¡Tú tienes obesidad ovárica!

Todo comenzó cuando decidí hacerme un “aumento leve de pechos”, por allá en el año 2008…

Antes, mucho antes, esto era solo una ilusión. No, más bien era como algo improbable o irrealizable; no porque no pudiera, sino porque me negaba a ser una más del montón y desfilar a la par de grandes cantidades de mujeres que hacían fila en el cirujano plástico para arreglarse el cuerpo.

Pero por aquel entonces, tenía un novio que decía que los hombres preferían a las mujeres de grandes senos, porque ellos por naturaleza eran unos cazadores, y que la lactancia materna producía en el bebé el deseo de seguir disfrutando de un órgano delicioso a la vista, al tacto y al gusto después de grandecito. Él vio eso en National Geographic y si es verdad o no, no me importa.

Antes de operarme. Esta foto me la tomé en ese época con mi amiga María Elena González, para el programa de radio «Mujeres en Pelotas».

En un grito desesperado por defender a las mujeres de pequeños pechos, yo le repetía una y otra vez, que por nada del mundo me pondría par de prótesis…

Pero el tiempo pasó, y sin darme cuenta comencé a cambiar mi visión de las cosas. Considerando que tenía par de huevos fritos pegados al pecho, sentí ganas de explorar esa posibilidad; es decir, como toda mujer que habla para adelante y para atrás, renuncié a mis principios, me tragué mis argumentos y decidí dar el paso: ¡Me voy a hacer las tetas!

En mi búsqueda de médicos, conocí a uno muy particular. Cuando llegué a su consultorio, me miró de arriba a abajo y escaneándome el cuerpo, me dijo:

– Lo siento, pero yo no te puedo operar. Así como estás, no. Yo te aconsejaría que bajes unos cinco kilos, porque de la cintura para arriba te ves bien, estás flaca; pero de la cintura para abajo… tienes obesidad ovárica– dijo sin miramientos.

– Obesidad ¿qué??????- respondí inmediatamente.

– Obesidad Ovárica -repitió- es un tipo de obesidad que se da en mujeres que toman la píldora, que te hace ver caderona y culona. ¿Tú tomas la píldora?-me interrogó.

– Sí- respondí ofendida y con la cabeza mirando al suelo.

– Pues, es eso -siguió el doctor- Te aconsejo que bajes un poco de peso o si no, yo te puedo hacer una lipoescultura.

-¿Una lipoescultura? – volví a preguntar con indignación.

Salí de ahí deprimida y decepcionada. Era una mujer de 1.55 m. de estatura y pesaba algo así como 54 kilos; creo que no estaba gorda y este doctor ¡Me mandaba a bajar de peso y a hacerme una liposucción porque tenía OBESIDAD ovárica!

Desistí de mi idea de operarme ¡A mí nadie me llama gorda! (Aunque lo esté, ese no es asunto de nadie) ¡Qué descaro!

Y mi susodicho novio puso la cereza del pastel:

-Tranquila amor, yo te quiero así como estás… (o sea, me dijo GORDAAAA una vez más). Porque yo sabía bien que él no se estaba refiriendo a que me aceptaba sin un par de súper tetas.

El temita se convirtió en el chiste de mi lugar de trabajo, de mi casa y de los lugares que frecuentaba. Siempre pensé que esto era para escribirlo… Lo hice en mi blog personal en aquella época, luego, como columnista de la revista «Nueva», que se publica en Medellín.

Todavía no comprendo muy bien qué quiere decir obesidad ovárica, solo encontré esta definición en un diccionario médico:

“Obesidad ovárica: se observa en el síndrome de Stein-Leventhal que se caracteriza por oligoamenorrea o amenorrea, hirsutismo y aumento progresivo de peso. La causa de la alteración endocrinológica del ovario es compleja y no del todo conocida y con frecuencia existe también una hiperfunción adrenal”.

Hoy, por fin entendí este episodio de mi vida. Obviamente, mandé al carajo al novio aquel y también a mis principios, y con toda «mi obesidad ovárica», llevo con orgullo mi par de prótesis. Nadie me ha querido más ni menos por eso, pero yo me siento feliz por aquella decisión.

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Fotos: Maricarmen Cervelli.