Aplicaciones de citas: ¿todavía hay un estigma?

No hay que ser un estudioso de la tecnología y el social media para darse cuenta de que, hoy por hoy, en pleno 2016, vivimos una era completamente digitalizada (paradójicamente conviviendo con un revival de lo analógico y los años 80, pero eso ya es material para otro post).

Las interacciones sociales cada vez están más limitadas a los dispositivos móviles, a los servicios de mensajería y a las redes sociales. Por supuesto, el amor ha sido una de las interacciones sociales que también ha quedado ahora relegada al plano digital.

Hablemos de las aplicaciones de citas (para conocer gente, salir, ligar… llámalo como quieras).

Si entramos en Google y escribimos las palabras “apps de citas”, aparecen un sinfín de webs que han recogido las mejores aplicaciones móviles para perder la vergüenza de hablar a la cara de alguien que nos atrae físicamente. Entre las más populares están: TinderHappnShaknGrindrLovoo y muchas otras que buscan el éxito con nombres modernos y falta de vocales.

Debo confesar que, gracias a mi arraigada timidez, no puse mucho reparo en probar un par de estas aplicaciones y la experiencia no ha sido del todo mala.

Primero, decidí darle una oportunidad a Tinder. Aún viviendo en Caracas y recién despechada (que nunca se diga que el despecho no es el mejor combustible) decidí abrirme mi perfil en Tinder por recomendación de una amiga del trabajo. Con un poco de vergüenza, lo hice y recuerdo que después de un solo día usándolo me dije a mí misma: “esto es como dispararle a peces en un barril”.

No me considero una chica particularmente hermosa, tampoco una loca que le quiere saltar encima a cualquier ser humano con pene (soy bastante selectiva) y, aún así, con cada chico que me gustó en Tinder hice match.

Salí con algunos de ellos en unas 3 ó 4 citas fallidas hasta que decidí conformarme con uno. Estuve 5 meses viéndome con él.

Después decidí emigrar a España, corté comunicación con el chico de Caracas y me encontré de nuevo siendo víctima de mi timidez en un país nuevo. Como era de esperarse acudí a mi fiel amigo Tinder y esta vez, no voy a mentir, fue un fracaso.

He querido convencerme de que todo se ha debido a un tema cultural, llámelo liberalismo, open mindness o como quiera, pero en este país la mayoría de los hombres tienen un serio problema con el compromiso.

Sexo sí, pero compromiso jamás.

APLICACION DE CITAS

Aterrada y desilusionada por mi fracaso digital, me alejé un tiempo del Tinder. Digamos que hice un alto de-aplicación-de-citas-tox, hasta que, por sugerencia de la misma amiga de antes, le di la oportunidad a otra aplicación llamada Happn, que parecía ser “más exclusiva”.

Bastaron un par de semanas, entonces entendí que “más exclusiva” era la forma que los expertos en marketing tenían de decir: “es para gente rara”.

Ha pasado casi un año de esto, pero aún quedan algunos moretones en mi autoestima, gracias a que un chico con el que compartí tan solo un vacío “bien, ¿y tú qué tal?” se atrevió a decirme que no me encontraba “intelectualmente estimulante” (que ahora pienso que se podría traducir en: “han pasado 6 minutos y no hemos hablado de sexo”).

Sin embargo, las conversaciones vacías y los insultos a mi intelecto terminaron valiendo la pena, porque 2 días antes de borrar Happn (para siempre), conocí al mítico “inteligente, guapo, que me respete y me haga reír” que todas estamos buscando y, hasta la fecha, contamos 5 meses de una relación tan sana, amorosa y normal, que nadie pensaría que ha salido de mi iPhone.

Así que la reflexión que invito a que te hagas es: ¿realmente merece la pena privarte de experiencias por miedo a lo que los demás puedan pensar de ti y tu relación?.

¡Atrévete! Hay un barril de peces esperando por ti.