Mis papás sirios me criaron así…

A los venezolanos nos reconocen porque muchos somos el resultado de una mezcla de razas y culturas.

Hace muchísimos años, cuando Venezuela era un país estable, muchos inmigrantes (italianos, españoles, portugueses, chinos, árabes, etc,), llegaron a esta tierra, propiciando una mezcla en lo laboral, económico, social y, por supuesto, cultural.

Contaré sobre cómo las costumbres y la cultura de este país fueron claves para mi crecimiento y formación.

Yo nací en Venezuela bajo el seno de una familia católica y mis papás se dejaron permear por algunas costumbres del país; sin embargo, el hecho de ser descendiente de sirios hace que se sienta la influencia de esta cultura en todo sentido: en la gastronomía, por ejemplo, en la que mi abuela y mi mamá se destacan; en el lenguaje y en las celebraciones propias de la tierra de mis papás.

Pero una de las cosas que tienen más peso es la forma como nos crían a nosotras las mujeres.

Las familias árabes más tradicionales tienen como costumbre que las mujeres se casen desde muy jóvenes, solo con hombres árabes, (ya, con 15 años, tienes edad para casarte). Es importante que llegues virgen al matrimonio, para casarte de blanco y mantener la pureza propia de la mujer virgen.

Y que las mujeres estudien no es una prioridad… Y trabajar menos.

Pero debo decir que en estos tiempos, algunas de estas costumbres se han vuelto más flexibles. En Venezuela, por ejemplo, eso de que las mujeres no trabajen es un sinsentido, porque acá la situación del país te obliga a hacerlo; además, muchas se han casado con hombres de otras culturas y razas y han elegido a qué edad hacerlo.

En mi círculo de gente, muchas tienen carreras universitarias (aunque algunas han abandonado la universidad a media carrera para dedicarse a su matrimonio, a sus hijos y a las labores de la casa).

En mi opinión, esa transición entre Siria y Venezuela fue un poco complicada para los emigrantes, ya que la mayoría chocó con una realidad diferente a la suya y muchos no estaban dispuestos a renunciar a sus costumbres y tradiciones aunque vivieran en un país distinto.

Por eso, mucho de ellos, al ver el contexto en el que se desenvolvían, se volvieron más rígidos con las mujeres.

En mi casa, somos 3 hermanos (dos hombres y una mujer). Cuando tenía 17 años y quería ir a una fiesta con mis amigos, mi papá no me dejaba (pero a mis hermanos sí). De hecho, cuando yo quería salir a una reunión más tarde de las 9 pm, mi papá me decía: “¿Tú acaso te crees un hombre para salir de tu casa a esta hora?”. Quiero decirles que hasta el sol de hoy, con 21 años, no sé qué es un local nocturno, porque no me han dejado ir.

Tener un novio era impensable y recuerdo cuando mi mamá me decía (aún hoy en día): “Tú no haces nada en esta casa”, cuando mis hermanos no mueven ni un dedo.

Hoy en día pienso que, más que una costumbre siria, esto tiene que ver con ese ideal machista que impregna a la mayoría de las familias latinoamericanas, independientemente de su origen.

Sin ánimos de generalizar, muchas de las mujeres con ascendencia árabe que conozco, todavía creen que la mujer fue hecha para la casa y para cumplir con las ‘sugerencias’ de sus padres acerca de su futuro.

Tengo conocidas cuyos padres no dejaron que terminaran el bachillerato, y las que sí lo hicieron, no pudieron estudiar en la universidad, porque debían quedarse en casa y esperar al “hombre perfecto”; es decir, a un hombre árabe de buen estatus económico y buena apariencia, con quien poder abandonar el nido.

Cuando una amiga me contó que estaba en esta situación, lo que más me impresionó fue su resignación y aceptación. Simplemente no quiso luchar por sus deseos, sino que se conformó con el destino que sus padres habían planeado para ella.

Por eso, a pesar de lo que les he contado, me sentí afortunada de tener los padres que tengo en muchos sentidos.

Y es que una de sus principales preocupaciones ha sido enseñarme que la educación es lo más importante para la vida.

Durante mi niñez, mi mamá estaba al tanto de mis tareas y, si era necesario, me enviaba a cursos para las materias más complicadas. Recuerdo que era un poco traviesa y cada vez que enviaban un citación desde el colegio, mi papá se ponía furioso, haciéndome entender que la educación era vital para mí; así que me inculcó que nunca podría sacar notas mediocres. Creo que eso me volvió un tanto perfeccionista en todo, pero también una mujer que aspira cosas maravillosas para su propia vida y desarrollo.

En este momento estudio séptimo semestre de Contaduría Pública en la universidad, soy cantante y doy clases de técnica vocal y teatro musical a niños, niñas y adolescentes. Me gané una beca para ser entrenada en Broadway, Nueva York, en teatro musical y aquí estoy, muy feliz del camino profesional que he recorrido a mis 21 años. Ese empeño de ser la mejor y de que todo salga bien, me ha hecho perderme de las cosas propias de esta edad; pero a veces no me importa. ¡He logrado demasiado!

Muchos padres árabes, en el mundo donde fui criada, han criado a sus hijas como lo hizo mi padre, y es bueno saber que muchos hombres árabes sí pueden pensar diferente y desean que sus hijas se valgan por sí mismas, y que si el día de mañana están solas por cualquier razón, no necesiten necesariamente un esposo para salir adelante.

Agradecer a mis padres por todo lo que han hecho por mí es algo que haré el resto de mi vida, porque gracias a la mezcla y el buen balance entre dos culturas, soy la persona que soy hoy.

Me falta mucho por recorrer, pero puedo ver un horizonte donde soy capaz de crecer y desarrollarme. La que tiene la riendas en mis decisiones soy yo, siendo Dios el único encargado de mi destino hacia el bien.

Foto: Pixabay.

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