Pilar Quintana: “Hice una novela para responder la pregunta sobre ese deseo asesino que vive dentro de mí”

Pilar Quintana Asuntos de Mujeres

Pilar Quintana era una de nuestras asignaturas pendientes.

Por esas cosas de la vida, cada vez que íbamos a conversar con ella, algo pasaba y la entrevista se caía. En esos ires y venires pasaron casi casi tres años. Una locura.

Pero como las cosas son cuando tienen que ser y no antes, la autora colombiana pasó por Madrid para promocionar una nueva edición de La perra, una joya de novela que fue publicada originalmente en el año 2017 y que, entre otros logros, ha sido traducida a más de 20 idiomas.

Así que aprovechamos la oportunidad para conversar con Pilar sobre ese libro y también sobre Los abismos, novela ganadora del Premio Alfaguara 2021, finalista del National Book Award y uno de nuestros favoritos de los últimos años.

Cada minuto de espera mereció la pena.

Pilar es una mujer apasionada, expresiva y aguda, que no tiene reparos en decir lo que piensa y llamar a las cosas por su nombre.

Espero que disfruten mucho esta entrevista.

Siempre que tengo la oportunidad, le pregunto a los autores y autoras que han ganado un premio importante, cuál es el siguiente paso, pero en tu caso lo que vino fue un paso atrás.

Es que es raro, porque La perra no ha parado. La publiqué en 2017, antes de ganar el Premio Alfaguara por Los abismos, pero nunca he parado de hablar de ella ni de tener eventos del libro, porque ha sido traducido a más de 20 idiomas

Ahorita, por ejemplo, estoy en una gira presentando Los abismos en varios países, pero resulta que, en algunos de esos países, La perra salió en la pandemia, entonces hago promoción de las dos novelas.

Edición ilustrada de “La perra”

O sea que estás todo el tiempo como una máquina del tiempo.

Sí.

¿Y cómo se siente eso?

Pues es muy asombroso. Yo no me esperaba como que esto fuera a pasar en mi vida y menos con una novela pequeña, cuyo tema es la maternidad, cuya protagonista es una mujer negra, gorda, entrada en años, cuyo único deseo ha sido tener hijos. Es asombroso.

Damaris, la protagonista de La perra, se obsesiona con ser madre y, al no poder, empieza a sentirse perdida, deprimida, sin  sentido, ¿qué crees tú que pasa cuando nos obsesionamos con una idea y todo el resto de la vida desaparece?

Muchas veces, el deseo insatisfecho o la búsqueda del deseo puede ser muy obsesivo; y ese deseo puede ser sexual o de cualquier cosa. Yo pienso que el deseo de la maternidad es un deseo muy extraño, porque es un deseo que muchas veces no pasa por lo racional.

Yo, por ejemplo, no quería tener hijos. A los 15 años yo dije que no quería tener hijos y así me mantuve hasta los 39, y de repente, cuarentona, me encontré deseando tener un hijo más que nada.

Yo me di cuenta de lo que había hecho cuando tuve el bebé en brazos y dije, ¿y este bebé llorando y tomando teta? ¡Dios mío!, ¿por qué hice esto?” 

Y me parece que hay un tema increíble sobre nuestra propia naturaleza humana, que a veces desconocemos, y que creemos que, porque somos racionales, somos dueños de nuestro destino, de lo que sentimos y de lo que pensamos; y lo cierto es que no lo somos.

Hay un elemento disruptivo que es nuestra propia animalidad. Es disruptivo, no porque sea ajeno, sino porque pertenece a nuestra propia naturaleza, pero nos gusta pensar que eso no nos pertenece a nosotros, y a mí me interesa poner un acento ahí y volver la mirada hacia esa animalidad nuestra.

Y entonces yo dije, “uf, mirá este deseo tan profundo, cómo nos transforma, ¿que hay ahí?”

Este es un deseo que muchas veces tenés que ir a terapia para trabajarlo, porque es un deseo que te posee.

Y luego la sociedad te está diciendo que ese es el deber ser.

¡Claro!, hay algo malo con vos si no tenés un bebé.

En el momento en el que yo estaba escribiendo La perra, en redes había este movimiento feminista diciendo que las mujeres no necesitamos tener hijos para sentirnos completas. Y, sí, es válido no querer tener hijos, estoy absolutamente de acuerdo con eso, pero me pregunté cómo se estarían sintiendo las mujeres que quieren y no pueden y tienen que estar calladas porque la sociedad no les permite hablar sobre esto.

Se nos permite hablar de la maternidad exitosa y feliz, pero la maternidad oscura, la maternidad  insatisfecha, la maternidad que no fue y la maternidad frustrada, siguen siendo tabú.

Ahora mismo la maternidad no idealizada está sobre la mesa, pero sí es cierto que el tema de la maternidad que no puede ser todavía está en la sombra.

Sí, y estaba ahí en ese momento. Cuando yo escribía La perra, esa maternidad real no estaba puesta tan sobre la mesa como ahora, pero este tema de “quiero tener un hijo, pero no puedo”, sigue en la sombra.

Y yo quería poner una voz ahí, en el deseo profundo de una mujer por tener hijos, que eso también pasa.

Hay mujeres que no quieren, y eso es regio. Hay que hablar de ellas (y lo estamos haciendo), pero la maternidad no es solo una imposición social, también es una cosa física, del cuerpo, que tenemos las mujeres.

Yo lo viví en mi propio cuerpo: un deseo instintivo, el deseo animal de perpetuarme.

Existe, a mí me pasó.

Yo perdí un bebé, y ahí descubrí que un mundo de amigas mías habían tenido pérdidas, pero ninguna había hablado de eso. Nadie habla de eso.

Damaris es el último eslabón de la cadena de privilegios: negra, gorda entrada en años, pertenece a una población rural, ¿qué se supone que debe hacer con todo ese instinto animal si no tiene oportunidades?

¡Claro!, ¡es eso! Vos y yo que somos latinoamericanas, de ciudad, blancas, con ciertos privilegios, pues vamos al médico y si nos dice, “oye, sos infértil” y ahí vemos si podemos y queremos hacernos un tratamiento de fertilidad o adoptar, pero ¿qué hace una mujer en el culo del mundo, pobre y negra? ¡No tiene nada!

¿Cuál era tu intención de poner la lupa ahí?

La pregunta que me hacía era por qué hay unos que nos convertimos en asesinos y otros no. Esa era una pregunta que estaba ahí en el origen de La perra.

Yo conocí en el pacífico colombiano, donde viví nueve años, a un hombre que había matado a su hermano; y a mí me fascinaba esta persona, porque era un gran padre y un buen esposo, muy buen trabajador, incluso, una buena persona; pero había matado a su hermano con un machete.

Nos hicimos amigos y, cuando salíamos a tomarnos algo, había un momento en que yo creía ver la chispita del asesino en sus ojos y a mí me asustaba, pero no porque él fuera a matarme a mí. Lo que realmente me asustaba era que esa chispita no la tiene solo él, la tenemos todos.

A veces, cuando discutía con mi marido y tenía un cuchillo en la mano pensaba, “uy, se lo voy a enterrar”, pero no lo hacía, no picaba a mi marido con el cuchillo.

O cuando voy por la calle en Bogotá y un ciclista se vuela un semáforo, yo quiero tener un palo y cogerlo a palos en la calle, pero no lo hago.

¿Y por qué no lo hago? Pues, seguramente, porque voy a terapia; porque estoy bien alimentada… ¡porque soy privilegiada! No porque en mí no esté una asesina.

Entonces, yo hice una novela para responder la pregunta sobre ese deseo asesino que vive dentro de mí.

En esta novela la violencia es un tema transversal, pero también hablas sobre la lealtad, el amor, la culpa, la maternidad y la desigualdad, ¿cómo hiciste para contener todo esto en 125 páginas?

Era una exigencia de la historia. Cuando yo supe que la novela la iba a protagonizar una mujer del pacífico colombiano, entendí que era una novela sobre la desigualdad y que yo no podía poner en el centro un personaje que fuera mala porque sí. Ella es mala porque le falta privilegio. Es una novela sobre el abandono estatal.

Y, también, para armar a un asesino, me tocó armar todo su universo. La culpa está en el centro y esa culpa está muy ligada con nuestro ser católico, pero también con esta exigencia femenina de “yo tengo que ser perfecta, porque tengo que demostrarle al mundo que yo soy buena”.

Damaris tiene mucho de ese estigma y se lo cree.

Yo siento que eso nos pasa un poco a las mujeres, que tenemos que tener una vida de perfección. Nosotras tenemos que llegar más lejos que un hombre para obtener lo mismo y creo que en esta novela eso está presente.

Pienso también que hay algo muy universal ahí y es que esa pregunta por la maternidad todas nos la hacemos en algún momento.

Y si no te la haces, te la hacen.

Exacto, esa pregunta está ahí, es una reflexión común a todos los seres humanos de todo el planeta.

¿Crees que se puede sentir lo mismo por los perros que por los hijos?, ¿Damaris pudo volcar en su perra todo ese amor maternal que tenía contenido?

Yo tengo una amiga que, cuando le hablé sobre La perra, me dijo: “Es que nosotros no matamos a los hijos porque son seres humanos”. Y yo creo que es así.

Los hijos te tocan los botones de tus traumas más profundos y sacan tu monstruo. Tienen la capacidad, que nadie más tiene, de conectarte con tu lado más oscuro y también con tu lado más luminoso. Entonces yo creo que sí.

Otra amiga me decía que menos mal que Damaris no quedó embarazada, porque no sabemos qué clase de mamá hubiera sido.

Yo me pregunto si hubiese sido lo mismo que con la perra, ¿quién sabe?

¿Cómo atravesó la maternidad tu propia vida?



Darme cuenta de que tenía en mí ese deseo animal de la maternidad fue tremendo, eso a mí me cambió.

Oí muchas veces, al principio de mi carrera, que una mujer, si querías ser escritora, no podía ser mamá. Y bueno, a mí no me interesaba ser mamá, entonces, sí podía ser escritora. No mamá, sí escritora.

Y, después de ser mamá y escritora, me di cuenta de que no solo se podía, sino que además en la maternidad había una veta literaria importante.

Hubo una época en la que se concebía que, en primer lugar, la maternidad era un tema femenino, cuando claramente es un tema de todos.

Y, en segundo lugar, que los temas femeninos eran menores y no tenían alto vuelo literario, pero ¿cómo no va a tener alto vuelo literario? La relación más importante de todo ser humano es con su madre, que es la que lo tiene en la barriga y la que lo pare. Esa es la relación más importante y determinante.

Para poder escribir tu primera novela, cuyo personaje principal era una escritora llamada Pilar Quintana, te rapaste el pelo, cogiste un avión y te fuiste al otro lado del mundo, ¿qué había detrás de ese viaje?



Yo creo que yo necesitaba autoafirmarme, necesitaba hacer lo que yo quería hacer.

Hasta entonces, yo había seguido el curso de la vida que habían trazado mis papás y la sociedad para mí, pero en el que siempre fui vista con malos ojos: porque tenía el pelo crespo, no usaba suficiente maquillaje, no me vestía como se suponía que debía vestirse una mujer de Cali, de X posición, X colegio y X familia.

Yo no cumplía con nada de eso, pero trataba igual de caber y que se me aceptara; pero ahí no era aceptada.

A los 27 años dije “ni mierda, yo voy a hacer lo que yo quiero y yo quiero ser escritora, es lo que he hecho toda mi vida, lo que he soñado. Me voy a ir de viaje, porque necesito conocer el mundo y necesito encontrarme”.

Y creo que fue eso, fue ir a buscarme y ser yo, independientemente del camino que se me había atrasado y sin pensar ni preocuparme por las consecuencias: porque mi papá me dejara de hablar, mi mamá se sintiera ofendida o mis amigas del colegio dijeran que era terrible.

¿Y que dicen ahora?

Pues, parecieran todos muy orgullosos. Creo yo.

¿No te lo dicen explícitamente?

Sí, sí, me lo dicen explícitamente.

Lo que pasa es que a mí me parece que ahí hay algo que no está chévere: ¿Por qué cuando me fui a la selva y empecé a publicar, no había el mismo orgullo, si estaba haciendo lo que yo quería?, ¿por qué tuvo que llegar el éxito y la validación externa para que se sintieran contentos de que estaba cumpliendo mi sueño?

Porque yo no necesito que me admiren, pero ¿por qué me admiran ahora y no antes cuando era pobre, pero estaba escribiendo y publicando mis libros desde la selva?

En ese sentido, yo siento esa validación y la miro de lejos, no la tomo y digo “ay, gracias, ¡por fin!”, porque no es eso, yo ya hice mi por fin, que fue escribir mis novelas e irme a vivir a la selva; ahí fue cuando yo me reconocí a mí misma y eso es lo que vale.

Hace poco estaba conversando con Clara Sánchez y ella me decía que nunca jamás se había sentido exitosa, ¿tú te sientes exitosa?

Lo que pasa es que yo creo que yo tengo mucho del síndrome de la impostora. Yo me acuerdo cuando me dijeron que me había ganado el Premio Alfaguara y yo dije: “Marica, me están tomando el pelo. Esto es una broma cruel”.

Y todavía hoy lo siento o llego a pensar que no me lo merezco y me pregunto por qué me está pasando a mí.

Nosotras, a esa vocecita que tenemos en la cabeza la llamamos “La cabrona”, ¿cómo lidias tú con ella?



Yo creo que La cabrona es horrible, pero también es buena, porque la cabrona te regula; es decir, una persona que se crea que lo logró, que es buena y que todo lo que hace está bien, es peligrosa.

Si fuera yo, a mí me daría mucho miedo, porque no voy a hacer mi mejor esfuerzo, sino que voy a entregar mi novela cuando tenga un primer borrador.

Entonces La cabrona me dice, “no, todavía no está. Tenés que volver a escribir, te toca esforzarte más, porque vos no tenés tanto talento como los demás”.

Ahora, también voy a terapia para que la terapeuta me diga “no, vamos a dominar a esta cabrona que te habla, porque tenés que creer en vos”.

Entonces, creo que debe haber un equilibrio entre no creerse demasiado, pero tampoco creerle demasiado a La cabrona.

Has mencionado la palabra “terapia” varias veces y la salud mental es un tema recurrente en tus novelas, ¿qué tan importante es para ti ponerlo sobre la mesa?

Ay, es que yo pertenezco a una generación de padres que no se miraban al espejo, no hacían terapia y no asumían sus cargas emocionales, así que nos tocó a los hijos asumirlas por ellos.

Muchas veces, incluso, crecer con una especie de orfandad, porque si ellos no se hacían cargo de sus problemas emocionales, pues tampoco lo podían hacer con los de sus hijos.

Entonces, yo sí pienso que es muy importante ser responsable para no hacerles daño a los demás.

Yo todavía veo gente que yo digo, “marica, la estás cagando en tu vida. Andá a terapia, porque cuando la estás cagando, la estás cagando con vos y con la gente que te rodea”.

A mí la terapia me ha salvado.


Esto que dices lo vemos reflejada en Claudia, la protagonista de Los abismos, quien es la hija de una persona que no ha sabido o podido lidiar con sus problemas de salud mental.

Y que le toca crecer muy solita. Pobrecita.

Y yo creo que mi generación es una generación de niños que crecimos muy solitos, y yo tengo muchos amigos cuya familia verdadera no son los padres ni los hermanos, sino son los amigos, porque tuvimos que formar unos lazos muy poderosos.

Pilar Quintana Los abismos
“Los abismos”

Una de las cosas que que más nos gusta de tu obra es la simpleza tan profunda que usas al escribir, ¿algún consejito para lograr eso?

Reescribir mucho. Reescribir mucho.

Pilar, ¿qué se necesita para ser escritora?

Que no te importen las consecuencias que tu arte pueda traer, como tener poquita plata, tener los calzones rotos y no poder comprarte nuevos, o que tus papás no estén contentos con vos o tener poco éxito -como se entiende el éxito-, porque puede que nunca llegues a vivir de eso y tener que trabajar siempre en otra cosa.

Entonces, hay que entender que no es una profesión que muchas veces dé satisfacciones.

Foto: Patricia Rosas-Godoy.
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