El «Código madre»

Cuando aparecía vía telefónica un ex o uno con el que habías tonteado en una fiesta, cuando de repente escribía un mensajito y ya la historia estaba más que sepultada, mi amiga Mire y yo cantábamos una estrofa que dice: Era tan linda, más linda que una estrella”. Se trababa de una canción de un grupo tan mediocre como pegajoso llamado “Los Fantasmas del Caribe”.

Era nuestra contraseña para decir que se había presentado un ánima, un espectro, un alien con pasado y sin futuro.

.- Chica, Gerardo mandó un whatsapp y que si quiero ir para la playa el domingo con él.

.-¿Gerardo? ¿Qué Gerardo? Ya va, Ay nooo. Era tan linda, más que linda que una estrelllaaaa

Las dos reíamos y hasta ahí siempre quedaba la historia fantasmagórica.

Con el paso del tiempo hubo otra clave menos musical. A mi amiga Eugenia le escribió un ex remoto del bachillerato. El tipo se había divorciado y se ve que desempolvó su agenda y andaba dándoselas de «sabrosito», querendón y saludador. Ella, para contármelo, me envió un correo con el asunto : «Siempre vuelven”.

En su texto me hablaba de lo predecibles que son los tipos y que de una forma u otra, reaparecen a ver si te pillan solterasola, despechada y si pueden sacar algún provecho de eso. A partir de entonces, cuando decimos “Siempre vuelven” es porque hay un aparecido por rondando.

Podría describir miles de situaciones semejantes donde la cercanía y complicidad de la amistad generan códigos y glosarios parecidos. También tenemos una práctica frecuente, cuando nos juntamos las amigas, imitamos a nuestras madres, decimos sus frases, sus regaños y sus recetas amorosas para solucionar nuestros problemas y esa manera tan suya de hacernos rabiar. Las remedamos con cariño y reímos a carcajadas repasando su listado de monsergas denominadas “Código madre” :

“¿Por qué no te maquillas? Siempre andas como alma en pena. ¡Qué horror!”

“La mejor pastilla anticonceptiva es una que se pone entre las dos rodillas y mantenerlas bien juntitas”

¿Cuándo vas a hacer una dietica? Con lo bella que te ves sin esos 5 kilos”

“Mira ¿hasta cuándo eres una periodista de blue jean y zapatos de goma? ¿Por qué no te secas ese pelo a ver si te contratan en la televisión?”.

¿Tú estás llorando por el zoquete ese? ¡Ese es un gafo, chica! Siempre supe que no te llegaba ni a los talones. Ese no vale la pena, mi amor”.

“En la vida hay que darse. Porque todo lo que das se te devuelve. Esa es la mejor ley”

Así echamos la tarde. Riéndonos de los adagios de nuestras progenitoras, notando peligrosamente que repetimos sus dichos, ya convencidas de que algún día se los diremos a nuestros sobrinos o hijos.

Seguramente cuando ellas lean esto, se harán las afectadas y dirán con indignación “Búrlate con tus compinches (amigas) todo lo que te dé la gana. Exponme al escarnio público. Tú eres la que queda peor faltando el respeto. A mí me da igual, porque yo ya he vivido y sé lo que viene y lo que conviene”.

Mientras ellas se desgañitan, nosotras las hijas, repetiremos el modelo casi sin darnos cuenta. También nuestros códigos seguirán ahí para hablar de la familia, los ex, los amores perdidos y los actuales, los hijos y el futuro.

Los militantes de la amistad seguiremos riendo juntos con el pasado desteñido y con el fresco del presente.

Para remate, otra frase de madre: “¡Qué grande es tener amigos!”