Mamás: Es tiempo de escuchar nuestras emociones

Conocer nuestras emociones y conectarnos con ellas nos permite danzar con la vida y darnos la apertura y el permiso de adentrarnos en aquello que nos inquieta, alegra o entristece.

Soy una mamá trabajadora que debe atender clientes manteniendo siempre una postura políticamente correcta ante las personas de mi entorno.  Sin embargo, al salir, de la casa al trabajo y del trabajo a la casa, esta postura se desvanece cuando mis dos hijas me abordan e interpretan aquello que realmente siento.

Los niños, en su transparencia a través de la inocencia, nos hacen ver la importancia de expresar nuestras emociones sin coraza y con autenticidad. Para ellos no está mal sentirse triste, con miedo, con rabia o con extrema alegría. 

Pero como adultos nos enseñan a “domar” nuestras emociones como si sentirlas estuviera mal.

Siempre comparo las emociones como las olas del mar, es por eso que me encantan las caminatas a la orilla de la playa. Y es que el sonido de las olas te deja una sensación esperanzadora cada vez que éstas van y vienen. 

Cuando las olas se acercan dejan algo, luego regresan con más fuerza, con más ímpetu o simplemente con la delicadeza de hacerse sentir que están allí. A veces como la vida, el mar puede estar revuelto, encontrándose y tratando de entenderse, en ese momento nadie se atreve a acercarse, otras veces el mar está tan tranquilo, tan cercano, que todos quieren estar con él.

Luego de mucho tiempo me di el permiso de tratar de entender eso que siento y en qué momento lo siento, ser vulnerable ante las emociones nos permite aclarar todas esas inquietudes que llevamos muy dentro, pero sobre todo aprender a escucharnos, y en este aprendizaje, desarrollamos la empatía para escuchar a los demás.

Como madre descubrí que al observarme ante diferentes situaciones, puedo observar desde otra mirada a mis hijas, escucharlas y entender lo que sienten.

Hace un año mi papá falleció, al recibir la noticia mi hija mayor estaba conmigo y en ese momento ella tenía 5 años.  Luego de la llamada me quedé sin palabras, no sabía cómo reaccionar, ni que decir, sus grandes ojos me miraron preguntado ¿qué pasó mami? solo pude decir, el abuelito se ha ido al cielo.  No quería que mi hija me viera llorar ni triste, pero en ese momento que dura tan poco y que se hace eterno no pude contenerme. 

Su reacción me sorprendió, de inmediato se sentó a mi lado y pude ver como una personita tan pequeña me daba consuelo y se conectaba con aquello que yo sentía.

De la misma manera, y reflexionando luego, imaginé los momentos en que mis hijas han tenido situaciones en las que no se han sentido bien y mi reacción ante eso. Muchas veces con la dureza de decirles, no llores no pasa nada o no es para tanto.  De ellas aprendo todos los días, su autenticidad, su solidaridad, su vulnerabilidad, pero sobre todo de su emocionalidad.

Un ejercicio que me ha servido muchísimo con ellas es escuchar con detalle lo que expresan verbalmente y cuál es su corporalidad; pero también observo mi estado de ánimo, qué estoy haciendo en ese momento y cómo les estoy dando la oportunidad de acercarse.

Me doy tiempo para ser vulnerable. Cada día sigo aprendiendo y me encanta.

Las madres somos espejos para nuestros hijos, y nuestro reflejo debe estar limpio, para que al mirarnos puedan ver en nosotros esa claridad que les permitirá ser mejores seres humanos.

Foto: Pixabay.

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