El día que me dio un ataque de pánico con mi hijo en brazos

El día que me dio un ataque de pánico con mi hijo en brazos

La psicóloga, Alejandra Barrueco (@psicalebarrueco) nos cuenta cómo sufrió un ataque de pánico con su bebé en brazos. Ella pensó que por tratar constantemente a pacientes con problemas de ansiedad y pánico, sabría cómo controlar su propia situación, pero el montón de pensamientos negativos que se repetían una y otra vez en se mente, jugaron en su contra y la hicieron vivir un episodio aterrador… Sigue leyendo para que descubras qué pasa cuando te da un ataque de pánico o ansiedad.

 


Mi primer ataque de pánico causado por mis altos niveles de ansiedad (que yo pensé que había sido un infarto), me ocurrió sola, con mi bebé en mi pecho.

Todo pasó muy rápido, imperceptible podría decirse.

Yo cené tranquila y me acosté a darle pecho a mi bebé sin ningún tipo de síntomas.

Había estado muy estresada por temas económicos, familiares, sociales y mis propias preocupaciones al ser mamá primeriza; pero nunca pensé que mi estrés me afectaría de esta forma.

Soy psicóloga y atiendo casos diariamente, de todo tipo y sin rango de edad, y aunque veo a más niños que adultos, estos últimos también pasan por mi consulta para hacer un trabajo integral. Muchos padres o adultos con los que hablo, padecen ansiedad, y como la trabajo con cierta frecuencia, pensé que nunca me pasaría a mí y que si me pasaba, yo sabría cómo manejarla.

 

Cómo fue mi ataque de pánico

Ese día me acosté con mi bebé y le hice la «rutina del pecho» como le digo yo, que consiste en una canción de arrullo, cariños en la cara y un leve movimiento para que se duerma.

Todo iba bien, hasta que comencé a distraerme con pensamientos negativos recurrentes tales como: «No tengo dinero y tengo un bebé», «Mi esposo está preocupado y trabaja mucho», «Mi familia sigue en Venezuela y allá cada día todo empeora», «No tengo el trabajo que quiero».

Todos y cada uno de esos pensamientos venían a mi cabeza, uno detrás de otro, sin pausa ni «alcabala»; ninguno pedía permiso para entrar. Entonces comencé a sentirme mareada y con un dolor de cabeza punzante, se me durmieron las piernas, el pecho me comenzó a doler y empezó a faltarme la respiración.

Aumentaron mis pensamientos negativos como una avalancha, preguntándome al mismo tiempo, qué iba a hacer con mi bebé si me llegaba a morir en ese momento ¡Y sola!: «¿Lo pongo en la cuna por si acaso me desmayo?» (como si hubiese tiempo para eso); «¿Llamo a emergencias y les informo que estoy sola y que contacten a mi esposo?», «¿Llamo directamente a mi esposo para que salga del trabajo aunque después sea una tontería?».

En realidad, no sabía qué hacer y eso aumentaba mi ansiedad y la sensación de fatalismo. Entonces busqué en Google, y por supuesto fue peor el remedio que la enfermedad, porque comencé a sentirme peor.

Lee este artículo: «Tenía mucha ansiedad y me pinté una solución»

Mi bebé ya se había dormido, así que intenté levantarme para caminar y «distraerme», pero solo pude llegar a la sala y me tuve que sentar, porque aún sentía una terrible presión en el pecho. Le escribí a mi mamá por WhatsApp y a una amiga médica para contarles mi situación.

Ambas me dijeron que llamara a emergencias porque podría ser un infarto por los síntomas que estaba experimentando. Así lo hice y también llamé a mi esposo.

 

Decidí esperar…

En la clínica ya no sentía la presión en el pecho ni las piernas dormidas, pero seguía el dolor de cabeza, así que me hicieron pruebas y me dijeron que debía quedarme en observación toda la noche. Las que somos madres y amamantamos de forma exclusiva, sabemos que eso es un imposible, no solo por la leche -que igual tenía en casa-, sino por mil razones más.

Por eso, firmé mi alta voluntaria a las 3:00 am (sin saber realmente qué era lo que me había pasado) y me fui a casa.

A la semana siguiente hablé con mi psicóloga y varias amigas que habían pasado por lo mismo. Claramente, lo que yo tuve fue un ataque de pánico que probablemente se había detonado por mis altos niveles de ansiedad, estrés mal manejado, la rumiación y los pensamientos negativos (que tienden a visitarme por las noches).

Porque ese es el «disfraz» que tiene el ataque de pánico, puede venir en cualquier momento, incluso si estás acostada y en reposo.

En consulta a los que he atendido con síntomas de ataques de pánico y ansiedad, lo ejemplifican como una olla tapada de agua hirviendo: al principio las burbujas no harán que la tapa salga volando, pero a mayor cantidad de calor y burbujas, esto sí ocurrirá.


 

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Pensar en el futuro y enloquecer de ansiedad y pánico

También las expectativas alimentan la ansiedad y el estrés. Yo pensaba mucho en el futuro. Me preocupaba por cosas como: dónde va a estudiar mi hijo (de tan solo cuatro años), si yo no tengo el dinero para pagar un colegio o cuáles zapatos le podría comprar. Suena loco, pero así es este tema de los pensamientos negativos y fatídicos.

Es como una cadena que hace el efecto bola de nieve, y hasta lo más incoherente te parece real y completamente lógico.

Solo me ha dado una vez en mi vida, pero atiendo continuamente a personas con esta sintomatología de estrés crónico, ansiedad y ataques de pánico.

 

Ante su situación, que no debe pasar inadvertida, les he recomendado lo siguiente:

Buscar ayuda o continuar con el especialista indicado y utilizar terapias alternativas si es necesario.

Vivir en el ahora, aunque cueste mucho quitarnos esa costumbre de pensar en el mañana porque así lo hemos aprendido.

Separar e identificar lo que podemos controlar y soltar poco a poco lo que no podemos y solo nos genera estrés.

– Realizar ejercicios de respiración consciente, esto es algo que podemos controlar y que nos ayuda a enfocarnos en el presente.

Identificar el aprendizaje en cada situación, aunque no sea en ese momento.

Utilizar nuestras redes de apoyo, porque como lo dice su nombre, están allí para nosotros, no solo para hacer catarsis y desahogarnos, sino para escuchar otros puntos de vista.

– Hacer uso de herramientas como escritura terapéutica, meditación y visualización, entre otras, para el manejo eficaz del estrés.

Tener momentos de autocuidado, sobre todo si eres madre. No podemos olvidarnos de nosotras ya que todo lo que nos pase, será percibido por nuestro bebé.

 

Vivir ese ataque, ansiedad y estrés desmedido, es una de las sensaciones más horribles que he experimentado y no me gustaría que se repitiera. Por eso, si estás pasando por algo así, te entiendo y te recomiendo que no dudes en buscar ayuda para recuperarte y alcanzar ese bienestar que todas merecemos.