio ¿Qué diría la familia si eres un fracasado? Y ponte siempre zapatos, no hagas ruido en la mesa. Usa medias veladas y corbata en las fiestas. Las mujeres se casan siempre antes de treinta. Si no vestirán santos, aunque así no lo quieran…”.

 

 

Para colmo, siempre tuvimos problemas hormonales, y con ellos de sobrepeso y autoestima tambaleante, reforzado con cosas que decían mis tías: “A las niñas gordas nadie las mira, nadie las quiere, solo se ríen de ellas; nunca conseguirán novio o un hombre que las quiera”.

Solo aquellos que han pasado por esto entienden que eso queda marcado en el corazón y en la cabeza como un tatuaje.

Por supuesto cuesta mucho hacer amigos, cuesta más creer que le gustes a alguien y más te cuesta creerte que te quieran… que te amen.

Afortunadamente nunca tuve problemas con volverme exitosa en mi carrera, amo lo que hago. Con mi incipiente rebeldía y mi “alcoholismo controlado”, me fue y me ha ido excelente, tengo el respeto de jefes y colegas que se han hecho mis verdaderos amigos y hasta una comadre tengo por ahí (y mi ahijado hermoso al que nunca he visto en persona).

A mi hermana le va excelentemente bien también, a pesar de las condiciones económicas y políticas en las que se vive en mi país.

Mi hermana y su pareja, mi cuñado, tienen una relación hermosa, y pasaron por torbellinos de más de 10 años; pero el tiempo le dio la razón al amor que se tienen, y están finalmente juntos, viviendo juntos.

Pero no fue fácil lograrlo, no porque no lo desearan, sino porque había una muralla china que saltar: mi mamá, la conservadora, merideña, chapada a la antigua, que sin ser creyente o católica, sí cree en “el qué dirán” sin tener a nadie que diga nada y por sobre todas las cosas, terror infinito a sentir el abandono de sus hijas, que por más de 20 años le dedicaron todo sin recibir ese mismo amor de vuelta.

Mamá, me voy a vivir con mi novio

Decir que cuando le dieron la noticia fue una locura, es poco, insultos fueron y vinieron, mi mamá estaba poseída por Lupita Ferrer, drama y llantos por todas partes, una hija de 34 años se iba de la casa sin casarse, “Dios nos libre”. ¿No debería ser al revés? ¿No debería tener el apoyo de ella después de ese divorcio tan traumático y de esa depresión que a duras penas después de más de 20 años todavía lucha por salir?

 

via GIPHY

Mientras toda esa locura estaba ocurriendo, yo ya tenía dos años con el que finalmente (después de superar todos mis miedos y mis complejos con mucha terapia, amigos y mucho vino), puedo llamar hoy mi mejor amigo, mi compañero de vida, mi amor, mi todo (sí, soy una romántica empedernida).

Pero para ese momento estábamos tratando de buscar la forma de echar a andar una relación a distancia, a hora y media de Caracas, con 37 años no está nada fácil sentir que estás en una relación que parece adolescente, a punta de llamadas telefónicas y para mantener la llama viva: mucho cyber sex.

Pues resulta que me quedé yo sola viviendo con mi mamá, y el kraken estaba suelto, y tenía o sentía que tenía que domarlo, a punta de conversaciones largas, discusiones cansonas, chocolates para levantar el ánimo, citas médicas infinitas porque su depresión se manifiesta de maneras inesperadas, -a veces creía que no eran ciertas-, otras que eran somatización y otras veces manipulación, llegadas temprano para no preocuparla y ser considerada con ella, corrección, llegadas temprano para evitar peleas y mientras tanto, un novio que finalmente se mudó a Caracas.

Yo estaba repartida en tres, mi trabajo, mi mamá y él, porque en vez de salir corriendo a vivir con él, tenía pánico absoluto de enfrentar a mi mamá y decirle: “Yo también me quiero ir, me quiero mudar con él y NO ME VOY A CASAR”.

Pero ¿Cómo me enfrentaba a eso después de lo que ya había pasado?, ¿Cómo evitar de nuevo el drama y los llantos innecesarios, y las descalificaciones fuera de control?, Cuando siempre fui y he sido una hija incondicional, y al mismo tiempo tengo a mi lado un hombre paciente, generoso, que a pesar de todos estos obstáculos, ha estado ahí todo el tiempo aguantando y apoyándome en todo momento.

 

via GIPHY

 

¿Saben qué?, después de eso, han pasado dos años más, y durante todo este tiempo regresé a terapia, dejé la terapia, me abracé nuevamente al vino, (ahora resulta que tengo que tomarlo con calma porque sufro de migraña), he pasado noches infinitas sin dormir, ojeras hasta el cuello, se me nota la tristeza y el miedo irracional me congela, nadie lo entiende, tampoco sé explicarlo bien con palabras.

Pero es una mezcla de rabia: Por su egoísmo, ¿Acaso los padres no quieren ver a sus hijos felices? ¿No es ese el propósito de darnos vida? o ¿Nos traen al mundo para completar su felicidad y no la nuestra?

También siento miedo de ser una decepción para ella, después de todos mis intentos de hacerla feliz, y sin querer, de cumplir el papel de marido; lástima por ella: porque nunca lo entendió, el divorcio no le enseñó nada, solo a estar triste.

Siento frustración, porque aunque lo hablamos miles de veces, incluso antes de conocer a Esteban, ella usa su arma bajo la manga: “Nunca les creí ese cuento de no querer casarse porque no se habían enamorado, cuando se enamoren yo pensaba que eso iba a cambiar”.

Estoy agotada de estos juegos mentales, de manipulaciones y por último, a veces siento odio y no quiero odiar a mi mamá, después de todo, ella desde su lugar cree que lo hizo todo bien para sacarnos adelante. La verdad es que la sacamos nosotras (mi hermana y yo) adelante.

Llegó la hora

La semana pasada le dije a Esteban que ya era hora, que ya no podía más, que quería irme a vivir con él y ya no importaba lo que pasara, por amor al cielo, estoy por cumplir 40 años, y no puedo seguir viviendo de salir a escondidas, de mentirle a mi mamá cuando me quedaba con él, “porque su casa no es un hotel, que esta casa se respeta”.

Ya es hora, además, él podría un día decirme, “Sabes qué, o es tu mamá o soy yo”. Obviamente lo escogería a él, pero no quería que llegara ese día, estaba estirando demasiado mi buena suerte.

La semana pasada decidimos hablar con ella, yo parecía una gelatina con apenas media hora de nevera y él estaba absolutamente pacífico, centrado, imperturbable y hermoso (Lo amo tanto).

Le dio un discurso digno de hacerlo público y la frase que usó y escuché maravillada, fue: “Aunque no nos casemos, usted me conoce y sabe muy bien que soy un fiel defensor de los valores familiares”. En mi cabeza sonaba una ovación de pie porque es absoluta e irrefutablemente cierto, y a mi mamá lo único que se le ocurrió decir fue: “¿Qué hice mal para que mis dos hijas se fueran de mi casa sin casarse?”

Esteban dijo que yo soy perfecta (morí de amor una vez más), por lo tanto, «ella no había hecho nada mal”, pero en mi cabeza me provocaba levantarme, levantar la mesa, tirarla al suelo, gritar como en la mejor de las novelas mexicanas, repasando todas las fiestas a las que dejé de ir, todos los levantes que me perdí, todos los viajes a los que no pude, todas las veces que me escondí, solo por ser considerada con ella y evitarle angustias y regaños.

Hoy, finalmente entendí que no hay nada, absolutamente nada que la haga feliz. Si hubiera ido o no a esos viajes y a esas fiestas, sería todo exactamente igual, así que decidí que yo sí quiero buscar mi felicidad, dejarlo todo atrás y empezar una vida nueva con la persona que tantos años me costó conseguir y que no pienso dejar ir.

Ya estoy recogiendo mis cosas, durante esta semana y la otra me mudo. No va a ser fácil, sigo teniendo toda esa mezcla de sentimientos de culpa, y sé muy bien que es absurdo, al fin y al cabo es mi vida, ella ya hizo la suya y no ha entendido que todavía tiene chance de rehacerla.

Yo todavía no lo creo, ¡SOY LIBRE! pero no hablo de la libertad física nada más, hablo de la libertad emocional, esa que estoy trabajando, la de dejar la cárcel que yo misma me impuse. Sé que siempre seré la hija desconsiderada que “vive en el pecado”, pero ya eso no puedo cambiarlo, lo que tengo que cambiar en mí, es que eso ya no me importe, estoy trabajando en eso, pero sé con todo mi corazón que lo voy a lograr.

Yo solo quiero ser feliz.


¡Compra el ebook de Asuntos de Mujeres!

Son 40 ejercicios, consejos y reflexiones que te ayudarán a tener una vida más placentera, sentirte más segura de ti misma, estar tranquila y desintoxicarte de pensamientos negativos.

¡Lo puedes leer desde tu computador, celular o tablet!

Cuando compras nuestro ebook, colaboras con nosotras y nos ayudas -a través de tu aporte-, a seguir existiendo, dándote más contenidos de calidad para tu bienestar y empoderamiento.

¡COMPRALO AQUÍ!

Ebook de Asuntos de Mujeres

¡Lee nuestro ebook desde tu celular o tablet!