Es una realidad: Creía que no, pero ¡Ya soy una señora!

Es una realidad: Creía que no, pero ¡Ya soy una señora!

Soy una señora

Esta es la divertida historia de Aitana del Brio, una mujer de 42 años que se siente más joven que el resto de la gente de su edad, pero que al mismo tiempo y sin darse cuenta, tiene conductas y manías de “una doña”, o sea, de una señora mayor ¿Quién más es como Aitana? Sigue leyendo para que te veas en este espejo.


Tengo 42 años, pero a veces me veo a mí misma más joven, mucho más de lo que soy.

Me pasa con frecuencia que miro en la televisión a famosos que son contemporáneos míos y pienso en lo mayores que se ven. El presidente francés Macron, por ejemplo, tiene solo un año más que yo, y aunque no está mal, me parece un señor. Lo mismo me pasa con escritores, cantantes, periodistas y científicos.

En cuanto descubro que nacieron el mismo año que yo, de pronto me cuestiono si es que de verdad estoy tan estupenda como me creo, si a estas personas la vida los ha tratado un poco peor que a mí o si tengo una autoconcepción medio infantilizada de mi físico y mis formas.

Puede ser un poco de todo. Lo sé.

Me ocurre también con algunas de mis amigas del colegio. A muchas las veo estupendas en sus redes sociales, con sus trabajos geniales, sus familias de portada de revista y sus looks a la moda.  Sin embargo, hay días que me salta una foto de alguna de ellas y pienso: “pero si es una tipa”.

Tipa en el sentido de persona grande, pues. Como uno veía a los padres y representantes cuando era pequeño, con hijos ya en bachillerato, pensando en cuál carrera estudiar.

Entonces pienso que mi hijo solo tiene meses de nacido y todo lo que me falta por recorrer en la maternidad, ellas ya lo han pasado y digerido. Y me digo: “cariño, has vivido de otra manera, diferente a ellas. Ni mejor ni peor. Solo las cosas a otro ritmo. Será por eso que te sigues creyendo una chavalina, pero no, no lo eres”.

Siempre hago esas reflexiones en ropa deportiva, zapatillas de andar en casa y viéndome el cutis en el espejo como si fuera una versión tropical de Bridget Jones.

Me detengo a observar también que en mi melena negra rizada florecen unas pocas canas, pequeñas, hirsutas, duras y fuertes como si fueran vello púbico. Resaltan como una chaqueta fluorescente en medio de la noche. Las odio. Me las saco con la pinza de las cejas porque me niego a teñirme. Las tiro por el váter para que se ahoguen.

También me veo los pechos. Mis amados pechos. Grandes, llenos, turgentes desde mi adolescencia, cuando me decían “Del Busto” en lugar de “Del Brío”. Los veo y los sigo amando, claro. Ahora con su cableado por fuera, porque desde que quedé embarazada se me han marcado mucho las venas, pero eso le da un toque como de clase de biología que no me disgusta.

Todavía tengo una barriguita menuda, pero presente, que queda luego de dar a luz. No me quejo de ella porque estoy trabajando en su extinción y porque me recuerda que hasta hace muy poco había un bebé dentro que me daba con su rodilla y respondía cuando yo le preguntaba si estaba allí.

Entonces vuelvo a pensar en aquellos a quienes noto mayores. Repienso. Hallo mis rasgos de doña, de señora mayor. La conciencia clara de que -aunque no lo parezca demasiado- nací a finales de los 70.

Me doy cuenta de que ahora veo documentales. No para dormirme como cuando tenía veintipocos años, sino para verlos porque me interesa su contenido. Ahora oigo a Rocío Jurado, no para burlarme, sino porque me parece que tenía letras potentísimas. Al igual que Camilo Sesto, José Luis Perales, Rocío Durcal y la propia Pantoja.

A todos los imitaba de pequeña, sin entender siquiera las cuitas (desgracias) que contaban en sus canciones. Ahora digo: “Ole, qué arte tienen”.

Me escandaliza el look que está vistiendo ahora mi sobrina de 12 años. Todo muy a lo Rosalía, con chándal y sudadera. Solo le digo que se arrepentirá cuando se vea en fotos (como nos ha pasado a todas).

Me ruboriza pensar que mi sobrino de 18 ya tiene relaciones con su novia de la misma edad con la que está desde los 15. Le pregunto necedades como: “¿La respetas, no?”. Se ríe de su tía, pero me responde seco: “Claro”. Le insisto a mi hermana en que le hable de los métodos anticonceptivos. “Que sí, pesada. Que ya lo he hablado con él mil veces”, me responde ella.

Me resisto a ciertos temas de la tecnología. No tengo la aplicación del banco instalada en el móvil porque me da terror que me roben. Ergo, no tengo Bizum (proveedor de servicios de pago de España).

No subo todo a la nube porque me da agobio perder mi información. No estoy suscrita a todas las plataformas (Disney, HBO, Amazon Prime, Filmin), porque creo que no me da la vida para verlas y porque soy madre de un bebé que demanda mucho mi atención, así que de momento solo hay Netflix en casa.


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Recién ahora los Reyes Magos me regalaron un kindel porque me resistía a dejar los libros en papel. Ya os contaré qué tal me va. (He accedido ante el Rey Baltazar debido a que mi piso se va quedando pequeño con tantos trastos del niño).

Ah bueno, lo más reciente es que vi en una película a una actriz usando un collar de perlas y me pregunté que dónde estará el que me regalaron mis tías en mi graduación hace ya 20 años. En ese momento me pareció un regalo horrendo porque eso “era de señora”. Me enfadé un poco con ellas y todo.

Ahora lo busco con energía y aún sin resultados, pero me lo imagino perfecto en mi cuello.

Lo dicho, soy una señora ¿Y qué?

 


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Foto por JESHOOTS.COM en Unsplash