Mi pequeña esperanza

“Siempre estuviste en mis planes, pero decidí postergar tu llegada hasta que fuera el mejor momento. No estaba lista para ser mamá. Punto. Sentía que todavía había muchas cosas por hacer antes de dar el paso. Viajar, vivir en el exterior, ganarme una beca, casarme, separarme, volverme a enamorar, trabajar, trabajar y trabajar.

Hasta que, finalmente, sentí que estaba preparada para recibirte. Y fue tan fuerte esa sensación, que aún cuando había iniciando una etapa en otro país, darle vida a ese proyecto personal junto a la persona que amo se convirtió en la prioridad. Figuraste entre mis objetivos de este año. Sentí que no había nada que deseara más que a ti.

Pero esa ilusión poco a poco se fue desvaneciendo al ver cómo estaba el país (Venezuela). “Tener un hijo en este momento es una irresponsabilidad”, llegué a decir. Me llené de una profunda desesperanza. Y el optimismo se fue esfumando a cuentagotas. Pero ya era muy tarde. Tú habías decidido venir.

Al saber la noticia, no supe cómo reaccionar. Me alegraba. Pero al mismo me entristecía saber que tendrías que vivir en estas circunstancias. Me sentí culpable por no haberte podido tener en otro lugar. Me llené de muchos temores y, en lo más profundo de mi corazón, deseaba que te salvaras de tener que nacer en este caos. Mis pensamientos te expulsaban, pero tú te aferrabas hasta convencerme que querías nacer.

Una conversación con mi doctora me hizo darme cuenta de mi empeño de dejar todos mis proyectos a medias. Mi matrimonio, mi vida en Colombia, mi proyecto en Perú… “¿Vas a dejar este también?”, me cuestionó. “Ya estás montada, ahora no te preocupes y ocúpate”, me dijo una amiga.

Emprendí entonces la cruzada por resolver tu llegada. Creé una estrategia para dotarte de lo que necesitabas: pañales, medicinas, productos de aseo y demás. Ubiqué a las amigas que estaban próximas a viajar. Ideé un verdadero operativo. Y así fueron llegando insumos desde España, Colombia, Estados Unidos, Ecuador, Costa Rica y Argentina.

Tanta solidaridad me conmovió. A medida que fui viendo tu cuarto lleno de pañales y que iba tachando la lista de las cosas que necesitabas, me fui convenciendo de que eres un niño muy afortunado. Y no en vano viniste para sacar a flote fortalezas que tenía abandonadas, como el agradecimiento, la esperanza y el optimismo.

Esa recarga de emociones positivas que has traído contigo me ha abierto el campo de acción para buscar soluciones. Me he vuelto más creativa y flexible hacia lo inesperado. Sigo teniendo miedo, no te lo niego. Pero reconozco que tengo una red de apoyo que nos acompañará en este camino. Que no estamos solos y nunca lo estaremos.

No pretendo ser para ti una madre perfecta. Lo que sí buscaré es alcanzar la mejor versión de mí misma. Trabajar en fomentarte un apego seguro, que aprendas el valor de la familia, que alimentes la amistad, que seas una persona honesta y coherente con tus principios. Que seas siempre ese modelo de optimismo y esperanza, que llegó para animarme a seguir…”