Mi verdad relativa acerca del postparto

No me gustó mi postparto

El postparto es una mierda. Sí, así, sin adornos ni eufemismos.

El puerperio es quizá, la etapa de la vida más incoherente de una mujer contemporánea. Si intentara hacer una analogía, es como estar despechada, enferma, en la quiebra, sin empleo y sin tener ni las más mínima idea sobre qué hacer.

Todo influye al mismo tiempo. Si enfrentar alguno de estos retos puede convertirse en una lucha titánica, imagínate lo que es para una mujer tener que hacer uso de los restos de resiliencia que le quedan para restablecer su orden físico, mental y espiritual después de dar a luz.

Cuando estaba en mi cuarentena, me visitó una mujer que me dijo: “Yo apenas acabo de salir de mi postparto”, y su bebé estaba cumpliendo dos años por esos días. Tengo que confesar que pensé: “Qué nena tan exagerada”.

Pero de exagerada… No tenía nada.

Yo tuve la fortuna de tener un embarazo saludable, un parto natural y una recuperación de la figura excepcional; sin embargo, mi mente ha estado más loca que nunca.

En las redes sociales y en las conversaciones con mujeres cercanas, el discurso está centrado en matices rosas, donde todo lo concerniente a la maternidad es felicidad, amor y equilibrio. ¿Y entonces qué era lo que sucedía conmigo?

Yo me preparé mucho para el embarazo y el parto. Sin embargo, no fui advertida de que era completamente natural y normal, que en el postparto se me saliera la iguaza que llevo dentro.

 

Me fue mal en el postparto

 

Así que me di palo cientos de veces creyendo que era el peor ser humano del planeta, al pensar que el postparto era una de las peores cosas que me habían pasado en la vida.

¿Cómo era posible que todo el tiempo tuviera ganas de llorar?, ¿Cómo es posible que después de tantas horas de meditación, yoga, terapia y arteterapia, se hubiera esfumado por completo de mi vida la maravillosa sensación de vivir en el presente? ¿Cómo es posible que ahora, solo sentía la insoportable ansiedad por un futuro que se apoderaba de mi mente?

¿Qué había sucedido con la Natalia Merizalde fuerte y salvaje que había superado un parto de tres días a sangre fría? ¿Cómo es posible que todo el tiempo esté exhausta? ¿Acaso ya era extinta la oxitocina en mi cuerpo que garantizaba que fuera una madre abnegada, sumisa y feliz por defecto de fábrica?

¿Cómo es posible que siendo lactar una de las experiencias más excepcionales de la maternidad, llegó el día en el que estaba literalmente mamada de estar disponible las 24 horas para pelar la teta donde fuera necesario? ¿Cómo es posible que sienta culpa por trabajar, estudiar y hacer las cosas que le dan sosiego a mi alma? …

 

Yoga en el embarazo

 

¡Ah! Y como si ya no fuera suficiente show, ¿Cómo es posible que apareció mi sombra en todo su esplendor durante mi postparto?

La muy marginal aprovechó para rebelarse con toda su fuerza y carácter, restregándome en mi cara mis viejas heridas sin sanar, mis duelos sin hacer, mis asuntos de la infancia sin resolver y mis temores sin enfrentar. Además, me mostró que para las relaciones de pareja, “como fracaso he sido todo un éxito”, y todo, gracias a no saber amar.

Finalmente, como dicen por ahí, la vida en su fascinante sabiduría, nos pone todas la experiencias que debemos vivir para trascender y evolucionar. Así que un día, después de haber pasado por el papel de víctima, de emputarme con la vida, de maldecir, después de llorar sobre la leche derramada… Al final, al final, muy al final del túnel, he comenzado a ver los destellos de luz.

Comprendí la frase aquella que más me parecía un cliché, y es que el amor propio es fundamental en la vida, pues para poder amar a otros (y eso incluye a los hijos, a la pareja, a los maestros, a los amigos y creo que hasta al mismísimo Dios), es absolutamente necesario amarse a uno mismo.

Comprendí que mis vacíos emocionales son míos, solamente míos, y no desaparecerán sin mi intervención contundente, pues nada lo llenará, ni mi hijo, ni el hombre de mis sueños, ni mi sincero amor por la comida, ni el dinero, ni mi gusto insaciable por el yoga, las artes, el deporte, los viajes, la naturaleza y el mar.

 

El postparto saca nuestra sombra

 

Comprendí que el postparto para mí ha sido una mierda: sí, así sin adornos ni eufemismos. Pero, sé que esto es temporal y ha sido una etapa muy eficiente para hacerme cargo de mí misma, crear mi mejor versión, aprender a agradecer absolutamente todo, aceptar que todo es perfecto, para “vivir un día a la vez” y para enseñarles a otras mujeres que todas vivimos la maternidad de manera diferente y eso está bien.

El postparto me sirvió para aprender a ser lo suficientemente humilde y reconocer que hay momentos en la vida en los que es necesario levantar la mano y decir: ¡Necesito ayuda! Me sirvió para aprender a valorar mi familia de sangre y mi familia espiritual, para ser determinada en mi búsqueda implacable por el equilibrio físico, mental y espiritual, y sobre todo, para aprender, aprender y aprender.

Dicho de otra manera, la maternidad, sin duda para mí, ha sido la manera más eficiente de aprender a amar.

Fotos: Portada (Juan Aristizábal) / Internas ( @hacephotos )

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